Más allá de Sherlock Holmes

El crimen resuelto por Arthur Conan Doyle

Además de ser uno de los escritores más importantes de la literatura policiaca gracias a su detective más famoso, Sherlock Holmes, Conan Doyle fue un ferviente luchador por los oprimidos. La injusticia llevada a cabo con Oscar Slater en un caso de asesinato le llevó a luchar por su libertad durante varios años.

Arthur Conan Doyle

Foto: Cordon Press

En 1925, el recluso 2988 de la prisión de Peterhead, en Escocia, fue liberado. Escondido bajo su dentadura postiza, llevaba un mensaje de parte de otro prisionero, Oscar Slater, y cuyo destinatario sería una de las personas más famosas del momento, el escritor Arthur Conan Doyle.

Slater buscaba la ayuda de Sherlock Holmes, o más bien la de su creador, para esclarecer las circunstancias que lo habían llevado a la cárcel. Y es que en 1909 había sido condenado de manera fulminante por el asesinato en Glasgow de una anciana rica, Marion Gilchrist. De hecho, inicialmente fue condenado a muerte, pero la presión pública hizo que en lugar de la muerte, le sobreviniesen 18 años de trabajos forzados en la prisión de Peterhead, al noreste de Escocia, conocida como “el gulag de Escocia”. Pero, si fue condenado de manera tan rápida por el crimen, ¿por qué la opinión pública pidió clemencia para Slater? Y, ¿por qué acudir a un escritor en vez de a un policía o un abogado para conseguir su libertad?

La penitenciaría de Peterhead, al noreste de Escocia, era conocida por su dureza como “el gulag de Escocia”.

Todo giraba en torno al proceso judicial. Durante el juicio, se habían detectado profundas irregularidades, que incluían sobornos, manipulación de testigos y supresión de pruebas. Entre otras cosas, se ignoró a testigos que aseguraban que Slater estaba en otro lugar en el momento del asesinato y no se tuvo en cuenta la primera declaración de la asistenta de Gilchrist, que indicaría que Slater no había podido ser el asesino.

Oscar Slater acabaría siendo liberado tras varios años de trabajos forzados.

Oscar Slater acabaría siendo liberado tras varios años de trabajos forzados.

Foto: CordonPress
El comedor en 15 Queen's Terrace en  Edimburgo, donde se cometió el crimen. El cojín frente a la chimenea muestra la posición del cuerpo de Marion Gilchrist.

El comedor en 15 Queen's Terrace en Edimburgo, donde se cometió el crimen. El cojín frente a la chimenea muestra la posición del cuerpo de Marion Gilchrist.

Foto: CordonPress

Slater, un hombre poco ejemplar

La vida de Slater no era para nada intachable. Había sido condenado anteriormente por agresión, trabajaba como corredor de apuestas ilegal y frecuentaba a prostitutas. Así, el propio Doyle dijo que era “un hombre de mala reputación”, lo que sumado al estudio de sus rasgos físicos, una pseudociencia que en la época todavía tenía cierta aceptación en ámbito criminal y judicial, y a dos hechos circunstanciales: que Slater había empeñado un broche (lo único que se había robado en la casa de Gilchrist era un broche) y que había viajado con nombre falso a Nueva York, fue suficiente para meterlo entre rejas.

Sin saberlo, Slater se había convertido un chivo expiatorio atrapado en una trama que involucraba al juez y al fiscal, pero pocos se atrevieron a alzar la voz, y los pocos que lo hicieron, como un policía que expresó sus dudas sobre la investigación y el juicio, fueron silenciados y vieron perjudicada su carrera en el cuerpo.

Como chivo expiatorio, Slater era perfecto. En un momento en que una oleada de nacionalismo recorría Europa, él era un recién llegado desde Alemania y, además, era judío. En aquel momento el antisemitismo azotaba todos los países europeos por igual, con el reciente y flagrante caso Dreyfus todavía fresco en la memoria de todos. Para la policía no hubo dudas: Slater tenía que ser condenado, así que no hicieron muchos esfuerzos por conocer la verdad tras enterarse de que este había empeñado un broche y se había ido a Nueva York.

Sin embargo, las irregularidades del caso llevaron a parte de la opinión pública a ponerse del lado de Slater. Varias fueron las personalidades que se involucraron, pero una de las que más pondría de su parte fue Conan Doyle. Antes incluso de recibir el mensaje de Slater, Doyle se había puesto manos a la obra. Y es que, aunque su faceta más conocida es la de escritor, y la más ridiculizada es la de creyente en el espiritismo, Doyle también fue un luchador por los oprimidos, y entre otras cosas había denunciado las atrocidades colonialistas belgas en el Congo, había defendido la reforma del divorcio y ya había ayudado a enmendar la condena a George Edalji, un abogado angloindio condenado injustamente.

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Sir Arthur Conan Doyle

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Conan Doyle a la búsqueda de la verdad

Desde 1912, Doyle puso sus conocimientos al servicio del caso Slater. Estudió los pasos de la policía, se enfrentó a abogados y políticos, y puso a prueba los argumentos y las pistas del caso. Desmontó uno a uno los argumentos que habían llevado a Slater a prisión, por ejemplo, se dio cuenta de que Slater había viajado con nombre falso no para huir de la policía, sino para que su esposa no supiese que había viajado con una amante. Además, la policía había pasado por alto un pequeño detalle: en cuanto Slater había llegado a Estados Unidos y se había enterado de la acusación, pidió volver a Escocia para limpiar su nombre.

Doyle también descartó el que para la policía era el arma del crimen, un martillo de Slater. Para el escritor, el martillo no era lo suficientemente grande, y utilizó los propios informes forenses para apuntar a una silla del mobiliario de la señora Gilchrist como arma. Además, destacó que el broche que Slater había empeñado no se parecía en nada al que habían robado a la señora Gilchrist, algo que la propia policía sabía y había decidido ignorar, y buscó y encontró nuevos testigos. Eso, por no hablar de que no había signos de violencia o forcejeo, lo que llevó al escritor a deducir que la señora conocía al asesino y le había dejado pasar. Evidentemente ella y Slater no se conocían.

El broche que Slater había empeñado no se parecía en nada al de la señora Gilchrist, algo que la propia policía sabía y había decidido ignorar.

En 1912, Arthur Conan Doyle publicó sus hallazgos, declarando que el caso montado contra Oscar Slater era “totalmente erróneo”, lo que avivó a parte de la opinión pública y llevó a varias peticiones de un nuevo juicio, pero fueron ignoradas.

En los años posteriores, diversas personas como el policía John Thomson Trench proporcionaron nueva información para esclarecer el caso. Trench fue destituido por acusar a la policía de ocultar pruebas y murió mientras Slater seguía preso.

Escena del juicio contra Oscar Slater.

Escena del juicio contra Oscar Slater.

Foto: CordonPress

Un ardid para convencer a Conan Doyle

Tras varios años en la cárcel, en 1925 Slater decidió buscar ayuda en el escritor inglés. A través del prisionero 2988, William Gordon, un compañero suyo en la prisión, y sabedor de que Conan Doyle se había esforzado por demostrar que Slater no era culpable, y que incluso había costeado parte de los honorarios judiciales de Slater, consiguió hacerle llegar una misiva. Este mensaje reavivó el interés de Doyle, que escribió a políticos para expresarle sus inquietudes.

Dos años después, Doyle editó y escribió la introducción del libro La verdad sobre el caso Oscar Slater, de William Park. La publicación de este libro, así como las presiones de Conan Doyle a políticos, funcionarios y diversas personalidades de Reino Unido, llevaron a que en noviembre de 1927, el Procurador General de Escocia, Alexander Munro MacRobert, declarase que Slater no era culpable.

En julio de 1928, tras casi 19 años de trabajos forzados, se anuló su condena y fue liberado, y aunque Slater y Conan Doyle se reunieron, no acabaron bien, ya que Doyle le reclamó el dinero invertido y sus honorarios, a lo que Slater le respondió que no debía pagar la defensa de un crimen que no había cometido.

* El Grupo Ad Absurdum está formado por los historiadores Isaac Alcántara, Juan Jesús Botí y David Omar Saéz, que asesora históricamente al programa de televisión El Condensador de Fluzo.