El imperio del rey Minos

Cnosos, el esplendor de la Creta minoica

Los palacios de la isla de Creta, de los que Cnosos era el mayor, rigieron en el II milenio a.C. un imperio comercial que se extendía por todo el Egeo, hasta que una catástrofe natural terminó con aquella fascinante civilización

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En el acceso norte del palacio se alza un mirador con un relieve pintado. Se creyo´ que el palacio habi´a inspirado el mito del laberinto del Minotauro.

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A comienzos del siglo XX, el arqueólogo británico sir Arthur Evans hundió su pala en el emplazamiento de Cnosos, en Creta, revelando al mundo los vestigios de una civilización que había permanecido dormida bajo el suelo de la isla por espacio de más de tres mil años. Evans sacó a la luz una descomunal construcción palaciega, sin límites definidos, consistente en más de un millar de dependencias, almacenes y salas de ceremonias que se comunicaban entre sí a través de un tortuoso entramado de escaleras y corredores.

La complejidad arquitectónica del edificio evocaba poderosamente la forma de un laberinto, lo que de inmediato hizo pensar a Evans en la figura del rey Minos, hasta el punto de que dio a toda la civilización que acababa de descubrir el nombre de minoica en honor al legendario monarca. En efecto, según una tradición mítica, Minos había mandado construir en Cnosos, la principal ciudad de Creta, un gran laberinto donde encerró al monstruoso Minotauro, el ser mitad hombre mitad toro nacido de la pasión animal de Pasífae, la esposa del rey, por un hermoso toro blanco surgido del mar. Allí, en el interior del laberinto, el monstruo devoraba periódicamente a los jóvenes que los territorios sometidos a Minos le entregaban como sangriento tributo; una práctica que sugiere que el rey cretense había establecido un imperio de terror sobre el Egeo. 

Las leyendas aportan diversas referencias que muestran a Minos como el dueño de un gran imperio marítimo o «talasocracia», como ya lo denominaba el historiador Tucídides. Una de ellas, por ejemplo, cuenta que Minos fue un rey justo y un sabio legislador que a su muerte se habría convertido en uno de los tres jueces de los infiernos debido a que había logrado estabilizar el comercio marino, fundar numerosas colonias y garantizar la seguridad del mar. 

Wall painting of cult procession from Knossos (Corridor of Procession)   Heraklion AM   01

Wall painting of cult procession from Knossos (Corridor of Procession) Heraklion AM 01

Procesión de sacerdotisas. En este fresco de Cnosos, las mujeres participan en un acto ritual mientras desfilan al son de instrumentos musicales. Museo de Heraklion, Creta.

Foto: Wikimedia Commons

Otra tradición explica que Minos expulsó a los léleges y a los carios de su territorio en Asia Menor, y llevó a cabo una expedición sobre el Ática, donde impuso a los atenienses el mencionado tributo de jóvenes del que les acabó liberando el no menos legendario héroe Teseo tras derrotar al Minotauro en su laberinto. De igual manera, Minos mandó construir un tipo de nave rápida y ligera, llamada epatrokeles, para combatir a los piratas. Por medio de su poderosa flota, el rey cretense se hizo con el dominio de las islas del Egeo, fundando colonias e instalando a sus hijos y parientes en el poder. 

Si el descubrimiento de Evans había puesto de manifiesto la realidad que servía de base al mito del laberinto, cabe preguntarse si la talasocracia minoica, evocada en estos episodios legendarios, cuenta con fundamento en la realidad. Lo cierto es que existen evidencias arqueológicas que así parecen confirmarlo. Se han hallado restos de asentamientos permanentes minoicos en islas como Tera, Melos, Citera, Rodas, Naxos, Telos y Quíos, por mencionar algunos de los emplazamientos más relevantes, que indican que Creta mantenía un estrecho contacto con los territorios de su entorno, incluida la Grecia continental, con la que habría establecido vínculos a partir de la isla de Citera. 

Bullls head rhyton, stone, Knossos, 1600 1450 BC, AMH, 145160

Bullls head rhyton, stone, Knossos, 1600 1450 BC, AMH, 145160

Vasija en forma de toro. Este rito´n para libaciones en esteatita negra, tiene la forma de toro, si´mbolo de fuerza y fertilidad. Museo de Heraklion, Creta.

Foto: Wikimedia Commons

Más difícil es saber si estas evidencias permiten hablar en sentido estricto de un imperio colonial cretense. Para los historiadores de la Antigüedad no había duda de que esto era así. Heródoto afirmaba, en el tercero de sus nueve libros de la Historia (III, 122), que Minos de Cnosos fue el primer monarca en proyectar un dominio absoluto sobre el mar. Y Tucídides, en su Historia de la guerra del Peloponeso, se expresaba en los siguientes términos: «Minos, en efecto, fue el más antiguo de cuantos por tradición conocemos que se pertrechó con una flota, conquistó la mayor parte del mar de Grecia, dominó sobre las islas Cícladas y fue el primer colonizador de la mayoría al expulsar a los carios e imponer como jefes a sus propios hijos. Como es natural, limpió del mar la piratería en cuanto le fue posible para que los tributos le llegaran
con mayor facilidad» (I, 4). 

La influencia minoica 

En cualquier caso, desde sus orígenes míticos e históricos más remotos, el pueblo cretense pareció tener sellado un contrato con el mar. Así se refleja en el célebre mito de Europa y el toro. La leyenda contaba que el dios Zeus, enamorado de una joven princesa fenicia, surgió de las profundidades del mar bajo la forma de un hermoso toro; la princesa se subió a sus lomos, hechizada por la  mansedumbre y belleza del animal, y éste la condujo, sin que se diera cuenta, a través de las olas hasta las costas de Creta, donde yació con ella. 

Su nombre era Europa, y fue la madre de Minos. El mito de la llegada de Europa a suelo cretense se corresponde, de nuevo, con las conclusiones de los arqueólogos modernos, quienes han comprobado que ya desde época neolítica los minoicos estuvieron en contacto con otras culturas, y este contacto, como resulta evidente, sólo pudo producirse a través del mar. 

Una de estas rutas primitivas era precisamente la que, bordeando la línea exterior del mar Egeo, conectaba las playas de Asia Menor y las costas nororientales de Creta; por tanto es natural que fuese en esta área donde, con el tiempo, florecieran los más influyentes focos de poder. De este modo, ya desde la época de los «Primeros Palacios» (hacia 1900-1700a.C.), el comercio parece estar controlado por centros palaciales que se erigían en las proximidades de estratégicos fondeaderos, como en los casos de Zakro (cuyo palacio estaba unido al puerto por una carretera que corría en paralelo a la ciudad), Malia y el propio Cnosos. 

Durante este período, los cretenses comenzaron a tener relaciones con las islas del Egeo, las costas de Anatolia y los puertos de Egipto. Pero no fue hasta la etapa siguiente, la de los «Segundos Palacios» (hacia 1700-1450 a.C.), cuando se produjo un aumento significativo de su actividad comercial. El desarrollo de la cultura de este período vino acompañado por la expansión por el Mediterráneo de un estilo de vida propiamente minoico: el arte, la cultura, la arquitectura, e incluso las costumbres funerarias y los rituales religiosos cretenses penetraron progresivamente en las zonas con las que los minoicos mantenían contacto. 

De este modo, a partir del siglo XVI a.C. los textos egipcios mencionan cada vez con mayor frecuencia a los habitantes de Keftiu (nombre equivalente a la Kaftor del Antiguo Testamento), palabra con la que los egipcios designaban a la isla de Creta y a sus habitantes, que les proveían de metales, madera, piedras preciosas e incluso productos farmacéuticos. Los escribas egipcios se interesaron por sus prácticas funerarias, su medicina, su magia y, por supuesto, por sus capacidades navales, hasta el punto de que se ha valorado la posibilidad de que recurrieran a los keftiu a la hora de navegar por las aguas del Gran Verde, nombre que los egipcios daban al mar Mediterráneo. 

La expansión mediterránea 

Al mismo tiempo, los minoicos establecieron numerosos asentamientos en todo el ámbito del Egeo. El auge de la isla en el lapso que va desde 1700 hasta 1500 a.C. provocó un desmesurado aumento de la población al que se tuvo que poner freno fundando colonias en el exterior, fundamentalmente en las costas del Egeo. De ello bien pueden dar testimonio los once enclaves que llevan el nombre de Minoa o Minoia, o la fundación cretense de Akrotiri, en la isla de Tera, colonia creada hacia el 1560 a.C., de donde procede una gran cantidad de representaciones pictóricas que constituyen hoy en día los iconos más representativos de la cultura minoica: los Púgiles, el Pescador, los Antílopes, los Delfines o la Flotilla, entre otros. 

Tampoco es totalmente descartable que los cretenses fundaran colonias en la propia Grecia continental, aunque lo que sí es indudable es que su influencia se hizo sentir de forma determinante sobre los griegos micénicos, la pujante sociedad de guerreros que, con foco en la ciudad de Micenas, comenzaba a despuntar y que con el paso del tiempo acabó usurpando a los minoicos el dominio sobre el mar. Si bien es casi seguro que los micénicos permanecieron políticamente independientes de los cretenses, no fueron capaces de sustraerse a su invasión cultural. 

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Megarón de la reina. Evans consideró que la estancia decorada con bellos frescos de tema marino pertenecía a los aposentos de la reina. Se comunicaba con un baño y un tocador abierto a un patio.

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Probablemente la idea de las tumbas circulares micénicas (tholoi) fue tomada de Creta, y también de allí procedían los motivos artísticos con los que los señores de la guerra continentales embellecieron centros de poder como el palacio de Pilos. Sin embargo, la decisiva aportación de los minoicos sobre los micénicos fue el sistema de escritura; primero unos y luego otros sustentaron en ella su poder gracias a sus ventajas en el campo de la administración y el comercio. ¿Configuraba esta amplia red de vínculos comerciales que irradiaba de Creta un verdadero imperio marítimo, basado (como insinúan el mito y los antiguos historiadores griegos) en una poderosa armada capaz de sojuzgar y someter a tributo a las ciudades del Egeo? 

El dominio de los mares 

Uno de los problemas a la hora de calibrar la capacidad naval de los cretenses viene dado por el hecho de que no se han encontrado restos reconocibles de embarcaciones minoicas en el lecho marino. Sin embargo, actualmente podemos hacernos una idea muy aproximada de las características que poseían estas naves gracias a las numerosas representaciones que de ellas se han hallado, tanto en figuras depositadas en tumbas y santuarios, como en dibujos inscritos en sellos y anillos de la época, y en imágenes pictóricas como el famoso fresco de la Flotilla descubierto en la isla de Tera. 

A partir de todos estos testimonios se ha deducido que la flota cretense que dominó el mar Egeo disponía de embarcaciones de dos o tres velas, con una proa elevada con la que rompían las olas y una popa baja en la que se situaba un gran remo encargado de gobernar la embarcación a modo de timón. La tipología de las naves, no obstante, podía variar; al parecer, algunas tenían una proa baja y una popa alta, mientras que otras eran elevadas en ambos extremos. 

En cuanto a su tamaño, los barcos debían de ser lo bastante pequeños como para poder ser arrastrados sobre la playa. Era ésta una operación semejante a la que Homero describe a propósito de los feacios «amigos de los remos», el legendario pueblo marino de la Odisea, que parece estar inspirado en la memoria idealizada de los viejos marinos cretenses: «Cuando llegaron a la nave y el mar, arrastraron su negra nave al hondón marino, colocaron a bordo el mástil y las velas, y sujetaron los remos con sus tiras de cuero, todo como conviene».

No obstante, no es sencillo determinar si todos esos navíos eran barcos de guerra. Aunque Homero nos presenta a los feacios embarcados en grandes naves de cincuenta remos, las representaciones nos revelan barcos dotados de una fila de quince remos como máximo, aunque de forma excepcional algún sello muestra la evidencia de una potente embarcación de treinta remos, precursora, sin duda, de los navíos de guerra que, efectivamente, existieron en época más tardía. 

La respuesta a la cuestión de la existencia o no de una flota de guerra permanente y, por ende, de una verdadera talasocracia minoica, depende en cierta medida de la interpretación que demos al mencionado fresco de la Flotilla, fechable hacia 1560 a.C. Según algunos autores, el fresco representa a una serie de barcos de guerra (como sugieren la longitud de las embarcaciones y los emblemas que portan) en el curso de una expedición militar. Según otros, podría escenificar el ataque de una armada cretense contra algún pacífico emplazamiento costero africano, como indica la presencia de determinados animales (leopardos y leones) y los rasgos físicos de algunos personajes en él mostrados. 

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El salón del trono de Cnosos estaba decorado con representaciones de grifos y contaba con bancos para que los consejeros del rey se pudieran sentar durante las audiencias.

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O bien, por el contrario, mostraría la defensa de un enclave minoico del mar Egeo ante el asalto de agresores extranjeros. No obstante, frente a cualquiera de estas interpretaciones militares, en los últimos tiempos ha prevalecido otra hipótesis según la cual estaríamos ante una procesión náutica de carácter festivo; los hombres armados que se observan en ella no serían sino una especie de guardia de honor, lo que subrayaría, en todo caso, el prestigio de la flota cretense. 

Para mantener su prestigio en el Mediterráneo oriental, Creta debía competir con colosos como Egipto o el Imperio hitita, y, de modo incipiente, con los señores de la guerra micénicos de la Grecia continental. No hay duda de que para ello debía sustentarse en una acreditada capacidad militar; ésta es, al menos, la conclusión a la que han llegado en los últimos tiempos los historiadores frente a la visión tradicional de los minoicos como un pueblo pacífico y algo ingenuo. 

El cataclismo final 

En el agresivo mundo mediterráneo de la Edad del Bronce, en el que la piratería, las expediciones de castigo y las razias estaban a la orden del día, el predominio marítimo que los cretenses acreditaron durante siglos presupone tanto la autoridad de una poderosa flota de naves como la solvencia administrativa de sus centros de poder. En efecto, no deja de ser significativo el hecho de que la fase de máximo esplendor cretense se concentrase entre la etapa de la construcción de los «Segundos Palacios» (Cnosos, Festos, Malia) y su repentina destrucción, en torno a 1500 a.C., procedente, paradójicamente, del mar. 

Según los arqueólogos, el derrumbe de la civilización minoica se debió a la erupción de la isla volcánica de Tera, donde se localizaba la colonia cretense de Akrotiri. La explosión hizo que la isla quedara salvajemente fragmentada en tres partes y originó un maremoto de inimaginable fuerza devastadora que provocó la destrucción de la flota minoica y de puertos como los de Katsamba, Amnisos, Malia, Festos o Cnosos. 

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Gran escalinata. Esta majetuosa escalera de peldaños planos conectaba el patio central del palacio con los aposentos privados. Sus cinco tramos conducen a un enorme patio de luces.

Foto: Wikimedia Commons

La consecuencia de todo ello fue el colapso del sistema de administración palacial cretense y la paralización de su producción y su economía. El rugido de Tera, los cielos oscurecidos y la silenciosa lluvia de ceniza llevaron al pueblo minoico a una crisis económica, pero también espiritual; aprovechando ese momento de desorientación y de debilidad, poco tiempo después los griegos micénicos tomaron posesión de la isla de Creta sin demasiado esfuerzo. 

En el final de esta poderosa sociedad de la Edad del Bronce también se ha querido ver el trasunto real de una de las mayores quimeras de la arqueología, el mito de la Atlántida. «Entonces tuvieron lugar violentos terremotos e inundaciones, y en un solo día y en una sola noche de completa catástrofe, la isla de la Atlántida desapareció bajo el mar»; así refirió el filósofo Platón, en su diálogo Critias, el final de esta mítica civilización. Según las noticias que Platón había recibido de sus antepasados (y éstos, a su vez, de los sabios egipcios), los atlantes se convirtieron en dueños del mar sometiendo a los otros pueblos, hasta que los dioses decidieron sumergirlos bajo las aguas como castigo a su desmedida arrogancia. 

Muchos han sido los intentos por desentrañar el enigma del continente perdido y muchos los lugares que se han postulado como la desaparecida patria de los atlantes. Pero entre las teorías más sugerentes se encuentra la que vincula su apocalíptica caída con el misterioso final de una civilización, la minoica, cuya gloria imperecedera se labró en el mar.