Misterios y curiosidades del antiguo Egipto

El culto funerario en el antiguo Egipto, un deber... y también un gasto

En el antiguo Egipto era habitual dejar completamente organizado el funeral y el mantenimiento del culto funerario antes del fallecimiento. Todo ello conllevaba un dispendio económico importante así como una obligación filial por parte del legítimo heredero del difunto. Aunque, con el paso de los años, la mayoría de estos cultos acababan cayendo en el olvido por diversos motivos.

Ceremonia de la Apertura de la boca. Papiro de Hunefer. Museo Británico, Londres. 

Ceremonia de la Apertura de la boca. Papiro de Hunefer. Museo Británico, Londres. 

Ceremonia de la Apertura de la boca. Papiro de Hunefer. Museo Británico, Londres. 

PD

En el antiguo Egipto, para asegurarse la vida eterna uno debía cerciorarse sobre todo de una cosa: del mantenimiento en el tiempo de su culto funerario. Y es que la sola existencia de una tumba no garantizaba en absoluto la vida en el más allá. Era necesario abastecerla diariamente de alimentos, aceites, paños de lino, incienso... y establecer un culto de obligada observancia para que el alma pudiese disfrutar tranquilamente de la otra vida sin sobresaltos.

Los encargados de llevar a cabo este culto eran los sacerdotes funerarios y los parientes del difunto, principalmente su hijo primogénito. Los rituales se realizaban ante la llamada "estela de falsa puerta", situada en el interior de la tumba, en un altar o en una estela, elementos que normalmente se disponían en el exterior de la tumba y contenían la lista de nombres y títulos del fallecido.

Otro lugar donde podía tener lugar el culto funerario era en el serdab, un pequeño habitáculo donde, sobre todo durante el Reino Antiguo, se colocaba una estatua del propietario de la tumba. Durante los rituales, el oficiante invocaba al ka del difunto, recitaba las plegarias requeridas y llevaba a cabo las ofrendas pertinentes.

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organizar la vida en el más allá

Pero, como es de imaginar, todo esto tenía un coste económico. A veces bastante elevado. De hecho, era el propietario de la tumba quien normalmente debía sufragar los gastos que comportaban los ritos funerarios, dedicando en vida parte de sus bienes y rentas a su mantenimiento.

Estos gastos incluían el pago (posiblemente en especies, en muchos casos procedentes de las ofrendas) a los sacerdotes encargados de cuidar de la tumba y realizar los ritos, los llamados hemu-ka, o siervos del ka. También tomaban parte en estas ceremonias los sacerdotes lectores, conocidos como hery-hebet, que leían los textos sagrados.

Aunque, en realidad, el trabajo que conllevaba el mantenimiento del culto funerario no acostumbraba a ser ni excesivamente duro ni tampoco complicado. Además de los ineludibles deberes religiosos, estos clérigos tenían la obligación de mantener limpio el sepulcro y evitar que fuese profanado. Posiblemente tendrían más trabajo durante algunas festividades importantes, como en la celebración del Año Nuevo o en los festivales de Thot y Sokar, ya que en estos casos se tenían que recitar plegarias especiales.

Posiblemente los sacerdotes tendrían más trabajo durante las festividades importantes, durante las que tendrían que recitar plegarias especiales.

Relieve que representa al sumo sacerdote de Amón Mentuemhat.

Relieve que representa al sumo sacerdote de Amón Mentuemhat.

Relieve que representa al sumo sacerdote de Amón Mentuemhat.

Cordon Press

Como hemos visto, el responsable de sufragar los gastos que comportaba el mantenimiento de la tumba y los ritos funerarios que se realizaban en ella era el propio difunto, que debía dejarlo todo bien atado en vida. Pero en el caso de que alguien falleciese antes de haber completado la construcción de su tumba, la responsabilidad recaía en el hijo mayor, si lo tenía, o en su hija si no había heredero varón. Si el fallecido no tenía hijos, debería hacerse cargo de todo cualquier otro miembro varón de la familia.

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Libro de los muertos de Hunefer, en el que su momia, atada por un Sacerdote de Anubis, recibe el ritual de la apertura de la boca practicada por varios sacerdotes.

La curiosa ceremonia egipcia de la apertura de la boca

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la responsabilidad del primogénito

En realidad, el encargado de oficiar el funeral (normalmente el hijo primogénito) era reconocido como el legítimo heredero del difunto y se convertía en el responsable de proveer a la tumba de su padre de todo lo necesario para el mantenimiento del culto. De este modo se reconocía legalmente su derecho a heredar las posesiones y el estatus de su progenitor.

En este aspecto podemos mencionar el caso de un tal Sabni, que viajó hasta el remoto lugar donde había muerto su padre con el objetivo prioritario de recuperar el cuerpo, poder enterrarlo en Egipto con gran dignidad y, de este modo, ser reconocido como heredero.

Quien oficiaba el funeral del difunto y se erigía en responsable del mantenimiento del culto quedaba legitimado como heredero.

Sarcófago de Nesykhonsu. Tercer Período Intermedio. Museo de Arte, Cleveland.

Sarcófago de Nesykhonsu. Tercer Período Intermedio. Museo de Arte, Cleveland.

Sarcófago de Nesykhonsu. Tercer Período Intermedio. Museo de Arte, Cleveland.

Cordon Press

Pero el tiempo es implacable, y nada puede resistirse a él, ni siquiera la mejor construida de las tumbas. Es muy probable que con el paso de los años los descendientes de un difunto dejasen de sufragar todos estos onerosos gastos y destinasen los ingresos y rentas de sus tierras y bienes a pagar sus propios cultos funerarios. O simplemente podría pasar que ya no quedase nadie vivo para hacerse cargo de esta responsabilidad. Pero si esto ocurría, para eso estaba la magia.

Y es que en el antiguo Egipto todo estaba previsto. De hecho, las imágenes que decoraban las tumbas tenían un propósito que no era en absoluto decorativo. Así, las listas de ofrendas y las escenas religiosas representadas en los muros sustituían mágicamente a la realidad. También se instaba a los viajeros que pasaban ante una tumba a que leyesen en voz alta estas listas, así como los nombres y títulos de la persona allí enterrada, puesto que mediante la palabra las cosas tomarían vida en el más allá, ayudando al alma del propietario de la tumba a vivir para siempre.