Misterios y curiosidades del antiguo Egipto

El descubrimiento de la tumba de Maya, un importante personaje del reinado de Tutankamón

En 1975, el arqueólogo británico Geoffrey Martin comenzó la búsqueda de la tumba perdida de este alto funcionario en la necrópolis de Saqqara. La búsqueda le llevó a un descubrimiento que no esperaba: la tumba que el general Horemheb construyó en la necrópolis antes de convertirse en faraón. Pero su insistencia tuvo premio: al final acabó hallando la esquiva sepultura.

Estatua que representa a Maya, tesorero de Tutankamón, junto a su esposa Merit. Museo de Antigüedades de Leiden. 

Estatua que representa a Maya, tesorero de Tutankamón, junto a su esposa Merit. Museo de Antigüedades de Leiden. 

Estatua que representa a Maya, tesorero de Tutankamón, junto a su esposa Merit. Museo de Antigüedades de Leiden. 

Rob Koopman (CC BY-SA 2.0)

En 1975, el arqueólogo británico Geoffrey Martin, de la Egypt Exploration Society, inició en la necrópolis de Saqqara la búsqueda de una tumba muy especial: la del hombre de confianza del faraón niño Tutankamón, el influyente y poderoso Maya. Pero la tumba de este importante personaje, que ostentó los cargos de supervisor del tesoro, jefe de los trabajos en la necrópolis y director del festival de Amón en Karnak, ya había sido descubierta años antes, sin embargo su localización se había perdido.

El coleccionista de antigüedades italiano Giovanni d'Anastasi había explorado el patio de la tumba de Maya, llevándose tres hermosas estatuas de piedra caliza del tesorero y su esposa Merit, que vendió al Museo de Antigüedades de Leiden en 1828. Años después, en 1843, el arqueólogo alemán Richard Lepsius, al frente de la Expedición Prusiana, excavó la capilla de la tumba, llevándose algunos relieves a Berlín. Pero tras su marcha, la ubicación de la sepultura cayó en el olvido.

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Aparece Horemheb

Para intentar localizar la esquiva tumba de Maya, Martin contaba con un mapa que había trazado el propio Lepsius. De hecho, siguiendo sus instrucciones, el arqueólogo británico y su equipo dieron con una gran columna de piedra. Pero el mapa de Lepsius en realidad no era exacto y aquella columna no formaba parte de la tumba perdida de Maya.

Sin embargo, la sorpresa de Martin cuando leyó el nombre inscrito en la columna fue mayúscula. Por casualidad había dado con la tumba de otro importante personaje del reinado de Tutankamón: nada más y nada menos que el general Horemheb, el hombre que se convertiría más tarde en el último faraón de la dinastía XVIII.

"Quedamos convencidos de que por un milagro habíamos encontrado la durante largo tiempo perdida tumba de uno de los más famosos hombres de Egipto, Horemheb, cuyas acciones eran bien conocidas por todos los investigadores gracias a los muchos monumentos supervivientes de su reinado y otras fuentes", escribió el arqueólogo.

Por casualidad, Martin dio con la tumba de otro importante personaje del reinado de Tutankamón: el general Horemheb, quien se convertiría en el último faraón de la dinastía XVIII.

El general Horemheb recibe el oro del valor. Relieve de su tumba en Saqqara.

El general Horemheb recibe el oro del valor. Relieve de su tumba en Saqqara.

El general Horemheb recibe el oro del valor. Relieve de su tumba en Saqqara.

Cordon Press

Horemheb inició la construcción de su tumba en Saqqara antes de ser proclamado faraón, y cuando se hizo con el trono de las Dos Tierras ordenó construir una nueva tumba en el Valle de los Reyes, en la orilla occidental de Tebas, emulando a los faraones que le precedieron. Su tumba de Saqqara nunca fue terminada, aunque en ella descansaron al parecer dos de sus esposas.

Martin descubrió en una de las cámaras funerarias los huesos de Mutnodjmet, la segunda esposa de Horemheb, y lo que parecían los restos de un feto o neonato. Pero el auténtico tesoro de la tumba de Horemheb en Saqqara son sus relieves, de una gran belleza y realizados con una técnica artística excepcional. Representan al entonces general recibiendo recompensas por parte del joven faraón Tutankamón, así como numerosas escenas de carácter militar.

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Por fin, Maya

Pero el impresionante e inesperado descubrimiento de la tumba de Horemheb no distrajo a Martin de su verdadero propósito: hallar la tumba de Maya. El arqueólogo y su equipo terminaron la excavación de la sepultura del general y pusieron al descubierto otras tumbas cercanas, como la de una hermana y una cuñada de Ramsés II, así como las de otros personajes importantes de la época.

Así, a principios de 1986, concretamente el 6 de febrero, Martin y su equipo seguían excavando en Saqqara. Mientras él y un colega holandés, Jacobus Van Dijk, se arrastraban por el interior de un pozo recién excavado tropezaron con un escalón que parecía conducir hacia una tumba adyacente. "Transcurrieron un momento o dos mientras recorríamos la escalera, con cuidado para no alterar nada en nuestro descenso [...]. No esperábamos hallar nada espectacular, y en aquellos momentos estábamos ocupados en el prosaico asunto de poner en posición el cable de nuestro generador", diría Martin.

Mientras Martin y un colega holandés se arrastraban por el interior de un pozo recién excavado tropezaron con un escalón que parecía conducir hacia una tumba adyacente.

Estatua del faraón Horemheb, al fondo de la imagen, junto al dios Amón, en primer término. Museo Egipcio, Turín.

Estatua del faraón Horemheb, al fondo de la imagen, junto al dios Amón, en primer término. Museo Egipcio, Turín.

Estatua del faraón Horemheb, al fondo de la imagen, junto al dios Amón, en primer término. Museo Egipcio, Turín.

Shutterstock

Continúa el arqueólogo: "Pasaron uno o dos segundos; mi colega holandés y yo alzamos la bombilla y miramos hacia abajo, más allá de la escalera. No estábamos en absoluto preparados para lo que vieron nuestros ojos: ¡Una habitación llena de relieves tallados, pintados de un intenso color amarillo dorado!". Van Dijk, del Museo de Antigüedades de Leidenestudió el texto de los relieves con cuidado y, cuando finalizó, su rostro mostraba una clara expresión de sorpresa: "Dios mío, es Maya", exclamó.

"No estabamos preparados para lo que vieron nuestros ojos: ¡Una habitación llena de relieves tallados, pintados de un intenso color amarillo dorado!", escribió Geoffrey Martin.

Relieve en amarillo dorado en el interior de la tumba de Maya, tesorero de Tutankamón, en Saqqara.

Relieve en amarillo dorado en el interior de la tumba de Maya, tesorero de Tutankamón, en Saqqara.

Relieve en amarillo dorado en el interior de la tumba de Maya, tesorero de Tutankamón, en Saqqara.

iStock

Martin sabía que sobre ellos se encontraba la superestructura del sepulcro. A partir de aquí, los arqueólogos tenían dos posibilidades: podían vaciar el bloqueado corredor y penetrar en las cámaras funerarias (tal vez repletas de maravillas) o podían sellar la zona y el pozo que habían descubierto por casualidad y posponer la excavación de la subestructura hasta la temporada siguiente.

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Una impaciente espera

Martin se decidió por esta última opción ante el asombro general. ¿Cómo podía el arqueólogo contener su impaciencia? Según Martin, "las razones son directas, incluso prosaicas: los arqueólogos no son cazadores de tesoros. El trabajo subterráneo necesitaría en cualquier caso una previsión y planificación cuidadosas, y logísticamente era mucho más sensato trabajar desde la superficie del desierto hacia abajo que a la inversa".

Martin decidió posponer la excavación de la tumba ante el asombro general. ¿Cómo podía el arqueólogo contener su impaciencia?

Estatua de Maya (derecha), junto a su esposa Merit (izquierda), tallada entre los años 1325 y 1310 a.C. Museo de Antigüedades de Leiden.

Estatua de Maya (derecha), junto a su esposa Merit (izquierda), tallada entre los años 1325 y 1310 a.C. Museo de Antigüedades de Leiden.

Estatua de Maya (derecha), junto a su esposa Merit (izquierda), tallada entre los años 1325 y 1310 a.C. Museo de Antigüedades de Leiden.

AlexanderVanLoon (CC BY-SA 4.0)

Martin y su equipo tuvieron que esperar dos largos años para excavar la tumba de Maya. Por desgracia, esta ya había sido saqueada en la Antigüedad, como la mayoría de tumbas del País del Nilo. Pero el arqueólogo encontró en su interior indicios de que su contenido debió de haber sido suntuoso. El suelo estaba repleto de fragmentos de láminas de oro que seguramente recubrieron los ataúdes, así como de numerosos objetos funerarios dejados allí por los saqueadores en su huida.

También se recuperaron eslabones de una cadena de oro y fragmentos de marfil tallado que habrían formado parte de la decoración de muebles y cajas. Lo único que los arqueólogos hallaron intacto en el interior de la tumba fueron doce jarras de cerámica. Pero las tapas que las sellaban también habían sido rotas por los ladrones para comprobar si había algo valioso en su interior. Cuando Martin miró dentro supo porqué los saqueadores las dejaron allí y no se molestaron en llevárselas: solo contenían harina y pan.