La corrupción de los gobiernos fue clave en la caída de los grandes imperios

Los versos de la historia tienden, quizá no a repetirse con exactitud, pero si a rimar; y nos muestran que las sociedades colapsan cuando sus líderes socavan los contratos sociales y la corrupción llama a su puerta

Según los relatos de Dion Casio y Suetonio, Nerón vio como Roma ardía mientras tocaba la lira.

Foto: Cordon Press / The Granger Collection, Nueva York

No es objeto de este artículo profundizar en las causas que propiciaron el incendio en el que Roma ardió durante el verano del año 64 d.C.. Más pese a la escasez de fuentes históricas y las innumerables contradicciones entre las versiones de escritores, historiadores y filósofos como Tácito, Plinio el Viejo, Flavio Josefo o Epicteto, asumamos que, aunque solo sea por el valor metafórico con el que puede ilustrar este artículo, como cuentan Dion Casio y Suetonio, Nerón cantó, a los acordes de una lira y vestido para la ocasión, el Iliou persis, también conocido como el Saqueo de Troya, mientras contemplaba Roma arder.

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Con esa imagen en la cabeza, y asumiendo que tarde o temprano todas las cosas llegan a su fin, entremos en materia. Así, bien gobernadas por dictadores despiadados y autoritarios, o por representantes bien intencionados, si algo nos muestra la historia es que, con diferentes grados de severidad, todas las sociedades se desmoronan y perecen con el tiempo. Le ocurrió al imperio mongol, al romano, al español, al británico y a la Unión Soviética por citar algunos de los regímenes políticos que más se expandieron durante diferentes periodos de la historia. Y continuará ocurriendo. Eso es al menos lo que subyace de un nuevo artículo que se publica esta semana en la revista Frontiers in Political Science en el que un equipo de investigadores examinan el colapso de una amplia muestra global de 30 sociedades premodernas.

Los investigadores descubrieron que cuando los gobiernos a los que nos referiremos como "buenos" —aquellos que proporcionaban bienes y servicios a su pueblo y no concentraban la riqueza y el poder— se derrumbaban, lo hacían con una mayor intensidad que los regímenes despóticos. No obstante , además encontraron un factor común para explicar la especial severidad en el colapso de estos "buenos gobiernos": líderes que socavaron y rompieron la defensa de los principios, la moral y los ideales fundamentales de la sociedad que los sustentaba.

"El fracaso potencial causado por un factor interno, podría haber sido manejable si se hubiera anticipado adecuadamente"

Gary Feinman, comisario de antropología del Field Museum de Chicago, y uno de los autores del estudio apunta que "los estados premodernos no eran tan diferentes de los actuales. Algunos de ellos gozaban de un gobierno justo y no eran tan diferentes de lo que vemos en algunos países democráticos hoy". "No obstante, pese a que estados pudieron haber sido capaces de mantenerse durante algo más de tiempo que los gobiernos dirigidos por otros estados autocráticos, cuando colapsaron tendieron a hacerlo más severamente y de una forma más profunda que los segundos" continúa.

Sin embargo también observamos que "el fracaso potencial causado por un factor interno, podría haber sido manejable si se hubiera anticipado adecuadamente", añade por su parte Richard Blanton, profesor emérito de antropología en la Universidad de Purdue y autor principal del estudio. "Nos referimos a un inexplicable fracaso del liderazgo principal para defender los valores y normas que habían guiado durante mucho tiempo las acciones de los líderes anteriores, seguido de una posterior pérdida de confianza ciudadana en el liderazgo y el gobierno, antesala del colapso", puntualiza el autor.

De Roma a Venecia pasando por Samarcanda y Nankín

En su estudio, Blanton, Feinman y sus colegas analizaron en profundidad los gobiernos de cuatro sociedades de la antigüedad: el Imperio Romano, la Dinastía Ming de China, el Imperio Mongol de la India y la República de Venecia. Estas sociedades florecieron hace cientos, o en el caso de la antigua Roma, miles de años, y tenían distribuciones comparativamente más equitativas de poder y riqueza que muchos de los otros casos examinados. Aunque si bien dichas sociedades pueden resultar muy diferentes a las de hoy —por ejemplo en el sentido de que sus gobernantes no eran elegidos mediante elecciones populares— ciñéndonos a la definición dada con anterioridad, consideraremos que su sistema político podía encuadrarse en el de los "buenos gobiernos".

"Básicamente, no había democracias electorales antes de los tiempos modernos, así que si quieres comparar la buena gobernanza presente con la buena del pasado, no puedes ceñirte al papel que desempeñan unas elecciones libres, tan importantes en las democracias contemporáneas" comenta Feinman". "No tenían elecciones, pero de hecho tenían otros controles y mecanismos de equilibrio para evitar la concentración del poder personal y la riqueza en unos pocos individuos. Todos tenían los medios para mejorar el bienestar social, proporcionar bienes y servicios más allá de a unos pocos, y medios para que los plebeyos expresasen sus voces", añade el autor.

"A menudo había en estas sociedades controles tanto del poder, como del egoísmo económico de los líderes, por lo que se hacía difícil acaparar toda la riqueza"

En sociedades que cumplen con la definición académica de "buen gobierno", el gobierno satisface las necesidades de la gente, en gran parte porque el gobierno depende de esa gente para recaudar los impuestos y los recursos que mantienen a flote al estado. "Estos sistemas dependían en gran medida de la población local para obtener una buena parte de sus recursos. "Es decir, incluso en ausencia de elecciones, el gobierno debía ser al menos considerado con las necesidades de la población local, ya que era dicha población la que financiaba y sustentaba al gobierno" continúa Feinman. "A menudo había en estas sociedades controles tanto del poder, como del egoísmo económico de los líderes, por lo que se hacía difícil acaparar toda la riqueza".

Prosperidad: un bien frágil

Si bien es cierto que sociedades con "buen gobierno" tienden a perdurar en el tiempo más que los gobiernos autocráticos que mantienen el poder concentrado en una persona o un grupo pequeño, la otra cara de la moneda es que cuando un "buen" gobierno colapsa, las cosas tienden a ser más difíciles para los ciudadanos debido a que estos han llegado a depender en mayor medida de la infraestructura de dicho gobierno en su vida cotidiana.

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"Una buena gobernanza suele traer aparejada unas buenas infraestructuras para la comunicación y burocracias sólidas para la recaudación de impuestos, el mantenimiento de los servicios y la distribución de los bienes públicos. Tiene una economía que sustenta a la gente y financia al gobierno", explica Feinman. "Esto es así, hasta el punto de que las redes sociales y las instituciones se vuelven altamente dependientes económica, social y políticamente: mientras que si un régimen autocrático colapsa, es posible que surja un nuevo líder, o que este pase a estar bajo la influencia de otro agente político, sin embargo las consecuencias del colapso no penetran hasta el final la vida de las personas, ya que tales gobernantes generalmente monopolizan los recursos y financian sus regímenes de maneras menos dependientes de la producción local o de impuestos de base amplia ".

Sobre líderes y caciques

Los investigadores también examinaron un factor común en el colapso de sociedades con buen gobierno: líderes que abandonaron los principios fundacionales de la sociedad e ignoraron sus roles como guías morales para su gente. "En una sociedad de buen gobierno, un líder moral es aquel que defiende los principios, la ética, los credos y los valores fundamentales de la sociedad en general", dice Feinman. "La mayoría de las sociedades tienen algún tipo de contrato social, ya sea escrito o no, y si tienes un líder que rompe esos principios, la gente pierde la confianza, disminuye su disposición a pagar impuestos, se muda o toma otras medidas que socavan la salud fiscal de la política ".

Un factor común en el colapso de sociedades con buen gobierno: líderes que abandonaron los principios fundacionales de la sociedad e ignoraron sus roles como guías morales para su gente

Este patrón de líderes amorales que desestabilizan sus sociedades se remonta mucho tiempo atrás: el artículo se vale del Imperio Romano como ejemplo. El emperador romano Cómodo heredó un estado con inestabilidad económica y militar; y mas interesado en mostrarse como un gladiador e identificarse con Hércules, no estuvo a la altura de las circunstancias. Finalmente fue asesinado y el imperio descendió a un período de crisis y corrupción. Estos patrones pueden verse hoy en día, ya que los líderes corruptos o ineptos amenazan los principios básicos y, por lo tanto, la estabilidad de los lugares que gobiernan. La creciente desigualdad, la concentración del poder político, la evasión de impuestos, el vaciamiento de las instituciones democráticas, el socavamiento de la división de poderes, la disminución de la infraestructura y la disminución de los servicios públicos se evidencian hoy en las naciones democráticas. "Lo que veo a mi alrededor es como ver lo que he observado al estudiar en profundidad la historia de otras regiones del mundo" afirma Feinman. "Es como el Día de la Marmota para los arqueólogos e historiadores".

Es indispensable entender que las sociedades, incluso las que están bien gobernadas, son prósperas y respetadas por la mayoría de ciudadanos, son construcciones humanas frágiles que pueden fallar

"Nuestros hallazgos proporcionan conocimientos que deberían ser valiosos en el presente. Es indispensable entender que las sociedades, incluso las que están bien gobernadas, son prósperas y respetadas por la mayoría de ciudadanos, son construcciones humanas frágiles que se pueden derrumbar", dice Blanton. "En los casos que abordamos, probablemente existió la posibilidad factible de evitar la calamidad, sin embargo, los ciudadanos asumieron con excesiva confianza que sus líderes se sentirían obligados a hacer lo que se espera para el beneficio de la sociedad, y las barreras institucionales necesarias para minimizar las consecuencias del fracaso moral de sus líderes se mostraron inadecuadas", añade el autor en una sentencia que nos transporta, para nuestra desdicha, a este preciso momento y lugar.

Estos patrones pueden verse hoy en día, ya que los líderes corruptos o ineptos amenazan los principios básicos y, por lo tanto, la estabilidad de los lugares que gobiernan.

"Aprender sobre lo que llevó al colapso de las sociedades en el pasado puede ayudarnos a tomar mejores decisiones ahora: la historia tiene la oportunidad de decirnos algo. Eso no significa que se repetirá exactamente, pero tiende a rimar, lo que significa que es nuestra obligación obtener una enseñanza de lo que ya ha ocurrido en el pasado para que situaciones indeseables no se vuelvan a repetir", sentencia el autor.

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