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Representación del Coloso de Rodas realizada en 1880

Foto: CC
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Curiosidades de la Historia: Episodio 65

El coloso de Rodas, la sexta maravilla de la Antigüedad

En el siglo III a.C., los rodios construyeron una enorme estatua de bronce del dios Helios que fue destruida por un terremoto. ¿Dónde acaba la realidad y empieza la leyenda sobre la colosal estatua de Rodas?

En el siglo III a.C., los rodios construyeron una enorme estatua de bronce del dios Helios que fue destruida por un terremoto. ¿Dónde acaba la realidad y empieza la leyenda sobre la colosal estatua de Rodas?

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

En 408 a.C., tres ciudades de la isla de Rodas –Lindo, Camiro y Yáliso– decidieron levantar una nueva capital federal en la isla. La ciudad de Rodas prosperaría rápidamente en las décadas que siguieron, pero también se vio envuelta en todos los grandes conflictos de la política griega. Así sucedió a finales del siglo IV a.C., cuando estalló una guerra abierta entre dos de los sucesores de Alejandro Magno: Ptolomeo I, rey de Egipto, y Antígono I, monarca de Macedonia.

Los rodios, grandes navegantes y excelentes diplomáticos, habían decidido por razones comerciales alinearse con Ptolomeo, pero en el año 307 a.C., Antígono les reclamó que cambiasen de bando y, cuando se negaron, envió a su hijo Demetrio Poliorcetes (sobrenombre que significa «asediador de ciudades») a someter la ciudad. Para tal fin, Demetrio mandó construir la Helépolis (literalmente «tomadora de ciudades»), una temible torre de asedio de entre 30 y 40 metros de altura que se movía sobre ruedas en perfecto equilibrio, pero los rodios lograron frenar su marcha vertiendo en su camino agua, barro y estiércol. Al cabo de un año de infructuoso asedio, Rodas y Macedonia llegaron a un acuerdo: los rodios se convertirían en aliados de Antígono contra todos sus enemigos excepto Ptolomeo, y, a cambio, continuarían siendo autónomos y dueños de sus ingresos.

En prueba de gratitud por la victoria, los habitantes de Rodas decidieron erigir una estatua extraordinaria en honor a Helios, dios tutelar de la isla y personificación del Sol; los gastos fueron sufragados con el dinero obtenido por los despojos de la torre abandonada por Demetrio. Como atestigua un epigrama atribuido al poeta Tiilo: «Para ti, Helios, han elevado hasta el Olimpo este coloso de bronce los habitantes de la doria Rodas, cuando, tras adormecer el oleaje de Enio, coronaron su patria con los despojos de los enemigos».

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El encargo lo recibió Cares de Lindo, discípulo del escultor predilecto de Alejandro, Lisipo. Cares trabajó en el Coloso de Rodas tal vez entre 304 y 292 a.C., aunque según el filósofo Sexto Empírico se suicidó a poco de empezar la obra al darse cuenta de que los cálculos sobre su coste eran erróneos, un dato que no debemos tomar al pie de la letra.

La nueva estatua era una ofrenda a la divinidad más importante de Rodas y por ello debía estar a la altura de lo que representaba: la victoria de los rodios y el dios que la había hecho posible, de modo semejante a la gran Atenea que esculpió Fidias en la Acrópolis de Atenas, tras la batalla de Maratón. Ello se reflejó ante todo en sus imponentes dimensiones. Las fuentes antiguas atribuyen al Coloso de Rodas unas veces 70 codos de altura y otras 80, esto es, entre 30 y 33 metros dependiendo de la longitud que adjudiquemos al codo griego, que no era exactamente la misma en todos los lugares. La diferencia de tamaño podría depender también de si se sumaba o no la basa de mármol blanco sobre la que se alzaba. En todo caso, la escultura era tan grande que, en palabras de Plinio, «pocos hombres pueden abrazar su pulgar, y sus dedos son mayores que muchas estatuas enteras».

Sobre el proceso de construcción contamos con los datos de una obrita titulada Sobre las Siete Maravillas, atribuida a Filón de Bizancio y fechada entre los siglos IV y VI. Según esta obra, el Coloso de Rodas se componía de un armazón de hierro de unos 7.800 kilos de peso, con bloques
de piedra escuadrados que servirían de lastre. Este armazón estaba envuelto en una especie de piel continua de entre 12 y 13 toneladas de bronce. A diferencia de lo que solía hacerse para esculturas de bronce de gran tamaño –en las que primero se fabricaban piezas sueltas que luego se unían–, el Coloso de Rodas habría sido levantado como un edificio, por pisos. Así, una vez moldeados los pies de la estatua sobre una basa única de mármol, se habría realizado el fundido de los tobillos, y sobre éstos se forjaría la pieza siguiente y así sucesivamente hasta llegar a la cabeza. Para fundir el bronce, en cada nivel de la estatua se fue levantando un terraplén que enterraba cada parte de la escultura una vez terminada y permitía continuar trabajando sobre una superficie firme e incombustible.

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Sin embargo, en la actualidad no hay acuerdo sobre si para el Coloso se utilizó, como indicó Filón, la fundición in situ. Algunos sostienen que se emplearon láminas de bronce trabajadas a martillo y colocadas sobre un armazón, que requieren menor cantidad de metal. Otros apuntan que el monumento se fundió a piezas en pozos de tamaño adecuado a la magnitud de la obra que aún no han sido encontrados o identificados.

El Coloso de Rodas, aquel audaz «segundo Sol» de Cares, no estaba, sin embargo, destinado a perdurar: un terremoto lo derribó en el año 226 a.C., antes de que acabara el siglo que lo había visto nacer, y aunque el rey de Egipto Ptolomeo III Evérgetes ofreció mucho dinero y obreros para volverlo a levantar, los rodios no se atrevieron a hacerlo debido a un oráculo que lo desaconsejaba.

Tendidos en el suelo y dejando ver su complejísimo interior, los descomunales restos del gigante, roto por las rodillas, estuvieron a la vista durante 900 años, suscitando la admiración de todos. No resulta extraño que Luciano de Samosata, en el siglo II d.C., afirmara con humor que el Coloso de Rodas, como el Faro de Alejandría, se veía desde la luna. Cuando el califa Muawiya tomó Rodas en el año 654, acabó de demolerlo y envió el bronce a Siria, donde lo compró un judío de Edesa (Urfa), quien, según fuentes bizantinas, necesitó al menos 900 camellos para llevárselo.

La fuerza de la leyenda terminaría alumbrando la representación más conocida del gigante desaparecido. En 1572, el artista holandés Marten van Heemskerck pintó su Colossus Solis a la entrada del puerto de Rodas, alzando un recipiente con fuego en su mano derecha y dejando pasar bajo sus piernas abiertas un barco con las velas desplegadas. Esta idea no era nueva. Un peregrino italiano, Nicolás de Martoni, que visitó Rodas entre 1394 y 1395, recogió lo que allí se decía del Coloso: «En tiempos antiguos hubo una gran maravilla, un gran ídolo, tan admirablemente formado que se dice que tenía un pie en la punta de dicho muelle, donde está la iglesia de San Nicolás, y el otro en la punta del otro muelle, donde están los molinos».

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En realidad, existen argumentos de orden técnico y lingüístico contra la hipótesis del Coloso de Rodas con las piernas abiertas. En cuanto a los primeros, resultaba técnicamente imposible que una estatua de al menos 30 metros de altura se apoyara sobre unos pies separados hasta 200 metros uno de otro, y ello no sólo por el propio peso de la escultura, sino también por el empuje de los vientos, que incidiría sobre todo contra el pecho. Recordemos, además, que el Coloso se rompió por las rodillas, no por los tobillos.

Por otra parte, los lingüistas indican que el término con el que fue designado, «coloso», es un préstamo que los griegos tomaron de poblaciones autóctonas de Asia Menor. Designaba un tipo especial de esculturas, en forma de pilar o con las piernas unidas; por ejemplo, en el siglo V a.C., cuando el historiador Heródoto viajó a Egipto, denominaba colosos a cierto tipo de estatuas de los templos (las que tenían las piernas unidas). En su origen, el término no tenía que ver con la altura. La palabra adquirió el sentido que nosotros le damos («estatua de gran tamaño») por el propio Coloso de Rodas. Ninguno de los otros colosos de la Antigüedad tenía las piernas separadas. Por ejemplo, la antigua estatua de culto del dios Apolo en el templo «del Coloso» de la isla de Delos –cuyo aspecto conocemos por monedas– estaba en pie, de frente, desnudo, con el cabello sobre los hombros, las piernas juntas y los brazos plegados en ángulo recto unidos al cuerpo hasta el codo.

En el caso del Coloso de Rodas, su falta de movimiento parece lejos de lo que podría esperarse en la obra de un discípulo de Lisipo. Quizá puede explicarse por las limitaciones técnicas a la hora de elegir la postura de una figura tan grande, pero no hay que descartar que Cares recibiera un encargo muy concreto: reproducir, con el tamaño de la colosal Helépolis, una antigua y venerada imagen de Helios que tendría las piernas unidas, igual que la Ártemis de Éfeso y la Afrodita de Afrodisias, también de época helenística.

En realidad, más allá de descartar la visión imaginaria que siguen manteniendo los artistas modernos, no podemos conocer cómo era exteriormente el Coloso de Rodas. Las fuentes antiguas guardan silencio, y tampoco se llegó a acuñar moneda con su imagen de cuerpo entero, pese a que se trataba sin duda del símbolo de una orgullosa Rodas que había logrado mantener su independencia. Sobre su apariencia, Filón se limitó a afirmar que se reconocía la imagen de Helios «por sus atributos propios», sin especificarlos, de manera que se han ido sucediendo en el tiempo propuestas diversas sin que ninguna sea concluyente.

En cualquier caso, se asume que era la figura de un joven desnudo y con cabello rizado, tal como aparece el dios Helios en monedas rodias. Algunos autores también colocan rayos en su cabeza, atributo frecuente del Sol. En cambio, dotarlo de antorcha o de un objeto destinado a contener fuego proviene de una interpretación errónea del epigrama atribuido a Tiilo, en el que los términos «mar» y «luz» llevaron a considerar el Coloso un faro, cuando Helios es ya de por sí la luz. Probablemente sus piernas estarían ligeramente separadas, con apoyos. En cambio, resulta imposible conocer la posición de sus brazos: extendidos hacia abajo o con el derecho en alto, como se representó al Sol en estatuillas romanas muy posteriores.

En cuanto al lugar exacto de la ciudad
en que se pudo erigir, resulta muy improbable que estuviera junto al mar o en zona portuaria, por limitaciones de espacio y porque los restos habrían caído en parte al agua, donde alguno de ellos podría ahora ser fácilmente hallado. En cambio, es muy plausible que el Coloso de Rodas, representación de Helios, se alzara junto al templo de esta divinidad, la principal de la isla, pero hasta el momento no han aparecido restos ni de tal templo ni de un santuario al aire libre.

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La arqueóloga Úrsula Vedder sugiere que el templo que se atribuye tradicionalmente a Apolo Pitio en la Acrópolis de Rodas es, en realidad, el dedicado a Helios. Se explicaría así que en una terraza contigua a la de este edificio se encuentre el estadio, lugar en el que competían atletas de toda Grecia durante las Halíeia, las fiestas en honor de Halios (Helios en el dialecto local), de manera similar a lo que sucedía en Olimpia, el Istmo, Nemea y Delfos, cuyos estadios se encontraban dentro del recinto sagrado. Otros se decantan por un lugar en el que hubiera derribado casas al caer, como la zona del Palacio del Gran Maestre o del Bazar. Para ello se apoyan en un proverbio griego que recomendaba «no remover lo que bien quieto está», pues, según un comentarista antiguo, los rodios no habrían vuelto a levantar la estatua por temor a que causara en el futuro nuevos destrozos.

Pocas son las certezas y muchas las dudas relacionadas con un monumento que por su tamaño, su coste y la complejidad de su ejecución mereció ser considerado una de las maravillas de la Antigüedad. El Coloso duró poco en pie, pero sigue presente entre nosotros. Actualmente podemos reconocer al gigante tras los 46 metros de la Estatua de la Libertad, que desde 1886 se alza en Nueva York, y goza de nueva vida en la serie Juego de Tronos, como el Titán que guarda el puerto de Braavos.

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