Vida cotidiana de los romanos

Un día en la vida de un rico patricio en la antigua Roma

La vida de un acaudalado patricio romano estaba repleta de actividades. Tras levantarse al amanecer y acicalarse, se dedicaba a saludar a sus clientes que le esperaban ansiosos en el atrio de su domus, tras lo cual iba al foro a ocuparse de sus asuntos y finalmente, para relajarse, acudía a las termas donde podía charlar con sus amigos y conocidos. La ajetreada jornada acostumbraba a terminar con una opípara cena.

Un grupo de patricios romanos admiran una obra de arte. Lawrence Alma-Tadema. Yale University Art Gallery.

Foto: PD

En la antigua Roma, aquellos que pertenecían a familias nobles y ricas debían cumplir con numerosas obligaciones a lo largo del día. Desde el amanecer hasta bien entrada la noche, todas sus actividades estaban encaminadas a forjarse una buena imagen social, conseguir una reputación irreprochable y demostrar públicamente su generosidad (liberalitas) y su valía (virtus), imprescindibles para conservar o conquistar las más altas magistraturas.

La jornada de un noble romano comenzaba muy temprano, al despuntar el día. Apenas se levantaba del lecho debía vestirse la toga con la ayuda de un siervo y darse prisa para llevar a cabo una ceremonia fundamental en la vida de un patricio: la salutatio. En ella, debía recibir y saludar personalmente a todas las personas que tenían una relación particular con él: los miembros de su "familia" –entre los que se contaban parientes y esclavos–, sus amigos y sus "clientes".

Un desfile de solicitantes

Cada mañana, el ianitor, esclavo portero que sustituía de madrugada al perro guardián en la entrada de la casa, abría la puerta a una turba de visitantes de diferentes estratos sociales. Un mayordomo acompañaba hasta el dormitorio del amo a los amigos íntimos y a la gente de igual rango. El resto, una multitud de necesitados, pobres y ganapanes, esperaba su turno fuera de la casa o en el vestíbulo, hasta que el patrono les concedía permiso para entrar al atrio, saludarlo y recibir su pequeña propina. Un esclavo especializado en reconocer a los visitantes y recordar de memoria a toda su parentela, el nomenclator, se colocaba junto al amo y le susurraba el nombre de cada uno, que el señor repetía mientras les estrechaba la mano y les hacía entregar la sportula, en su origen un cestito de comida que con el tiempo se convirtió en un donativo, generalmente de veinticinco ases de plata.

Un esclavo especializado en reconocer a los visitantes y recordar de memoria a toda su parentela se colocaba junto al amo y le susurraba el nombre de cada uno.

Atrio de una casa romana. Lawrence Alma-Tadema. 1907.

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La masa más grande de salutatores podía encontrarse en casa del emperador, y aquí el personal encargado de preparar la recepción (officium admissionis) era más numeroso. Además de la visita de sus amigos, para los que era obligatoria la salutatio, el emperador recibía a los senadores, que acudían acompañados de su esposa e hijos. En algunos días de fiesta, como el aniversario del ascenso al trono o las calendas de enero (el primer día del año), se abrían las puertas del palacio a todo el pueblo, que desfilaba ante el emperador para declararle su lealtad.

Mientras recibía a sus amigos y clientes, el patrono encontraba un momento para tomar un frugal desayuno (iantaculum), consistente en pan untado con ajo y sal, y mojado en vino, al que se sumaba, en ocasiones, algo de queso, huevos, frutos secos, uvas, dátiles o aceitunas. También aprovechaba las primeras horas de la mañana para atender los negocios que, bajo su supervisión, gestionaban libertos y esclavos de la familia. En el saludo matinal se podían perder dos de las doce horas en las que se dividía el día solar, y no era hasta la tercera hora del día cuando el noble romano dejaba su casa y, a pie o en litera, y acompañado de los clientes que lo habían saludado, se dirigía hacia el foro.

Para saber más

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Banquetes en el Imperio Romano

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Actividades políticas

En el foro pasaba el patricio buena parte de la jornada entregado a su ocupación profesional, el negotium, ya fuera como orador, jurista o financiero. Casi todo el tiempo se empleaba en los tribunales de justicia, abiertos entre la hora tertia y la novena, donde se luchaba por la muerte política de los adversarios y se defendía a amigos y a clientes de las acusaciones de que fueran objeto.

El mediodía, que coincidía con el fin de la sexta hora, marcaba una pausa en el trabajo durante la cual se reposaba y se reponían fuerzas en cualquier caupona o popina cercanas (los restaurantes de los romanos). En esta segunda comida (prandium o cibus meridianus) se podían tomar algunas legumbres, pescado seco, huevos, aves de corral, fruta y vino. Del descanso de la sexta hora deriva nuestra palabra "siesta", lo que en latín se llamaba meridiatio. En efecto, hay testimonios de que, al menos en verano, todos echaban una cabezada al mediodía y las calles de la capital quedaban casi tan desiertas como a medianoche. Luego se reanudaba la actividad política y judicial del foro hasta el final de la novena y última hora (suprema), cuando se cerraba el Senado.

Hay testimonios de que, al menos en verano, todos echaban una cabezada al mediodía y las calles de la capital quedaban casi tan desiertas como a medianoche.

Escena en las calles de Roma. Ettore Forti. Finales del siglo XIX.

Foto: PD

La actividad política se podía llevar a cabo también en los alrededores de la urbe, pues era necesario asegurarse el voto de los campesinos. Para ello, el patricio acudía a las villas rústicas para estrechar la mano de sus posibles electores y ofrecerles su ayuda, su protección y su riqueza, en un ejercicio de control de la voz, los gestos y la voluntad.

Para saber más

'Comparison' by Lawrence Alma-Tadema, Cincinnati Art Museum

Las Actas, el primer periódico de la Antigua Roma

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Con los amigos en las termas

Los días de fiesta (feriae) y todos aquellos en los que, por superstición, no se abrían ni el Senado ni los tribunales, estaban destinados por completo al otium. Los romanos más ricos se retiraban a sus villas de campo o cercanas al mar, en Tusculum, Tibur, el monte Circeo o Herculano, donde se dedicaban a la lectura y el estudio de la filosofía, mientras que la plebe acudía a los espectáculos que la aristocracia ofrecía en el teatro o en el circo y que solían terminar con grandes banquetes gratuitos.

Escena en las termas de Caracalla. Lawrence Alma-Tadema. 1899.

Foto: PD

Acabados los asuntos de la jornada en el foro, el patricio podía pasar por la barbería o por las termas, o dar un paseo por los pórticos del Campo de Marte. En todos esos lugares tenía ocasión de charlar con sus amigos, discutir las últimas noticias o hablar de negocios, en lo que sería un equivalente de los clubs burgueses del siglo XIX. También era el momento de preparar otra parte central de la jornada de los romanos, la cena, invitando a los comensales más apropiados o, por el contrario, haciéndose invitar en una casa importante. La cena, en efecto, era un modo de continuar las relaciones sociales que podían garantizar el éxito social y político.

Acabados los asuntos de la jornada en el foro, el patricio podía pasar por la barbería o por las termas, o dar un paseo por los pórticos del Campo de Marte.

Las mejores casas exhibían su riqueza con una vajilla lujosa y manjares exóticos. Cuando llegaban los invitados, un esclavo los recibía, les cambiaba la toga por la vestis cenatoria, un atuendo más cómodo y ligero, les quitaba las sandalias, les lavaba manos y pies, y les asignaba un puesto en uno de los lechos del triclinio, después de extender ricas telas sobre sus colchones. El lecho central y el de la izquierda de la mesa eran los de primer rango, y el puesto de honor en cada uno de ellos era el de la izquierda.

Para saber más

El poeta Tíbulo en casa de Delia. Óleo por Lawrence Alma-Tadema. 1866. Museo de Bellas Artes, Boston.

Petronio: el patricio amante de los placeres y víctima de Nerón

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Los fastuosos banquetes

Tal como describe Petronio en El Satiricón, en el banquete ofrecido por Trimalción, el ejemplo más fastuoso transmitido por la literatura, los platos (entre tres y siete) se servían escalonadamente, y cada uno de ellos, junto a numerosos acompañamientos, era llevado por un grupo de esclavos dirigido por un maestro de ceremonias (tricliniarcha). El postre iniciaba la última fase del banquete, la comissatio, en la que se ofrecía bebida en abundancia y divertimentos variados, como músicos, cantantes, bailarinas, mimos e incluso gladiadores. Una inscripción pompeyana aconsejaba: "No lances miradas lascivas ni pongas los ojos sobre la esposa de otro hombre. No seas grosero en la conversación. Evita enojarte o usar un lenguaje ofensivo. Si no puedes hacerlo vuelve a tu casa".

El postre iniciaba la última fase del banquete, en la que se ofrecía bebida en abundancia y divertimentos variados, como músicos, cantantes, bailarinas, mimos e incluso gladiadores.

Mosaico que muestra a unos esclavos realizando los preparativos de un banquete. Siglo II. Museo del Louvre, París. 

Foto: Cordon Press

Los invitados, a menudo ebrios, se retiraban en tropel después de ser calzados y vestidos de nuevo por sus esclavos, que los acompañaban hasta el lecho. El anfitrión se retiraba también a su dormitorio, una estancia pequeña con escaso mobiliario (cubiculum), situada a veces al oeste del peristilo, donde, por la mañana, recibiría la luz matutina e iniciaría una nueva jornada.