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Perretes Amundsen Polo sur

Curiosidades de la Historia: Episodio 68

La conquista del Polo Sur: Amundsen contra Scott

En 1911, un noruego y un británico se adentraron en la inmensidad del continente antártico en una lucha por alcanzar por primera vez el extremo sur de la Tierra.

En 1911, un noruego y un británico se adentraron en la inmensidad del continente antártico en una lucha por alcanzar por primera vez el extremo sur de la Tierra.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

El 15 de junio de 1910, toda Inglaterra despedía enfervorizada al Terra Nova, el barco que partía hacia la Antártida a la conquista del polo Sur. Nunca en la historia de la exploración se había estado tan seguro de que una expedición alcanzaría su objetivo: disponía del material más moderno, gran parte de sus hombres tenían experiencia polar, y las cuatro quintas partes del itinerario habían sido exploradas por un compatriota suyo, Ernest Shackleton, dos años atrás.

Todo parecía a punto para que el capitán Robert Falcon Scott se convirtiese en la primera persona en alcanzar tan ansiado lugar, el único punto geográfico significativo de la Tierra que el hombre no había pisado. Sin embargo, el 12 de octubre recibió un telegrama con un contenido enigmático: «Me dirijo a la Antártida». Estas escuetas palabras iniciaron una cadena de acontecimientos que terminarían haciéndole perder la carrera y costándole la vida.

Un competidor entra en escena

El misterioso telegrama procedía de Roald Amundsen, un noruego que se había hecho famoso por haber logrado atravesar en barco el mítico Paso del Noroeste, que une el océano Atlántico con el océano Pacífico por el norte de América. Una ruta entre el hielo que durante tres siglos habían intentado localizar los mejores navegantes.

Amundsen había nacido en una próspera familia de armadores y desde pequeño se había sentido seducido por las regiones polares, en particular por ser el primero en pisar el polo Norte. Así, desde su juventud todo fue una preparación para poder llevar a cabo tal empresa. Era un consumado deportista, un experto esquiador. Los casi tres años que le llevó completar la travesía del Paso del Noroeste le permitieron relacionarse con los esquimales, y de ellos aprendió sus técnicas milenarias para desenvolverse en ese mundo de hielo y nieve, donde los exploradores occidentales encontraban tantas dificultades para sobrevivir.

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Inicialmente, Amundsen pensó aplicar todos estos conocimientos para realizar una expedición de investigación en el Ártico, en la que esperaba alcanzar su ansiado sueño de pisar el polo Norte. Pero en 1909 supo que se le habían adelantado. Dos exploradores norteamericanos, Robert Peary y Frederick Cook, reivindicaban haber llegado el primero a ese punto geográfico y se acusaban el uno al otro de mentir. En este ambiente de confusión, Amundsen comprendió que su expedición debía cambiar de objetivo. Fue entonces cuando, como dijo más tarde, «volví mi mirada hacia el polo Sur».

En el más absoluto de los secretos, sin informar ni a sus hombres, ni a sus patrocinadores, ni a su propio Gobierno, Amundsen se dirigió a la Antártida. Quería adelantarse a los británicos, que estaban ultimando una expedición para conquistar el polo Sur. Su hermano envió aquel lacónico telegrama después de que Amundsen partiera hacia la Antártida desde Madeira en un viaje sin escalas para aislarse del mundo (su barco carecía de radio) y que ni sus patrocinadores ni el Gobierno noruego pudieran detenerle.

Un hombre y su destino: Scott

Scott era un prometedor oficial de la Armada británica que en 1901, con tan sólo 31 años, fue seleccionado para dirigir la expedición a la Antártida que organizaba la Royal Geographic Society. Como él mismo reconocería, nunca había sentido una predisposición especial por las regiones polares –a diferencia de Amundsen–, y aquel viaje le cambió la vida. La particular belleza de ese mundo de hielo, las vivencias de la exploración y las posibilidades de promoción social ejercieron sobre su ánimo un influjo irresistible que lo llevó a encaminar sus pasos hacia aquel reino helado. Poco después de que el también británico Ernest Shackleton fracasara en su intento de alcanzar el polo Sur –su expedición duró dos años, de 1907 a 1909, y se quedó a 180 kilómetros de su objetivo–, Scott decidió organizar su propia travesía.

Le fue sencillo encandilar a la sociedad británica con su proyecto. Los reveses militares de la segunda guerra de los Bóers (1899-1902) habían dejado un regusto amargo en la población, que temía que el espíritu que había construido el Imperio estuviera languideciendo. Por el contrario, la exploración polar –esa lucha dramática contra una Naturaleza inmisericorde– y las hazañas de sus compatriotas en este campo se vivían como un renacer de los valores británicos: decisión, coraje, solidaridad, sacrificio... Por ello, no es de extrañar que 8.000 voluntarios se ofrecieran a acompañar a Scott y se hicieran colectas para recaudar dinero; incluso muchos niños rompieron sus huchas para contribuir a la gran aventura. En este ambiente de exaltación nacional, pocos vieron una amenaza en el telegrama que anunciaba que a Scott le había salido un competidor. Sin embargo, aquel mensaje dio inicio a una carrera entre dos equipos que se convertiría en un trágico duelo, uno de los episodios más dramáticos de la historia de la exploración.

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Duelo en los confines del planeta

Las expediciones noruega y británica discurrieron casi en paralelo. Si los ingleses zarpaban en el Terra Nova en junio de 1910, los noruegos partieron el 9 de agosto a bordo del Fram. El Terra Nova hizo escala en Suráfrica, Australia y Nueva Zelanda; por su parte, el Fram realizó un viaje directo desde Madeira. Tras medio año de travesía, el 4 de enero de 1911, Scott estableció su base en la Plataforma de hielo de Ross. Amundsen, por su parte, llegó diez días más tarde y, como si quisiera añadir más emoción al duelo, decidió instalarse en una zona relativamente próxima a la de los británicos, la bahía de las Ballenas.

En una arriesgada apuesta, el noruego se estableció sobre una plataforma de hielo, que según sus competidores podría desprenderse en cualquier momento, pero que le proporcionó una ventaja de 100 kilómetros. Distancia nada despreciable si se considera que en total había que recorrer unos 1.400 kilómetros hasta alcanzar el polo.

Una vez en la Antártida, en pleno verano austral, ingleses y noruegos montaron sus bases (la Cabaña de Scott y la Framheim, respectivamente) y se internaron en aquel desierto helado para establecer depósitos de comida y combustible que garantizaran el suministro durante la gran marcha de la primavera siguiente (estación que en el hemisferio sur corresponde a los meses que van de septiembre a diciembre). Aquel primer bautismo de nieve puso en evidencia las ventajas del sistema de transporte noruego, cuyos trineos estaban tirados por perros, mucho más acostumbrados al ambiente polar que los caballos siberianos elegidos por Scott.

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Ello repercutió en la cantidad de provisiones que unos y otros pudieron acarrear. Así, en el tiempo en que los británicos pusieron un gran depósito de una tonelada de suministros a 79º 30’ de latitud sur, los noruegos instalaron tres depósitos con casi el triple de provisiones en total que Scott, y el último situado en el paralelo 82 sur, casi 300 kilómetros más cerca del polo que el de sus competidores. Cuando tuvieron todo listo y acabó el verano antártico, a finales de marzo, ambos equipos se encerraron dentro de sus respectivos refugios a esperar a que las condiciones meteorológicas volviesen a ser propicias, seis meses después.

La larga noche invernal (con temperaturas medias de 20 grados bajo cero y mínimas inferiores a 40) pasó con exacerbada lentitud en ambas bases. Todos aguardaban la vuelta del sol para comenzar la marcha que los llevaría a las páginas de oro del gran libro de la historia, o les sepultaría en el baúl del olvido de los perdedores. La victoria supondría fama y gloria para el líder del grupo vencedor, pero también reconocimiento social y una pensión vitalicia para todos sus integrantes.

Empieza la carrera

El 19 de octubre, Amundsen no pudo resistir más la tensión de la espera y decidió ponerse en marcha con cinco hombres y cuatro trineos, cada uno tirado por 13 perros. Como si hubiera escuchado el mismo pistoletazo de partida, tan sólo cinco días después, Scott hizo salir a la vanguardia de su equipo: cuatro hombres y dos trineos a motor que transportaban tres toneladas de material y alimentos. Otros 12 hombres y 10 caballos del grupo principal iniciaron su camino el 1 de noviembre, con Scott a la cabeza.

Durante los días siguientes, las dos comitivas avanzaron por una superficie blanca y desolada, donde ni siquiera había accidentes geográficos en la distancia para fijar la vista: en todas direcciones se extendía la misma superficie horizontal. Los noruegos, moviéndose sobre sus esquíes, secundaban a sus perros, que se encontraban en su elemento y avanzaban velozmente por aquel terreno. Amundsen, prudente y sabiendo que se enfrentaba a una carrera de resistencia, no hacía al día más de 27 kilómetros, que consideraba suficientes para llegar a su objetivo antes que su adversario. Al final de cada jornada, hombres y perros no parecían acusar el menor cansancio.

En cambio, en el lado británico la situación no era tan halagüeña. Los motores de los trineos se averiaron antes incluso de la partida de Scott y sus restos de metal quedaron atrás, como osamentas de seres ajenos a aquel continente. Los caballos, poco adaptados para caminar sobre ese tipo de superficie, se hundían una y otra vez en la costra de la nieve, haciendo todavía más lenta su ya de por sí parsimoniosa marcha. Por si fuera poco, las tempestades de viento y nieve, que para los perros eran soportables, llevaron al borde de la muerte a los caballos, obligando al grupo a detener la marcha. La distancia entre las dos expediciones se fue acrecentando poco a poco. Al mes de haberse iniciado la competición, los noruegos se encontraban 500 kilómetros por delante de los ingleses.

Tras avanzar 600 kilómetros por una superficie de hielo totalmente llana, las dos expediciones debían llegar a una cadena de glaciares, los montes Transantárticos, que se elevaban hasta alcanzar la meseta polar, a 3.000 metros de altura. Los noruegos realizaron el ascenso por un lugar inexplorado. Durante una semana estuvieron subiendo y bajando glaciares, sometiendo a un terrible suplicio a sus perros, más de la mitad de los cuales murieron. En el lado británico, a pesar de avanzar por la ruta abierta por Shackleton años antes, las cosas tampoco fueron fáciles. Todos los caballos murieron, de modo que los expedicionarios tuvieron que tirar ellos mismos de sus pesados trineos a lo largo de 400 kilómetros de una pendiente inacabable. Una tarea agotadora que les llevó el doble de días que a sus rivales.

Noruega conquista el polo

Una vez en la meseta, Amundsen mantuvo su invariable ritmo de 27 kilómetros diarios, lo que le permitió completar la carrera en otras tres semanas. El 14 de diciembre, a las tres de la tarde, los cinco noruegos al unísono clavaron la bandera de su país en el punto más austral del planeta. Habían vencido. Aquel día los británicos todavía se encontraban subiendo los glaciares, a 600 kilómetros de distancia.

Durante unos días, los noruegos descansaron en el polo. Amundsen montó una tienda de campaña que demostraba su llegada. Dentro dejó el informe del viaje junto con una carta para Scott en la que le pedía que se lo entregara al rey de Noruega; todo por si les ocurría algo en el regreso. Mientras tanto, los británicos continuaban empujando sus trineos ladera arriba por los glaciares, a 600 kilómetros de distancia.

En su camino de vuelta, los noruegos se cruzaron con los británicos sobre los 87º sur, aunque sin llegar a verse, pues en ese punto sus rutas estaban separadas por más de 100 kilómetros. Por una de ellas, cinco noruegos volvían victoriosos; por la otra, cinco británicos –al entrar en la meseta polar el equipo se había reducido a este pequeño grupo– todavía creían que iban a ser los primeros. Unos días después, cuando les faltaban 15 kilómetros escasos para llegar a su ansiado objetivo, las esperanzas de Scott y sus hombres se desvanecieron brutalmente al encontrar una banderola utilizada por los noruegos para señalizar su camino. «Lo peor ha sucedido […] Se nos han adelantado […] Lo siento por mis leales compañeros», anotó en su diario Scott.

Al día siguiente, su conquista del polo fue puro trámite. Encontraron la tienda noruega, se hicieron una foto y comenzaron el camino de vuelta, esta vez, bajo la amargura de la derrota. Entre las ropas de Scott, la carta que Amundsen le había dejado, la constatación de su fracaso, pesaba más que todo el trineo.

Mientras el regreso de los noruegos se desarrollaba a una velocidad espectacular y sin el menor contratiempo –llegaron a su base el 25 de enero–, a los británicos todo se les puso en contra. El tiempo empeoró, se retrasaron y empezaron a quedarse sin alimentos. Uno de los expedicionarios sufrió un edema cerebral y sus compañeros no pudieron hacer nada por él, sólo verle agonizar. Días después otro, viendo que sus pies congelados dificultaban la marcha del grupo, se levantó una mañana y salió de la tienda en medio de una ventisca, diciendo: «Puede que tarde un rato en volver». Todos sabían que no regresaría; era el sacrificio de un valiente para tratar de que, al menos, sus compañeros se salvasen.

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«La muerte no puede estar lejos»

Los supervivientes siguieron avanzando y, pese a las penalidades, consiguieron llegar a 18 kilómetros del depósito que habían dejado con una tonelada de suministros. Les quedaba comida para tres días y parecía que lo podrían alcanzar. Por desgracia, una tormenta de viento y nieve los retuvo en la tienda durante nueve días. Sin comida, agua ni combustible, su organismo fue debilitándose. Consciente de que todo estaba perdido, Scott escribió en su diario el testimonio de valor de aquellos hombres que se enfrentaban a la muerte. «La muerte no puede estar lejos», escribió en su última entrada.

Amundsen, ajeno a este drama, había zarpado rumbo a Australia, donde informó al mundo de su victoria y recibió felicitaciones de todos los rincones del planeta. El siguiente noviembre, el resto de británicos encontraron los cuerpos de sus tres compañeros y los diarios de Scott, que conmovieron al mundo y forjaron su leyenda. Uno ganó la carrera, otro la perdió, pero los dos alcanzaron la gloria.

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