Segunda Guerra Mundial

Clara Petacci, la amante de Mussolini que quiso morir con él

A pesar de que Benito Mussolini tuvo una larga listas de amantes, Clara Petacci siempre ocupó un lugar especial en el corazón del líder fascista, desbancando incluso a su propia esposa. Enamorada profundamente del duce, Clara Petacci declinó, cuando se la ofrecieron, la posibilidad de escapar y decidió acabar sus días junto a él el 28 de abril de 1945.

Imagen de Clara Petacci tomada alrededor del año 1944.

Foto: PD

Es una de las imágenes más célebres, y también brutales, de la historia reciente de Italia. Cinco cadáveres permanecen colgados boca abajo y son objeto de burla y escarnio por parte de una muchedumbre cansada de la guerra. Entre ellos se encuentran los cuerpos del líder fascista Benito Mussolini y el de una mujer. Muchos, al verla, la confunden con Rachele Guidi, su esposa durante tres décadas, pero no es ella. La mujer a la que han colgado junto a Mussolini es su amante, Clara Petacci, una figura fundamental en los últimos años de vida del duce. A pesar de que habría podido huir, Petacci prefirió quedarse junto a él y acabar sus días con el hombre al que siempre había amado.

Fascinación casi enfermiza por el duce

Clara Petacci, Claretta, como la conocían sus más allegados, nació en Roma el 28 de febrero de 1912 en el seno de una familia burguesa. El cabeza de familia, Francesco Saverio Petacci, formaba parte del equipo médico del papa Pío XI y dirigía una clínica de alto standing en Roma. Por su parte, la madre, Giuseppina Persichetti, era una ferviente católica y era raro verla sin un rosario en sus manos, tal como cuenta el historiador de la Universidad de Oxford Richard J. B. Bosworth en su biografía de Clara Petacci. La joven, que tenía aptitudes artísticas, estudió música y fue alumna del violinista y compositor italiano Corrado Archibugi. Clara poseía además un gran atractivo físico y una inteligencia despierta. También le gustaba mucho la lectura y lo anotaba todo en su diario. Muy pronto, la joven se sintió atraída por la figura de Benito Mussolini. De hecho, su habitación de estudiante estaba empapelada con fotos del dictador que por aquella época ya rondaba los cincuenta años.

Clara se sintió muy pronto atraída por la figura de Benito Mussolini. De hecho, su habitación de estudiante estaba empapelada con fotos del dictador que por aquella época ya rondaba los cincuenta años.

Sesión de fotos en la que aparece Clara Petacci leyendo un libro escrito por Benito Mussolini titulado Historia de un año.

Foto: PD

El azar hizo que el 24 de abril de 1932, una joven Clara Petacci de veinte años se cruzara en el camino de Benito Mussolini cuando viajaba junto a su familia y su prometido, Riccardo Federici, por la carretera que iba de Roma a Ostia. De pronto, un Alfa Romeo adelantó al coche de la familia a toda velocidad y Clara, al ver quien era el conductor del vehículo, empezó a gritar emocionada: "¡Il duce, Il duce!". Entonces, Claretta, que ya le había había enviado varias cartas en las que le declaraba su admiración, se quedó perpleja cuando el coche del dictador se detuvo y accedió a intercambiar unas palabras con ella. Con voz temblorosa Clara le dijo: "Perdóneme, duce, soy Claretta Petacci y él es mi novio". Mussolini también quedó absolutamente fascinado al conocer a Clara, tal como cuenta la escritora franco-belga Diane Ducret, que explica que el duce estaba encantado mientras hablaba con aquella "chica de preciosas curvas, tez clara, ojos melancólicos y pecho opulento".

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A pesar de todo, Clara se casó con Federici en 1934, pero la pareja se separó apenas dos años después de la boda. De hecho, algunas fuentes apuntan a que sus vidas ya habían tomado rumbos distintos incluso antes del enlace. Todas las investigaciones biográficas están de acuerdo en afirmar que Clara estaba realmente enamorada del ducey que fue una amante devota e incondicional, aunque no fue la única ni por supuesto la primera. Aun así, las "audiencias" de Mussolini con Clara, que tenían lugar los domingos después de misa en el Palacio Venezia de Roma dejaron de ser esporádicas para pasar a ser cada vez más frecuentes. La esposa del duce, Rachele Guido, conocía perfectamente la relación de su marido con aquella mujer, veintinueve años más joven que él, y a pesar de que intentó por todos los medios apartarlo de ella, no tuvo éxito y tuvo que soportar con estoicismo ver como la joven se mudaba al exclusivo barrio de Villa Camilluccia, en Roma, y como se paseaba por la calles de la capital con chofer y acompañada de guardaespaldas.

Todas las investigaciones biográficas están de acuerdo en afirmar que Clara estaba realmente enamorada del duce y que fue una amante devota e incondicional, aunque no fue la única ni por supuesto la primera.

Imagen de Clara Petacci en una de las habitaciones de la villa que mandó construir para ella Benito Mussolini.

Foto: Cordon Press

Pero para los italianos, el duce sólo tenía una esposa: Rachele Guidi. La historia de Rachele es curiosa, puesto que era hija de una de las amantes del padre de Mussolini, Alessandro Mussolini, lo que llevó incluso a especular con la posibilidad de que ambos fuesen hermanos. El caso es que Rachele, segunda esposa de Mussolini (la primera, Ida Dalser, acabó encerrada en un manicomio) sufrió pacientemente todas las infidelidades de su marido, que tuvo relaciones con aristócratas, burguesas de derechas y de izquierdas, e incluso con María José de Sajonia-Coburgo-Gotha, una princesa hija de Alberto I de Bélgica y esposa del heredero del rey Víctor Manuel de Saboya III, el príncipe Umberto. Con Fernanda Oss Facchinelli, y posiblemente con alguna otra, Mussolini también tuvo hijos fuera del matrimonio. Pero Clara era distinta. Rachele sabía que la joven había venido para quedarse, y tal vez incluso para sustituirla.

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Pero Mussolini era un hombre celoso. Por ello, el duce la obligó a recluirse en su lujoso apartamento, donde la joven pasaba las horas documentándolo todo con gran minuciosidad. En su diario, Clara dejó descripciones detalladas de sus relaciones íntimas con el dictador y también plasmó sus ideas políticas. Cuando tuvo que huir precipitadamente de Italia, entregó aquellas más de dos mil paginas a su amiga la condesa Rina Cervis, que las enterró en el jardín de su villa en Brescia. Este documento fue descubierto en los años cincuenta por la policía. Mucho después, en el año 2009, saldría a la luz una selección de esos diarios recopilados por el periodista Mauro Suttora en su libro Mussolini secreto. Los diarios de Claretta Petacci. 1932-1938. En sus páginas se revelaba el lado más cotidiano de "Ben", como ella llamaba cariñosamente al duce, al que definía como un antisemita fascinado por Hitler y un adicto al sexo que sufría frecuentes episodios de impotencia.

En su diario, Clara dejó descripciones detalladas de sus relaciones íntimas con el dictador y también plasmó sus ideas políticas. Cuando tuvo que huir precipitadamente de Italia, entregó aquellas más de dos mil paginas a su amiga la condesa Rina Cervis.

Clara Petacci, en una fotografía tomada en fecha y autor desconocidos.

Foto: PD

Lo que es evidente es que Clara sentía verdadero amor por aquel hombre. Mussolini confesó a Petacci una vez que había tenido más de quinientas amantes, pero que la mayoría de ellas tan solo habían pasado unos minutos por la Sala Mapamundi del Palacio Venecia, donde Mussolini había instalado la sede central de su gobierno. Pero también le aseguró que a partir de ahora ella sería la única mujer de su vida. "Amore, ¿por qué te niegas a creerme?", le preguntaba cuando ella parecía poner en duda sus afirmaciones. Así se puede leer en la obra de Rosa Montero Dictadoras. Las mujeres de los hombres más despiadados de la historia.Entre cartas, poemas y encuentros bastante subidos de tono, la relación entre ambos iba viento en popa mientras a su alrededor todo se hundía: Italia estaba a punto de derrumbarse y Alemania se acercaba irremisiblemente al abismo. Sin embargo aquella relación no era vista con buenos ojos por el pueblo italiano y Mussolini acabó siendo destituido por Victor Manuel III.

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Fusilada junto a su amado

En poco tiempo, todo pareció venirse a bajo para Mussolini. Expulsado del gobierno por el rey, fue encarcelado y enviado a prisión en el Monte Gran Sasso. Allí fue liberado por los alemanes y se instaló en el lago de Garda, donde presidió un gobierno títere del Tercer Reich: la República Social Italiana, más conocida como la "República de Saló". A principios de 1945, Clara se reunió con su amado. Pero cuando vio que el fin era inminente, Mussolini preparó la salida de su amante, y la de la propia Rachele y sus hijos, y les dijo que había un coche esperándolos para llevarlos al aeropuerto y tomar un avión rumbo a España, donde, les aseguró, serían bien tratados. Clara se negó rotundamente a dejar al duce. De hecho, era su última oportunidad para ser la única mujer en su vida. "Si esa es tu decisión y es lo que quieres yo lo acepto, pero quiero que sepas que me gustaría estar contigo hasta el final y morir contigo si tu destino es morir", le dijo Clara a Mussolini, a lo que este contestó: "Que extraño amor es el tuyo Claretta, no se qué he hecho para merecerlo. Vete por favor, sálvate por favor. Eres muy joven, atractiva e inteligente, te queda mucha vida por delante; la mía se acaba".

Cuando vio que el fin era inminente, Mussolini preparó la salida de Clara, y la de la propia Rachele y sus hijos, y les dijo que había un coche esperándolos para llevarlos al aeropuerto y tomar un avión rumbo a España.

Imagen de los cuerpos fusilados de Benito Mussolini y Clara Petacci, entre otros, expuestos en Milán en 1945.

Foto: PD

El 27 de abril de 1945, Mussolini hizo un último intento de escapar de los aliados, pero al final fue capturado por una patrulla de partisanos. El dictador fue trasladado desde el Ayuntamiento de la localidad de Dongo a una casa particular por temor a que los alemanes o los propios aliados se lo pudieran llevar. Clara entonces pidió quedarse con Mussolini, a pesar de que los partisanos le habían ofrecido escapar. Al día siguiente, 28 de abril, todos los ocupantes del vehículo, incluida Clara Petacci, fueron fusilados y sus cuerpos trasladados a Milán, donde serían colgados por los pies para un póstumo escarnio público. El amor de Clara Petacci por el duce acabaría costándole muy caro.