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Crímenes que cambiaron la historia: episodio 12

Mata Hari: ejecutada por espía... ¿sin serlo?

Durante toda su vida, Margaretha Geertruida Zelle fue una mujer inconformista y ambiciosa que desafió las convenciones de su época. Su nombre siempre se ha vinculado al arquetipo de mujer fatal y a su papel como espía durante la Primer Guerra Mundial. Su trágica muerte fue el punto final de la historia de una de las figuras más enigmáticas del siglo XX.

Durante toda su vida, Margaretha Geertruida Zelle fue una mujer inconformista y ambiciosa que desafió las convenciones de su época. Su nombre siempre se ha vinculado al arquetipo de mujer fatal y a su papel como espía durante la Primer Guerra Mundial. Su trágica muerte fue el punto final de la historia de una de las figuras más enigmáticas del siglo XX.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

Hoy vamos a hablar de la ejecución de Mata Hari, una de las mujeres más enigmáticas del siglo XX, y una víctima de las intrigas del mundo del espionaje. Mata Hari fue una mujer inconformista y ambiciosa que desafió las normas de su época para vivir la vida que ella quería. Y puede que fuese justamente su atrevimiento lo que hizo que se ganase enemigos y, finalmente, acabase delante de un pelotón de fusilamiento. 

El 14 febrero de 1917, Mata Hari, de cuarenta años, despertó en un lugar que seguramente no había visto ni en pesadillas. El día anterior había sido detenida, y le habían requisado todas sus pertenencias. Tras un interrogatorio implacable, la encerraron en una celda solitaria en Saint-Lazare, la cárcel más espeluznante de París. Pasó la noche allí, con la única compañía de las pulgas y las ratas que infestaban los calabozos del penal. Sus carceleros no le daban jabón para lavarse, no permitían que recibiese atención médica, y no le dejaban ropa limpia ni dinero para comprar comida o sellos para cartas. Así vivió Mata Hari durante días, semanas, y meses. La mujer cuyo nombre se convertiría en sinónimo de femme fatale, y que durante años se había rodeado de lujos y extravagancia, sobrevivía ahora en condiciones infrahumanas, completamente abandonada a su suerte. 

Mata Hari pasó a la historia como el arquetipo de mujer espía que utiliza la seducción para conseguir sus objetivos. Su leyenda llenó miles de páginas de libros e inspiró infinidad de películas y documentales. Y no es de extrañar, porque la historia de Mata Hari lo tiene todo: intrigas, traiciones, exotismo, sexo, muerte… ¿Pero, quién era Mata Hari? ¿Y cómo se convirtió en el mito que es hoy en día?

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Los que la conocían cuando era niña sabían que Margaretha Geertruida Zelle -el nombre real de Mata Hari- no se conformaría con una vida convencional. Margaretha nació en 1876, en una familia próspera del norte de los Países Bajos. Siempre fue una niña especial: era llamativa, agraciada, atrevida, inteligente, y se le daban muy bien los idiomas. Una compañera suya del colegio la describió como “una orquídea entre dientes de león”, por el contraste entre su pelo oscuro y rasgos exóticos y el aspecto de las demás niñas neerlandesas, pálidas y rubias.

De muy joven, Margaretha aprendió a conseguir lo que quería complaciendo a los hombres, empezando por su padre. De los cuatro hermanos que eran, ella era su clara favorita, y se lo demostraba haciéndole regalos caros. Pero cuando Margaretha tenía trece años, su padre abandonó a la familia para irse con otra mujer. La madre de Margaretha murió unos años después, y sus familiares la mandaron a estudiar para ser profesora. A los dieciséis años, fue expulsada del centro donde estudiaba después de tener un affair con el director de la escuela, un hombre casado. Entonces, se fue a vivir con su padrino a La Haya, una ciudad que entonces estaba llena de oficiales coloniales que habían vuelto de las Indias Orientales Neerlandesas, en la actual Indonesia. 

Vida familiar e infeliz

A los dieciocho años, Margaretha estaba aburrida y desesperada por vivir algún tipo de aventura. Un día, leyó en un periódico un anuncio de uno de los oficiales de paso por La Haya, el capitán Rudolf McLeod. En el anuncio, Rudolf -de unos treinta y nueve años- explicaba que estaba buscando “una chica de carácter agradable” con la que casarse. Margaretha sabían que muchos oficiales de las Indias vivían muy bien, en casas grandes y con sirvientes, así que la idea de casarse con un hombre que le facilitase este estilo de vida le resultaba muy atractiva. En una entrevista posterior, Margaretha dijo:

“Quería vivir como una mariposa en un lugar soleado”.

Margaretha y Rudolf se conocieron y, seis días después, estaban prometidos. Margaretha dejó los Países Bajos para irse a vivir a la isla indonesia de Java con su marido. Pero la vida de casada la estaba decepcionando profundamente: Rudolf tenía poco dinero y muchas deudas, era alcohólico, la maltrataba y le era infiel sistemáticamente. De hecho, le contagió la sífilis, una enfermedad entonces incurable, y que estaba muy extendida entre los militares de las colonias. Por su parte, Margaretha empezó a atraer la atención de otros hombres gracias a su belleza y su carácter cautivador, cosa que enfurecía a su marido. Tres años después de casarse, Margaretha y Rudolf tenían un hijo y una hija, pero la vida familiar no hizo que su relación mejorase. 

En 1899, el hijo y la hija de Margaretha y Rudolf cayeron enfermos. El médico de la base militar fue a verlos. Pero el hombre estaba acostumbrado a tratar a adultos, y calculó mal las dosis de medicamento que tenía que dar a los niños. Como consecuencia, tuvieron una sobredosis, y el niño -que tenía dos años- murió. Es probable que los niños tuviesen sífilis congénita, heredada de su padre. 

El médico trataba a adultos y calculó mal las dosis de medicamento que tenía que dar a los niños. Como consecuencia, tuvieron una sobredosis y su hijo murió

La muerte de su hijo fue la estocada final para la relación de Margaretha y Rudolf. A estas alturas, se odiaban mutuamente, y no se molestaban en disimularlo. Tras volver a Europa, y viendo que su matrimonio era insalvable, decidieron divorciarse. Margaretha ganó la custodia de su hija, pero Rudolf se negaba a pasarle dinero para su manutención. Así que, sola y sin recursos, Margaretha tuvo que dejar que su hija se fuese a vivir con su padre. 

La vida no era fácil para las mujeres divorciadas de la época; sobre todo para las que no tenían un capital o patrimonio que las ayudase a salir adelante. Margaretha estaba en una situación muy vulnerable, totalmente desamparada. Después de once años de matrimonio, se vio sola, y no tuvo más remedio que buscar una fuente de ingresos que le permitiese mantenerse a ella misma, y, con suerte, recuperar a su hija. Fue entonces cuando comenzó su metamorfosis

Durante su estancia en las Indias Orientales, Margaretha se había interesado por la cultura indonesia y había aprendido un poco de malayo. Como ahora necesitaba una manera de ganarse la vida, decidió explotar su conocimiento de lo exótico, y combinarlo con su magnetismo personal. Así, en 1905, Margaretha debutó en la escena social de París como bailarina exótica. Inicialmente se hacía llamar Lady Gresha MacLeod, pero pronto cambió su nombre artístico a Mata Hari -una expresión malaya utilizada para referirse al sol, y que significa literalmente “ojo del día”-. Con el nacimiento de Mata Hari, empezó la nueva vida de Margaretha.

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Mata Hari no sabía mucho sobre danzas indonesias, pero lo poco que sabía lo optimizó al máximo. Alta, atractiva, y dispuesta a actuar en público muy ligera de ropa, Mata Hari fue un éxito inmediato. Su primera actuación importante fue en el museo Guimet, un museo parisino dedicado al arte oriental. Se repartieron seiscientas invitaciones para el espectáculo entre la élite de la ciudad. Aquella noche, Mata Hari presentó sus danzas exóticas nunca vistas, vestida con telas transparentes, un sujetador adornado con joyas y una especie de tocado muy elaborado. 

En otras circunstancias, el espectáculo de Mata Hari hubiese sido calificado de indecente y prohibido. Pero Margaretha calculó muy bien hasta dónde podía llegar, y cómo hacerlo. Para diferenciarse de otras bailarinas más polémicas de la escena parisina, presentó su espectáculo como una muestra de lacultura y la espiritualidad de unas tierras lejanas. Sobre el escenario, Mata Hari era sensual y emocional. En cada actuación explicaba con detalle la historia de sus danzas, y las enlazaba con historias de lujuria, celos, pasión y venganza. También explicaba que ella había nacido en un templo indio sagrado, y que allí había aprendido las danzas atávicas que ahora mostraba. Una vez se dirigió al público hablando en francés, neerlandés, inglés, alemán y malayo, y dijo:

“Mi danza es un poema sagrado (…) Siempre se deben traducir las tres fases que corresponden a los atributos divinos de Brahma, Vishnu, y Shiva: creación, fecundidad, destrucción”.

Al público le encantó, y Mata Hari se convirtió en una estrella.

Una bailarina de éxito

En una época en la que todos los hombres ricos e influyentes querían llevar a una amante escultural del brazo, Mata Hari era considerada una de las mujeres más glamurosas, fascinantes y deseables de París. Era normal verla con aristócratas, diplomáticos, financieros, militares de alto rango, y empresarios millonarios. Ella disfrutaba de la atención de los hombres y de su libertad sexual, y ellos le regalaban pieles, joyas, caballos, muebles y estancias en sitios elegantes por el simple placer de tenerla cerca. Sus amantes la ayudaban a mantener su tren de vida extravagante, pero lo cierto es que ella ganaba mucho dinero actuando. Mata Hari era tan popular que las entradas para verla se agotaban, y llevó su espectáculo a casi todas las grandes capitales europeas.

Con el paso de los años, la carrera artística de Mata Hari empezó a decaer, pero los hombres ricos y poderosos de la época seguían queriendo disfrutar de su compañía. Gracias a esto, ella continuaba viviendo la vida suntuosa que le había regalado su personaje. El estallido de la primera guerra mundial, en 1914, no le afectó demasiado. Mientras las familias de Francia pasaban hambre y penurias, y mandaban a sus padres, maridos, hermanos e hijos a morir en la batalla, Mata Hari continuaba haciendo ostentación de su estilo de vida despilfarrador. Ella parecía no darse cuenta, pero esto no sentaba muy bien a sus conciudadanos. 

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Durante la guerra, Mata Hari siguió viajando por Europa con relativa libertad. Esto atrajo la atención de los servicios de contraespionaje. En otoño de 1915, estando en La Haya, Mata Hari recibió la visita de Karl Kroemer, el cónsul alemán honorario en Amsterdam. Kroemer le ofreció veinte mil francos (unos 57.000 euros actuales) a cambio de espiar para Alemania. Mata Hari aceptó el dinero, como compensación por los objetos personales que los alemanes le habían quitado al estallar la guerra. Pero rechazó espiar para Alemania. 

En diciembre del mismo año, Mata Hari volvía de un viaje en barco cuando fue interrogada en el puerto inglés de Folkestone. El oficial que habló con ella no encontró nada incriminatorio en sus pertenencias, pero en su informe anotó lo siguiente:

“Habla francés, inglés, italiano, holandés, y probablemente alemán. Tipo de mujer guapa y llamativa. Bien vestida y a la moda. No sospechosa (…) pero no se le debería otorgar permiso para volver al Reino Unido”.

De vuelta en París, Mata Hari estaba instalada en el Grand Hotel. Estaba tan acostumbrada a que los hombres la mirasen, que no se dio cuenta de que la estaban siguiendo. Georges Ladoux, el jefe de contraespionaje del ministerio de la guerra francés, sospechaba que Mata Hari espiaba para los alemanes. Para comprobarlo, había ordenado que vigilaran a Mata Hari en sus visitas diarias a restaurantes, parques, salones de té, boutiques y locales nocturnos. Los hombres de Ladoux leían su correspondencia, escuchaban sus conversaciones telefónicas, y tomaban nota de con quién se veía; pero no encontraron pruebas de que estuviese pasando información importante a los alemanes. 

Ladoux pensó que una buena manera de elevar los ánimos y reactivar el esfuerzo de guerra era capturar a un espía destacado. Y decidió que esa espía sería Mata Hari.

En 1916, las cosas iban francamente mal para Francia. Dos de las batallas más largas y sangrientas de la primera guerra mundial -la de Verdún y la del Somme- enfrentaron a franceses y alemanes durante meses. El fango, la falta de saneamiento, las enfermedades, y el uso del gas fosgeno como arma mataron o mutilaron a cientos de miles de soldados. En el verano de ese año, las tropas francesas estaban tan desmoralizadas que algunos hombres se negaron a luchar. Entonces, Ladoux pensó que una buena manera de elevar los ánimos y reactivar el esfuerzo de guerra era capturar a un espía destacado. Y decidió que esa espía sería Mata Hari.

En aquel momento, Mata Hari solo pensaba en una cosa: su nuevo amor. Se había enamorado profundamente de Vladimir de Massloff, un capitán ruso, joven y muy condecorado, que luchaba para Francia. Vladimir había sido expuesto al gas fosgeno; como consecuencia, había perdido la visión de un ojo, y corría el riesgo de quedarse completamente ciego. A pesar de las circunstancias, Vladimir decidió pedirle matrimonio a Mata Hari, y ella aceptó. Mata Hari necesitaba un salvoconducto para ir a Vittel, al este de Francia, y estar más cerca de su prometido, que estaba destinado en aquella zona. Para conseguir el salvoconducto, habló con un examante suyo que trabajaba para el ministerio de la guerra. Lo que ella no sabía, era que también trabajaba para Ladoux, el jefe del servicio de contraespionaje. 

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A través de su examante, Mata Hari contactó con la unidad de contraespionaje francesa. Los agentes le dijeron que le facilitarían el salvoconducto para visitar a Vladimir, a cambio de que espiase para Francia. La recompensa sería un millón de francos, dinero suficiente para mantenerse a ella misma y a Vladimir si las cosas se complicaban. Mata Hari no estaba especialmente interesada en ser espía, pero necesitaba el dinero para construir su vida con Vladimir. En aquella época, escribió:

“Me casaré con mi amante, y seré la mujer más feliz de la tierra”.

Con esta idea en mente, Mata Hari aceptó la oferta de espiar para Francia, y no mencionó que los alemanes le habían pedido que espiase para ellos unos meses atrás. 

Ladoux ordenó a Mata Hari que fuese a La Haya y esperase instrucciones para su primera misión. Pero, una vez allí, no le pidió que averiguase nada en concreto, ni que sedujese a nadie; tampoco le facilitó una vía de comunicación segura, ni dinero. Pasado un tiempo, Mata Hari escribió a Ladoux pidiéndole un adelanto; según ella, si tenía que seducir a hombres importantes, necesitaría comprarse ropa nueva. 

Más adelante, Ladoux envió a Mata Hari a los Países Bajos en barco desde España. El barco paró en Folkestone, el mismo puerto inglés donde había sido retenida el año anterior. Igual que entonces, la interrogaron y no encontraron nada que pudiese incriminarla. Pero no la liberaron; resulta que Mata Hari se parecía un poco a una espía alemana en busca y captura, así que decidieron encerrarla mientras averiguaban su verdadera identidad. Aterrorizada y desesperada por recuperar su libertad, Mata Hari acabó confesando que espiaba para Francia. Los agentes ingleses contactaron a Ladoux para comprobar si Mata Hari decía la verdad. Según el informe de los ingleses, cuando le preguntaron por ella, Ladoux contestó que había fingido darle trabajo porque sospechaba que espiaba para Alemania, y quería ponerla a prueba. También declaró que si ellos conseguían demostrar su culpabilidad, se llevaría una alegría. Sin pruebas de nada, los ingleses dejaron que Mata Hari se fuese, pero su credibilidad quedó tocada.

Empezando una nueva etapa

Tras el incidente en Inglaterra, Mata Hari puso rumbo a España. Su plan allí era intentar averiguar secretos militares que pudiesen ayudar a Francia, y demostrar a Ladoux que no era espía doble. Para conseguirlo, Mata Hari hizo lo que mejor sabía hacer: seducir. Utilizando su sensualidad y su encanto personal, conquistó a varios altos cargos alemanes destinados en Madrid que dejaron caer información útil para Francia. Mata Hari escribía a Ladoux para comunicarle estos secretos, pero él nunca le contestó. Cuando volvió a París, esperando recibir su recompensa por el trabajo hecho, Ladoux rechazó verla, y después negó que hubiese recibido información por parte de ella. 

A finales de enero de 1917, Mata Hari estaba empezando a desesperarse. Le quedaba poco dinero, y estaba viviendo en hoteles cada vez más baratos. Y es que Ladoux no solo la evitaba, sino que tampoco le había pagado un franco del dinero prometido. También llevaba tiempo sin saber nada de Vladimir, su prometido, y temía que hubiese sido herido de nuevo. Finalmente, el 12 de febrero se emitió una orden de búsqueda y captura contra Mata Hari, bajo el argumento de que espiaba para Alemania. A la mañana siguiente fue detenida e interrogada por un magistrado del comité de guerra; un hombre inflexible que tenía un odio especial hacia lo que él definía como mujeres “devora hombres”; mujeres como Mata Hari. 

Mata Hari pasó siete meses en la cárcel de Saint-Lazare; siete meses de terror y ansiedad. En julio de 1917, fue formalmente acusada de ocho cargos. La única prueba real que había contra ella eran unos mensajes de voz interceptados por el puesto de escucha instalado en la torre Eiffel. Estos mensajes mencionaban a Mata Hari como espía pagada por los alemanes. Había sido el mismo Ladoux quien se los había facilitado al tribunal para demostrar que sus sospechas sobre Mata Hari eran correctas. Pero todo parece indicar que no lo eran: a día de hoy, sabemos que Ladoux manipuló las pruebas para inculpar a Mata Hari. Ella reconoció que había tenido contacto con los alemanes, pero dijo que se había limitado a aceptar el dinero y, en alguna ocasión, darles información desfasada o poco importante. 

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Todos los cargos presentados contra Mata Hari eran vagos e imprecisos. Fue acusada de revelar secretos al enemigo, provocando consecuencias devastadoras para Francia; pero los miembros del jurado no fueron capaces de identificar ninguno de esos secretos en concreto. De lo que sí tenían pruebas era del estilo de vida “inmoral”, según ellos, de Mata Hari: básicamente, hablaron de que gastaba mucho dinero en lujos, y de que había sido amante de muchos hombres influyentes. 

El abogado de Mata Hari, un examante suyo llamado Edouard Clunet, tenía poca experiencia en juicios militares. Pero hizo todo lo que pudo por ayudarla. Por ejemplo, consiguió que varios hombres prominentes testificasen a favor de ella. Entre ellos estaba el secretario del ministro de asuntos exteriores francés, que la defendió apasionadamente. Dijo que nunca había visto nada que arruinase su buena opinión de ella; hasta acusó al fiscal de aceptar acusaciones sabiendo que eran falsas. En efecto, el fiscal confesó más tarde que no había pruebas concluyentes para condenar a Mata Hari. Pero el tribunal no tuvo en cuenta estos testimonios. La decisión estaba tomada.

Mata Hari fue declarada culpable de los ocho cargos sostenidos contra ella, y condenada a pena de muerte. Su abogado apeló para conmutar la sentencia por una pena de cárcel, y también pidió un indulto presidencial. Pero fue en vano. Nadie pudo o quiso salvar a Mata Hari. 

La ejecución se programó para el 15 de octubre de 1917, y tuvo lugar en las primeras horas de la mañana, y en secreto. Entre los presentes estaban su abogado, las monjas que habían cuidado de ella durante su presidio, un sacerdote, y el médico de la cárcel. A pesar de lo trágica que era su situación, Mata Hari se preparó para morir como había vivido, con estilo, y protagonizó una actuación a la altura de la diva que había sido. Se presentó serena, bien vestida, y con el pelo recogido en un moño sofisticado. Caminó con gracia y dignidad, y se colocó delante de un pelotón de soldados muy jóvenes. Le iban a tapar los ojos, pero pidió que no lo hiciesen. Los testigos explicaron que se mantuvo firme, alta y orgullosa, e incluso lanzó un beso al aire; un gesto final que, sea verdad o leyenda, resume a la perfección el carácter de Mata Hari. El sargento a cargo del pelotón de fusilamiento quedó tan impresionado que exclamó: 

“¡Por Dios! Esta mujer sabe cómo morir”.

En los años posteriores a su ejecución, la historia de Mata Hari atrajo la atención de infinidad de historiadores y escritores. A medida que salía a la luz información nueva sobre ella y las pruebas presentadas en el juicio, su culpabilidad se ponía más en duda. El gobierno alemán la exculpó públicamente en 1930, y el dossier francés que contenía la información sobre sus actividades indicaba que era inocente. En 2017, cien años después del fusilamiento de Mata Hari, Francia desclasificó varios documentos sobre ella. Su contenido hizo que se alzaran voces que confirmaban las sospechas. Para muchos, Mata Hari fue utilizada como chivo expiatorio por las autoridades militares francesas, que buscaban alguien a quien culpar de sus fracasos en la guerra. También se ha dicho que otro motivo para su detención, condena y ejecución fue su indiferencia hacia las convenciones sociales: a principios del siglo XX, una mujer que vivía su sexualidad abiertamente, y que la utilizaba para conseguir lo que quería, era para muchos un mal ejemplo para las demás mujeres, y una amenaza para la sociedad en general… Una sociedad encerrada en un mundo de hombres.