Imperio romano

La decimatio, el castigo a los cobardes en las legiones romanas

Concebida como un cruel y despiadado castigo a los legionarios que desertaban o huían en pleno combate, la decimatio fue usada en contadas ocasiones para castigar a las tropas. Pero algunos generales no dudaron en aplicarla con dureza. Fue el caso de Marco Licinio Craso, que la empleó para escarmentar a las tropas que habían huido tras perder la batalla contra los esclavos rebeldes liderados por Espartaco.

Legionario romano contemplando el horizonte tras una batalla.

Legionario romano contemplando el horizonte tras una batalla. Foto: iStock

Amanecía sobre uno de los campamentos que las legiones romanas habían erigido al abrigo de una colina a lo largo del río Moenus, en Germania. Bajo el cielo, que volvía a estar cubierto por densas nubes de tormenta, formaba la tercera cohorte con todos los efectivos que habían logrado sobrevivir a la escaramuza del día anterior frente a una de las tribus bárbaras que amenazaban las fronteras del Imperio. Habían huido del campo de batalla. Entre ellos se encontraba Rutilio, un legionario que rezaba a los dioses para que guiasen su mano con fortuna cuando el centurión le mostrara la bolsa con las piedrecillas de colores, de la que debía extraer una. La lluvia empezaba a caer cuando de la tienda de mando salió, con semblante impasible, el comandante de la legión, el hombre que observaría impertérrito uno de los peores castigos que podía recibir un soldado romano.

Un castigo ejemplar

El sentido del orden y de la disciplina constituía el pilar principal de las legiones de Roma. Acatar las órdenes sin rechistar era uno de los rasgos que hicieron del ejército romano uno de los más poderosos y perdurables de la historia. Sin embargo, a veces la honorabilidad de un soldado podía ser puesta en entredicho. Las continuas escaramuzas en las que se veían involucradas las legiones a lo largo y ancho del Imperio generaban más de una duda entre los legionarios que se veían obligados a luchar en los densos bosques de Germania contra un enemigo muchas veces invisible y que se les venía encima sin saber cómo (este sería el caso del protagonista de esta historia, Rutilus), o en los áridos desiertos de Judea o sofocando un levantamiento de esclavos. Para aquellos soldados que osaban desertar, que huían en pleno combate demostrando una cobardía inaceptable en un legionario romano, o que incluso se atrevían a cuestionar las órdenes recibidas, había un castigo que, si bien era excepcional, era de una enorme crueldad: la decimatio.

Legionarios romanos luchan contra los dacios. Grabado de un relieve del arco de Constantino en Roma. 1553.

Legionarios romanos luchan contra los dacios. Grabado de un relieve del arco de Constantino en Roma. 1553.

Foto: Cordon Press

Para aquellos soldados que osaban desertar, que huían en pleno combate demostrando una cobardía inaceptable o que incluso se atrevían a cuestionar las órdenes recibidas, había un castigo que, si bien era excepcional, era de una enorme crueldad: la decimatio.

Una de las primeras veces que al parecer se aplicó la decimatio fue durante la tercera guerra samnita por parte del cónsul Apio Claudio, hacia 294 a.C., y también se hizo uso de este castigo en algún momento de la primera guerra púnica (264-241 a.C.). Citada por Tito Livio en su obra Ab urbe condita y por Suetonio en La vida de Augusto, la decimatio no era de hecho un castigo como los que habitualmente se infligía a los legionarios que debían pagar por alguna falta, como la flagelación con bastones (castigatio), ser azotado públicamente por quedarse dormido durante una guardia (fustuatium) o, uno de los peores, perder la pensión tras veinte años de servicio (missio ignominiosa). De hecho, la decimatio iba mucho más allá. Era un castigo cruel cuyo propósito final era escarmentar a los compañeros que iban a sobrevivir para que tomaran buena nota de lo que podía sucederles si se les ocurría "traicionar" a Roma.

Reproducción en 3D de una legión romana.

Reproducción en 3D de una legión romana.

Foto: iStock

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Uno de cada diez

Tras formar a la cohorte o cohortes implicadas, y separar a los legionarios en grupos de diez hombres, se pasaba entre ellos una bolsa con piedras de color, negras o blancas (o con cualquier otro tipo de juego de azar) y el desgraciado que tenía la mala fortuna de escoger el color erróneo debía ser castigado por sus propios compañeros: apedreado y apaleado hasta la muerte. En la mayoría de los casos, los legionarios castigados ni siquiera recibían sepultura. La brutalidad del acto despertaba sin duda reticencias entre los compañeros de los escogidos para morir. Pero cualquiera que se negase a llevar acabo la orden era ejecutado en el acto, y los supervivientes eran obligados a dormir fuera de la empalizada del campamento y se racionaba su dieta, en la que se cambiaba el trigo por la cebada. Como hemos apuntado anteriormente, Suetonio hizo mención de la decimatio y sus consecuencias refiriéndose a ella de esta manera: "Si alguna cohorte rehúye de la batalla, él (en este caso el emperador Augusto) las decimaba, y alimentaba a los supervivientes con cebada". Y ya en el siglo XII, cuando la decimatio no era más que un recuerdo, el historiador bizantino Juan Zonaras la describía así: "Una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de cada grupo mediante sorteo, y este es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros".

Decimatio. Grabado de William Hogarth para el libro Castigos Militares Romanos. 1725.

Decimatio. Grabado de William Hogarth para el libro Castigos Militares Romanos. 1725.

Foto: PD

Pero cualquiera que se negase a llevar acabo la orden era ejecutado en el acto, y los supervivientes eran obligados a dormir fuera de la empalizada del campamento y se racionaba su dieta.

Un ejemplo de la aplicación de esta cruel pena tuvo lugar en el año 73 a.C. El esclavo fugitivo Espartaco tenía en aquellos momentos en jaque a la todopoderosa Roma y amenazaba con atacar la capital. A la revuelta del gladiador se unieron miles de personas, hombres, mujeres y niños, cuyo único anhelo era alcanzar la libertad. El rebelde consiguió derrotar a varias legiones, lo que suponía la suprema humillación para el ya maltrecho orgullo romano. Para poner remedio a tal afrenta, se puso el mando de las legiones en manos de Marco Licinio Craso, un general y político romano que, para reconducir la campaña, aplicó una serie de medidas excepcionales, entre ellas la decimatio. Craso no dudó en aplicar este castigo de un modo brutal a los hombres que componían las legiones que huyeron del campo de batalla cuando vieron que su enfrentamiento con Espartaco estaba perdido. El general se ganaría con el tiempo la fama de hombre malvado y sin corazón entre sus hombres.

Inscripción de la X Legión hallada en Abu Gosh, Israel. Siglo II.

Inscripción de la X Legión hallada en Abu Gosh, Israel. Siglo II.

Foto: iStock

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La decapitación era un castigo habitual en la Britania romana

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El orgullo romano

Suetonio nos vuelve a recordar que Calígula estuvo tentado de recuperar este cruel castigo (muy en desuso en su época) cuando preparaba una campaña contra las tribus germánicas. Otra referencia tardía a la decimatio la encontramos a finales del siglo III con la historia de San Mauricio y la Legión Tebana, un episodio que fue inmortalizado por El Greco en la decoración de una de las capillas laterales de la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La leyenda cuenta que Mauricio, un general de la conocida Legión Tebana que fue enviada a la Galia por el emperador Maximiano, se negó a cumplir las órdenes que había recibido de perseguir y matar a los cristianos. Por su rebeldía, tanto él como su ejército recibieron aquel terrible castigo. Algunos historiadores ponen en cuestión la veracidad de esta historia, ya que la decimatio llevaba en aquel entonces mucho tiempo sin aplicarse.

Martirio de San Mauricio. El Greco. 15820-1582. Monasterio de El Escorial.

Martirio de San Mauricio. El Greco. 15820-1582. Monasterio de El Escorial.

Foto: PD

La leyenda cuenta que Mauricio, un general de la conocida Legión Tebana, se negó a cumplir las órdenes que había recibido de perseguir y matar a los cristianos. Por su rebeldía, tanto él como su ejército fueron sometidos a la decimatio.

Este tipo de medidas extremas aplicadas por el ejército romano contra sus propios hombres, lo único que consiguieron al final fue perjudicar a las tropas y provocar la animadverisón de muchos soldados contra sus propios mandos. A Roma le costaba mucho reconocer un fracaso militar, y el pago de la responsabilidad recaía casi siempre en la tropa más que en los generales, que podían haber aplicado una táctica militar errónea cuyas consecuencias habían abocado al ejército a un catastrófico final. Con el paso del tiempo, la decimatio fue cayendo en desuso. Julio César aún hizo uso de este cruel escarmiento en la Galia, pero en tiempos de Galba (hacia 68 d.C.) se abolió su uso. Sin embargo, de este término latino derivaron posteriormente otras acepciones. Por ejemplo, en la Edad Media de decimatio surgió la palabra diezmo, que consistía en entregar una décima parte del valor de las cosechas al señor feudal o a la iglesia, y en la actualidad el término decimatio se asocia con la palabra diezmar, eso es, según la RAE, "castigar a uno de cada diez cuando son muchos los delincuentes o cuando son desconocidos entre muchos".

Una legión romana hace un alto en el camino en Britania. Grabado. 1933.

Una legión romana hace un alto en el camino en Britania. Grabado. 1933.

Foto: Cordon Press
Dibujo que muestra a dos soldados romanos en lo alto de una torre de vigilancia.

Dibujo que muestra a dos soldados romanos en lo alto de una torre de vigilancia.

Foto: Cordon Press

¿Y qué pasó al final con el protagonista de la historia ficticia que abre este artículo? Cuando le llegó el turno de extraer la piedrecilla que decidiría su suerte, Rutilio dirigió una mirada al cielo y musitó una plegaria a los dioses. Luego, ante la impaciente mirada del centurión, metió la mano en la basta bolsa de arpillera y extrajo una piedra... De color blanco. No pudo evitar que un suspiro de alivio escapara de sus labios. Esta vez se había librado, había salvado la vida. No pudo decir lo mismo el compañero que formaba en pie a su lado. La piedra negra que extrajo selló su funesto destino...