La República en peligro

La conjura de Catilina en la Antigua Roma

Acuciado por las deudas y dominado por la ambición, Lucio Sergio Catilina urdió en el año 63 a.C. una rebelión contra el Senado de Roma a la que sumó a numerosos partidarios. Cicerón, cónsul de la República, descubrió el movimiento y Catilina y los suyos murieron en prisión o en el campo de batalla.

Rebelión contra la República. Catilina y sus seguidores sellan el pacto para alzarse contra el poder establecido de la República de Roma. Óleo por Salvator Rosa. Siglo XVII. Galería Palatina, Florencia.

Foto: Scala, Firenze

A principios de junio de 64 a.C. se estaba gestando una grave amenaza para la estabilidad de la República romana. Lucio Sergio Catilina, un joven de noble familia, fuerte y osado, había reunido a un variopinto grupo de seguidores dispuestos a rebelarse contra las autoridades de Roma. Todos estaban descontentos con la crítica situación que se vivía entonces en Roma e Italia. La recesión económica afectaba a los ciudadanos más pobres y a los campesinos libres, y en Etruria los antiguos soldados que se habían establecido en colonias se quejaban de sus tierras de mala calidad y de las deudas que habían contraído. Este endeudamiento afectaba igualmente a los aristócratas romanos que habían derrochado su patrimonio en lujos de todo tipo o habían realizado ingentes gastos para promocionar sus carreras políticas.

A todos ellos sabía dirigirse Catilina, de pasado turbulento y él mismo lleno de deudas. En La conjuración de Catilina, escrita veinte años después de los hechos, Salustio trazó de él un retrato muy poco favorable, presentándolo como alguien «perverso y depravado» e «inflamado de pasiones». El mismo historiador decía que entre sus seguidores se encontraban «el que había contraído grandes deudas para hacer frente a su deshonor o su crimen, todos los parricidas de cualquier procedencia, sacrílegos o convictos en juicios». Catilina se atrajo sobre todo a los jóvenes, a los que podía manejar mejor y que invariablemente adoptaban los hábitos de su nuevo líder gracias a los favores que les concedía.

Primera página de 'La conjuración de Catilina' del historiador romano Cayo Salustio Crispo. Edición de 1671.

Primera página de 'La conjuración de Catilina' del historiador romano Cayo Salustio Crispo. Edición de 1671.

Foto: Prisma / Album

Pese a ello, en aquella reunión de comienzos de junio había también unos cuantos senadores, así como miembros del orden de los caballeros (inferior al senatorial) y dirigentes de colonias y municipios. Ante todos ellos, Catilina pronunció un encendido y persuasivo discurso en el que les prometió que, si tenían éxito, conseguirían la cancelación de las deudas, la proscripción de los ricos, buenos cargos y botín. Corrió el rumor de que a continuación Catilina hizo circular copas de vino mezclado con sangre humana para fortalecer los lazos de fidelidad entre los conjurados. Incluso un historiador más tardío refirió que en aquel momento inmoló a un joven y, después de efectuar juramentos sobre sus entrañas, se las comió en compañía de sus secuaces.

Cónsul por todos los medios

El primer paso de Catilina fue presentarse a las elecciones a cónsul que se celebraban ese mismo verano para ejercer el cargo al año siguiente. Esperaba ganar con el apoyo de sus partidarios y que saliera también elegido Cayo Antonio, un amigo suyo acuciado igualmente por las deudas al que creía que podría manejar. Sin embargo, pronto empezaron a circular rumores sobre los planes de Catilina porque uno de los conjurados, llamado Quinto Curio, se fue de la lengua con su amante, Fulvia, una noble romana que los divulgó entre mucha gente. Según Salustio, ésta fue una de las causas por las que Catilina perdió las elecciones, en las que los votantes prefirieron la candidatura del famoso orador Cicerón, aunque fuera un homo novus, es decir, alguien todavía ajeno al reducido círculo de las familias más importantes que ejercían el control político de la ciudad.

El Foro de Roma. «Todos cayeron ya bajo el poder absoluto de unos pocos, quienes bajo el pretexto de la guerra se apoderaron del tesoro público [...] y dominan la ciudad a partir de vuestros despojos», dijo Catilina a los suyos. En primer término el templo de Saturno, sede del erario público.

El Foro de Roma. «Todos cayeron ya bajo el poder absoluto de unos pocos, quienes bajo el pretexto de la guerra se apoderaron del tesoro público [...] y dominan la ciudad a partir de vuestros despojos», dijo Catilina a los suyos. En primer término el templo de Saturno, sede del erario público.

Foto: Shutterstock

Pese a este revés, los rebeldes no se rindieron y, ya con Cicerón y Cayo Antonio como cónsules, siguieron preparándose para que Catilina consiguiera, en las elecciones que debían celebrarse en el verano de 63 a.C., el consulado del año siguiente. Sin embargo, Cicerón, tras lograr que Fulvia convenciera a Quinto Curio para que le revelase los planes de los conspiradores, retrasó los comicios a septiembre. Catilina volvió a ser derrotado en las elecciones. Este fracaso llevó a los conjurados a recurrir a la violencia para conseguir sus fines.

Salvar el Estado

El primer movimiento de Catilina fue enviar a varios cómplices a distintos lugares de Italia para iniciar un levantamiento armado. A un tal Manlio, antiguo centurión, le correspondió ir a Etruria para reclutar tropas entre los veteranos descontentos de las colonias instituidas allí por Sila. La revuelta armada era inminente cuando la noche del 20 de octubre Cicerón recibió en su casa una visita inesperada: Craso, uno de los hombres más ricos de Roma, de quien se decía que había apoyado en el pasado a Catilina, se presentó ante el cónsul y le mostró una carta anónima que le habían dirigido, en la que se daba cuenta de la inminente amenaza y se le invitaba a dejar la ciudad. Con esta visita, Craso evitaba quedar asociado a las intenciones de Catilina y se presentaba como fiel servidor de la República. Cicerón convocó al Senado al día siguiente y mostró la carta de Craso junto a otras del mismo tenor dirigidas a otros miembros de la cámara. Cuando un senador confirmó que se estaban reclutando tropas en Etruria, todos estuvieron de acuerdo en declarar el senatus consultum ultimum, un decreto por el que se daba un poder extraordinario a los cónsules para salvar al Estado en un momento crítico.

Marco Tulio Cicerón. El gran orador romano desbarató la conspiración de Catilina desde su cargo de cónsul de la República. Busto de Cicerón en la Galería de los Uffizi, Florencia.

Marco Tulio Cicerón. El gran orador romano desbarató la conspiración de Catilina desde su cargo de cónsul de la República. Busto de Cicerón en la Galería de los Uffizi, Florencia.

Foto: AKG / Album

Cada vez más inquieto, el 6 de noviembre Catilina convocó a los conjurados en casa de uno de ellos para coordinar su estrategia. Deseaba partir cuanto antes a Etruria al encuentro de Manlio y sus tropas, pero antes había que eliminar a Cicerón, el gran obstáculo para el éxito de la conspiración. Dos de sus cómplices se ofrecieron para llevar a cabo el magnicidio al día siguiente, cuando acudieran a casa del orador en el momento de la salutatio, la ceremonia en la que los clientes rendían respeto a sus patronos. Pero el cónsul ya estaba sobre aviso por medio de Fulvia y les prohibió el acceso a su residencia.

Cicerón convocó al Senado para una reunión el 8 de noviembre en el templo de Júpiter Estátor. El propio Catilina, como si la cosa no fuera con él, tuvo la desfachatez de presentarse. La requisitoria del cónsul, con el comienzo que ha pasado a la historia –«¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?»–, fue implacable. A pesar de que el aludido respondió defendiendo su inocencia, los senadores lo abuchearon y se apartaron de su asiento como signo de repulsa. Según Salustio, Catilina, enfurecido, dijo: «Puesto que mis enemigos me rodean y me empujan al abismo, apagaré bajo ruinas el fuego en que se me quema». Tras esto, abandonó Roma acompañado de 300 hombres armados.

Catilina se queda solo. Este óleo de Cesare Maccari recrea el momento en que Cicerón acusa a Catilina delante del Senado, cuyos miembros se apartan de él. Siglo XIX. Palacio Madama, Roma.

Catilina se queda solo. Este óleo de Cesare Maccari recrea el momento en que Cicerón acusa a Catilina delante del Senado, cuyos miembros se apartan de él. Siglo XIX. Palacio Madama, Roma.

Foto: Scala, Firenze

La conjura sale a la luz

En ausencia de Catilina, la conjuración continuó en Roma por medio de sus cómplices, entre los que destacaba Cornelio Léntulo. Su intención era asesinar a cuantos senadores pudiera e incendiar la ciudad en diversos puntos estratégicos para sembrar el caos. Además, a finales de noviembre los conjurados buscaron el apoyo de los embajadores de los alóbroges, un pueblo galo que habitaba en lo que hoy es Saboya y se encontraba agobiado por las deudas. Creían que, con su carácter proverbialmente belicoso, los alóbroges les serían útiles para sublevar la Galia.

Sin embargo, cuando los alóbroges supieron de la conjura, sopesaron qué bando les sería más beneficioso y finalmente decidieron denunciar la conjura a un noble romano llamado Quinto Fabio Sanga, que era su protector en la Urbe. Sanga lo comunicó de inmediato a Cicerón, que astutamente ideó un plan para hacerse con pruebas inequívocas de las intenciones de los conjurados. A instancias del cónsul, los alóbroges fingieron un gran interés en la revuelta y pidieron cartas selladas a los cabecillas de Roma para poder llevarlas a su pueblo y convencerles más fácilmente. Los conjurados en Roma accedieron sin sospechar nada, y uno de ellos, Volturcio, se ofreció a ir a la Galia en la comitiva de los alóbroges. En la noche del 2 de diciembre, soldados enviados por Cicerón tendieron una emboscada en el puente Milvio a la comitiva de los galos, quienes, tal como habían acordado, se rindieron sin oponer resistencia y entregaron las cartas de los rebeldes. Volturcio fue capturado y más tarde confesó los hechos para intentar salvar la vida.

El puente Milvio. En este lugar, un grupo de galos que simulaban estar de acuerdo con los conjurados fingieron ser capturados por hombres de Cicerón, a quien entregaron las pruebas de la conspiración.

El puente Milvio. En este lugar, un grupo de galos que simulaban estar de acuerdo con los conjurados fingieron ser capturados por hombres de Cicerón, a quien entregaron las pruebas de la conspiración.

Foto: Shutterstock

Con las pruebas para acusar a los conjurados en la mano, Cicerón mandó llamar a cinco de ellos: Léntulo, Cetego, Estatilio, Gabinio y Cepario. Acudieron todos, menos Cepario, que se dio a la fuga. Acto seguido, el cónsul convocó a los senadores en el templo de la Concordia y les mostró las cartas y a los culpables. Los cuatro conjurados fueron entregados a otros tantos nobles romanos para que los custodiaran en sus domicilios. Entre tanto se había capturado también a Cepario, que fue encerrado en casa de otro personaje relevante. El mismo día, al registrar la casa de Cetego, se encontraron armas afiladas y preparadas para una acción inminente.

Moneda de Julio César. En el momento de la conspiración de Catilina, César era un joven senador que fue acusado por sus enemigos de apoyar la conjura. Efigie de Julio César en el anverso de una moneda de plata acuñada en 44 a.C.

Moneda de Julio César. En el momento de la conspiración de Catilina, César era un joven senador que fue acusado por sus enemigos de apoyar la conjura. Efigie de Julio César en el anverso de una moneda de plata acuñada en 44 a.C.

Foto: British Museum / Scala, Firenze

La sesión del Senado continuó el 4 de diciembre, con la presentación de más testimonios. Al día siguiente se debatió qué castigo debían recibir los conspiradores. Era sin duda una decisión delicada, por cuanto se trataba de ciudadanos romanos importantes. El primero en dar su opinión fue Décimo Junio Silano, el cónsul electo para el año siguiente, que pidió la pena de muerte para los condenados. Todos fueron adhiriéndose a este parecer. Sólo Julio César propuso un castigo alternativo: la confiscación de sus bienes y la prisión en diversas ciudades de Italia. Se trataba de una medida tan indulgente que a algunos les pareció sospechosa. Frente a él se alzó el severo Marco Porcio Catón, quien disipó las dudas de los senadores con un contundente discurso a favor de la pena de muerte. Aprobada la sentencia, se decidió aplicarla antes de que acabara el día, no fuera que la noche trajera nuevos intentos de disturbios por parte de los seguidores de Catilina. Los prisioneros fueron llevados al Tuliano, la lóbrega cámara de ejecución de la cárcel situada al pie de la colina Capitolina, y allí los verdugos los estrangularon.

De regreso a su casa, Cicerón, rodeado por los nobles más prestigiosos, vivió uno de los mayores momentos de gloria de su carrera política, con la gente arremolinándose a su alrededor aclamándolo con vítores como el salvador de la patria. Para iluminar su camino se encendieron a su paso luces con antorchas y lámparas colgadas en las puertas de las casas.

La prisión del Tuliano. Parte de los conjurados apresados antes de que pudieran escapar fueron llevados a esta cárcel de Roma, donde fueron estrangulados.

La prisión del Tuliano. Parte de los conjurados apresados antes de que pudieran escapar fueron llevados a esta cárcel de Roma, donde fueron estrangulados.

Foto: Riccardo Auci

El final de Catilina

Sofocada la rebelión en la ciudad, sólo quedaba acabar con Catilina por la fuerza de las armas. Al enterarse de la suerte de los suyos, el líder de la conjura pensó en huir con su ejército a la Galia, pero finalmente decidió presentar batalla con 3.000 hombres en la localidad de Pistoya, en la Toscana.

La Maison Carrée. Tras la caída de muchos de los conjurados, Catilina intentó huir a la Galia para conseguir allí más aliados, pero no logró salir de Italia y tuvo que combatir. Templo de Augusto en Nimes.

La Maison Carrée. Tras la caída de muchos de los conjurados, Catilina intentó huir a la Galia para conseguir allí más aliados, pero no logró salir de Italia y tuvo que combatir. Templo de Augusto en Nimes.

Foto: Benkrut / Getty Images

En este momento final, Catilina exhibió, según Salustio, una de las virtudes de los hombres de buena familia de Roma: el valor. Cuando la batalla ya estaba perdida, el rebelde se lanzó a pelear en el punto donde había más enemigos y murió acribillado. Tras el combate se vio que los hombres de Catilina habían perecido valientemente en su puesto y con las heridas de frente, como señal de que no habían rehuido la lucha. Por su parte, el ejército de la República no consideró la victoria con alegría, pues muchos habían muerto también y algunos, al dar la vuelta a los cadáveres enemigos, descubrían a algún familiar o amigo, como si aquella conjuración fuera un funesto presagio de las cruentas guerras civiles que estaban por venir.

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Óleo del pintor italiano Alcide Segoni, muestra el hallazgo del cuerpo de Catilina. 1871. Galería de Arte Moderno, Florencia.

Óleo del pintor italiano Alcide Segoni, muestra el hallazgo del cuerpo de Catilina. 1871. Galería de Arte Moderno, Florencia.

Foto: DEA / Scala, Firenze

El rebelde muerto en combate

Salustio describe así el final de Catilina y los suyos: «Una vez terminada la batalla fue cuando se pudo calibrar la audacia y la fuerza de voluntad tan grandes que había habido en el ejército de Catilina. El puesto que cada uno había ocupado para combatir era el que cubría con su cuerpo al perder la vida [...]. Unos pocos habían caído un poco más apartados, pero todos heridos de frente. En cuanto a Catilina, fue hallado lejos de los suyos, entre los cadávares de los enemigos, todavía respirando un poco y conservando en la cara la altanería que tenía de vivo».

Fulvia descubriendo a Cicerón la conspiración de Catilina. Óleo de Nicolas-André Monsiau. Palacio de Bellas Artes, Lille.

Fulvia descubriendo a Cicerón la conspiración de Catilina. Óleo de Nicolas-André Monsiau. Palacio de Bellas Artes, Lille.

Foto: Philipp Bernard / RMN-Grand Palais

Mujeres en la conspiración

Catilina buscó el apoyo de algunas mujeres de buena familia para su movimiento. Creía que a través de ellas podría atraer a su causa a sus maridos, o asesinarlos si se oponían, así como soliviantar a los esclavos urbanos. Salustio traza el ambivalente retrato de una de ellas, Sempronia, que pudo ser la tía o la madre de Décimo Bruto, uno de los asesinos de César. Bella y de refinada cultura, Sempronia tenía mala reputación por sus adulterios, por haber cometido perjurio al negar que había recibido un préstamo e incluso por haber estado implicada en un crimen. Un caso opuesto fue el de Fulvia. Perteneciente también a la alta sociedad, era amante de Quinto Curio, uno de los conjurados, pero apostó por la causa de la República actuando como confidente de Cicerón.

Este artículo pertenece al número 207 de la revista Historia National Geographic.

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