"¡Dios lo quiere!"

El concilio de Clermont, el inicio de las Cruzadas

"¡Dios lo quiere!" es la famosa frase que según la tradición dio inicio a la Primera Cruzada. El papa Urbano II se valió de una hábil retórica y de la doctrina cristiana occidental para difundir la idea de que, en determinadas condiciones, era justo e incluso deseable hacer la guerra en nombre de Dios.

concilio de Clermont

Foto: Bibliothèque nationale de France

En noviembre de 1095, unos 300 clérigos se reunieron en concilio en la localidad francesa de Clermont. Sobre la mesa estaba, entre otras cuestiones, una petición del emperador bizantino Alejo I Comneno, que solicitaba ayuda militar contra los selyúcidas que amenazaban su imperio. El papa Urbano II, que presidía el concilio, lo cerró con un impetuoso discurso en el que exhortaba a los monarcas europeos a acudir en ayuda de sus “hermanos cristianos de oriente”, así como a hacer la guerra a los gobernantes musulmanes que tenían en su poder Tierra Santa y a liberar de su dominio los Santos Lugares en los que había transcurrido la vida de Jesucristo. Según la tradición, terminó el discurso con la frase que se convertiría en el grito de guerra de las Cruzadas: “Deus vult!”, “¡Dios lo quiere!”

Matar en nombre de Dios

La llamada a hacer la guerra en nombre de Dios podía resultar extraña en el seno del cristianismo, dada la lectura mayormente pacifista de los Evangelios, y Urbano II seguramente era consciente de ello. Aunque ya había habido guerras para convertir a pueblos “paganos”, estas habían sido libradas por líderes laicos, como la campaña de Carlomagno contra los sajones. Algunos papas ocasionalmente habían llamado a las armas, pero había sido para defender Roma de los ataques de ejércitos invasores.

El discurso de Clermont era muy distinto porque era un llamamiento directo de la máxima autoridad de la Iglesia católica a hacer la guerra, en territorio extranjero y contra un enemigo que, al menos en el plano territorial, no representaba una amenaza directa para Roma ni para la cristiandad occidental. Además, la llamada a ayudar a los bizantinos seguramente no habría parecido demasiado sincera ya que las relaciones con la Iglesia oriental no habían sido históricamente muy amistosas. Para persuadir a los caballeros cristianos de emprender una guerra semejante, descuidando en ocasiones sus propios problemas en sus feudos, hacía falta convencerles de que Dios realmente lo quería.

Para los cristianos de la Edad Media, el miedo al Infierno y al sufrimiento eterno era algo muy real, por lo que la búsqueda de la purificación del alma era un asunto de máxima importancia.

Según Thomas Asbridge, profesor de Historia Medieval de la Universidad Queen Mary de Londres, la retórica de las Cruzadas hizo palanca en el supuesto poder redentor de aquella guerra santa. “Los cristianos occidentales habían sido programados para pensar en sí mismos como personas contaminadas gravemente por el pecado, un condicionamiento que los impulsaba a una búsqueda desesperada de la purificación a través de la confesión y la penitencia. (…) La expedición sagrada conjugaba los rigores penitenciales del viaje del peregrino con las propiedades purificadoras de la lucha en nombre de Cristo, lo que creaba las condiciones ideales para la limpieza de los pecados”.

Para los cristianos de la Edad Media, el miedo al Infierno y al sufrimiento eterno era algo muy real, por lo que la búsqueda de la purificación del alma era un asunto de máxima importancia. Además, la guerra era la principal ocupación de la nobleza europea, así que la idea de la Cruzada no les resultaba extraña fuera cual fuese el motivo: con ella podían obtener la salvación haciendo lo que, a fin de cuentas, solían hacer contra otros enemigos. Y aunque no a todos les habría fascinado la idea, bastaría convencer a algunos monarcas para que los demás nobles situados por debajo de ellos en la pirámide feudal tuvieran que unirse también por lealtad a sus señores.

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El momento adecuado

Para crear el clima propicio que justificase la expedición como una causa justa, Urbano II no dudó en exagerar las maldades que supuestamente cometían los musulmanes contra los cristianos en Tierra Santa, como destripar a los peregrinos para comprobar que no se hubieran tragado el oro y así evitar el pago a las autoridades, o destruir las iglesias indiscriminadamente. El objetivo era presentar al enemigo como un ser inhumano al que se podía y debía combatir sin ninguna piedad, y al mismo tiempo avivar el miedo a sufrir el mismo destino si se permitía que los selyúcidas llegasen a las puertas de Europa.

Aunque sí se habían producido en el pasado actos de violencia contra los cristianos, no había ninguno tan reciente ni tan brutal como para justificar la necesidad imperiosa de lanzar el ataque en aquel momento si no se había hecho en el pasado. Jerusalén llevaba cuatro siglos en poder de los musulmanes y el episodio de violencia más reciente y significativo se remontaba a hacía varias décadas, durante el reinado del fatimí Al-Hakim bi-Amr Allah, que pasó a la historia con el significativo nombre del “califa loco”, persiguió a la población cristiana y al que las propias fuentes musulmanas presentan como un tirano.

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Que fuese el “momento adecuado” para lanzar la idea de la Cruzada se debía más bien a razones políticas; Urbano necesitaba reafirmar la autoridad del Papado como fuerza vertebradora de la cristiandad occidental frente al poder laico. Así lo señala Thomas Asbridge: “Convencidos de que su autoridad se sustentaba en el mandato divino, los reyes consideraban que entre sus responsabilidades estaba el cuidado y, de ser necesario, el gobierno de la Iglesia. Al mismo tiempo, la práctica totalidad de los obispos gozaba de algún grado de autoridad política derivada del hecho de ser grandes terratenientes, dotados de sus propias fortunas y fuerzas militares. Para poner freno a la independencia política de unas figuras tan poderosas, muchos reyes buscaron controlar la selección, nombramiento e investidura de los eclesiásticos dentro de sus reinos, pese a que, en teoría, esa era una prerrogativa papal”.

Las Cruzadas se enmarcan en este contexto de lucha secular entre dos fuerzas, la eclesiástica y la regia, cada una de las cuales creía firmemente en su derecho a ejercer la autoridad sobre la otra. Para el Papado, la llamada a la guerra santa no solo era un modo de reafirmarse como líder moral de la Europa cristiana, sino una excusa para etiquetar como malos cristianos a los monarcas que se negaran a participar, recurriendo incluso a la excomunión si era necesario.

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