Una nueva era para Gran Bretaña

La conquista normanda de Inglaterra

En el siglo XI, Gran Bretaña pasó por una profunda y violenta transformación cuando la invasión de los normandos, un pueblo de origen vikingo, aplastó a los desunidos reinos de la Inglaterra sajona. La conquista supuso un verdadero cambio de era, el regreso a una unidad que no existía desde la época romana, a costa de largas y sangrientas guerras.

Normandos en Inglaterra

Imagen: Alinari/Cordon Press

A principios del siglo V, la unidad del Imperio Romano de Occidente ya no era más que un espejismo. Britania, la provincia más remota, pronto cayó en manos de los invasores sajones que la gobernarían alrededor de 500 años, sin lograr nunca restaurar la frágil unidad que los romanos habían impuesto por las armas. Fue necesaria la llegada de un nuevo pueblo guerrero para unirla de nuevo, como en el pasado, a través de nuevas y sangrientas guerras.

Los normandos eran descendientes de los vikingos, unos de los conquistadores más temibles de la Edad Media. En el siglo X los sucesores de Carlomagno les habían permitido establecerse en el noroeste de Francia, frente al canal de la Mancha, una región que tomaría su nombre de ellos: Normandía, la tierra de los hombres del norte. Allí adoptaron un modo de vida sedentario, se convirtieron al cristianismo y se mezclaron con la población local, dando a luz un próspero mestizaje cultural y lingüístico. Pero la llama guerrera de sus antepasados nunca se extinguió del todo.

Los normandos eran descendientes de los vikingos que se habían establecido en el noroeste de Francia, que tomó de ellos el nombre de Normandía.

Una isla fragmentada

En los cinco siglos transcurridos desde la invasión sajona se habían formado varios reinos independientes, cuya supervivencia se vio gravemente amenazada apenas empezó la era de la expansión vikinga. La isla de Gran Bretaña era una mezcla heterogénea de pueblos y los reinos de Inglaterra y los de Gales se encontraban, además, divididos por una brecha cultural, pues los galeses conservaban todavía una cultura muy autóctona, de tradición celta, en comparación con la Inglaterra sajona.

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Tras las primeras invasiones vikingas del siglo X, protagonizadas por los daneses, los reyes de Wessex habían logrado restaurar gran parte de lo que había sido la Britania romana, a excepción de Gales. Durante un siglo pareció que la Inglaterra sajona estaba a salvo, hasta la crisis de sucesión provocada por la muerte de Eduardo el Confesor, último rey de Wessex, que había muerto sin herederos: el Witenagemot o Witan, la asamblea de nobles y eclesiásticos que se encargaba de sancionar la coronación del nuevo rey, eligió como sucesor a un poderoso aristócrata llamado Harold Godwinson.

Sin embargo el duque de Normandía Guillermo I, que pasaría a la historia con el epíteto de “el Conquistador”, reclamó su derecho al trono de Inglaterra. En el año 1017 las luchas por el poder habían llevado a Eduardo, heredero pero aún adolescente, a un exilio de 25 años en Normandía. Durante ese tiempo Guillermo le había brindado protección y en agradecimiento, según alegaba, el heredero exiliado le había prometido la sucesión, a la que además creía tener derecho por ser la madre de Eduardo de origen normando.

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La lucha por Inglaterra

Durante el verano de 1066, el duque de Normandía preparó su ejército y una flota para invadir Gran Bretaña, un número más bien exiguo que las estimaciones más recientes sitúan alrededor de los 10.000 hombres. Por aquel entonces la isla ya se había precipitado en el caos, puesto que Guillermo no era el único que ansiaba el trono inglés: el rey noruego Harald III reclamó la corona e invadió Inglaterra con un poderoso ejército vikingo y el apoyo del propio hermano del rey electo, Tostig Godwinson; un intento que acabó el 25 de septiembre con la muerte de ambos en la batalla de Stanford Bridge.

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Pocos días después de la batalla, las fuerzas normandas desembarcaron en la costa de Sussex y se atrincheraron en Hastings. El rey Harold, tras su victoria en Stanford Bridge, había dividido su ejército, con lo cual su contingente y las fuerzas normandas invasoras se encontraron frente a frente con un número similar de efectivos, aunque Guillermo contaba con una ventaja que sería decisiva: la caballería, que por el contrario Harold había dejado atrás. El 14 de octubre se libró la batalla decisiva en Hastings.

La carta vencedora fue la estrategia: los normandos inicialmente atacaron solo con la infantería para luego batirse en retirada, provocando que los soldados ingleses les persiguieran. Guillermo lanzó entonces la caballería para liquidar las tropas sajonas; una estrategia que sorprendentemente funcionó en repetidas ocasiones y que pudo verse favorecida por la mala comunicación entre las fuerzas inglesas durante la batalla. La muerte del rey Harold junto con varios de sus hermanos y oficiales termino de quebrar los ánimos del ejército inglés.

Battle Abbey, Hastings

La Battle Abbey (Abadía de la Batalla) es el lugar donde fue enterrado Harold, el último rey sajón de Inglaterra. Se dice que fue construida en el lugar exacto donde él murió.

Foto: iStock / TonyBaggett

Anunciando la muerte del rey, el duque Guillermo esperaba que los nobles ingleses aceptaran sus pretensiones al trono, pero no fue así. En vez de eso, el Witenagemot proclamó rey a otro noble de Wessex, Edgar Atheling, lo que llevó al líder normando a continuar la conquista por la fuerza. Algo que, por otra parte, no fue excesivamente difícil debido a la escasa coordinación militar de los nobles ingleses, que fueron derrotados o bien prefirieron apostar al caballo vencedor y unirse a Guillermo. El día de Navidad de 1066, Guillermo fue coronado rey de Inglaterra en la abadía de Westminster, convirtiéndose en el primer monarca normando de la isla.

Una nueva era

La victoria normanda tuvo consecuencias profundas que se hicieron sentir de inmediato. La primera medida fue la sustitución casi completa de los nobles y cargos públicos por oficiales normandos, desplazando a casi todos los autóctonos a posiciones secundarias; la vieja aristocracia sajona, que había gobernado durante cinco siglos, sintió especialmente esta medida como una humillación. Eso produjo una transformación radical de los sistemas de gobierno y de administración, que fueron substituidos por los métodos normandos.

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Las consecuencias sociales fueron de gran alcance: al perder sus puestos de poder, se produjo una gran migración de nobles sajones hacia las vecinas Escocia e Irlanda, sembrando la semilla de un antagonismo que brotaría en los siglos sucesivos. La administración se centralizó y quedó sometida a un mayor control, se estableció una organización territorial piramidal y el normando se convirtió en el idioma oficial en detrimento del inglés anglosajón. Finalmente, las leyes normandas comportaron muchos cambios sociales: algunos negativos, como la pérdida de derechos de las mujeres solteras, y otros positivos, como el final de la esclavitud. En un sentido amplio, la conquista normanda supuso el paso definitivo de Inglaterra al feudalismo.

Los sajones no aceptaron todo esto de buen grado: durante su reinado Guillermo I tuvo que hacer frente a las revueltas de la antigua nobleza, a la que había despojado de sus tierras. Esto le llevó a construir una gran cantidad de castillos y fortalezas, que conformarían la fisionomía de la Inglaterra que todos conocemos. A la vez, la barrera idiomática y la imposición de nuevas reglas sociales provocó un corte neto entre la clase dirigente y la gran masa de súbditos. Y también con la vecina Gales, que durante dos siglos más defendería su independencia de Inglaterra.

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