Misterios y curiosidades del antiguo Egipto

Champollion y el desciframiento de la escritura jeroglífica

El francés Jean-François Champollion contribuyó decisivamente con sus estudios sobre los jeroglíficos egipcios a descifrar la escritura perdida de una de las civilizaciones más importantes de la historia, que gracias a ello pudo ser rescatada del olvido.

Retrato del erudito francés Jean-François Champollion.

Foto: Cordon Press

En el Alto Egipto, cerca de la primera catarata del Nilo, en la pequeña isla de File, se alza un hermoso templo dedicado a la diosa Isis. Allí, en el año 394 d.C., concretamente el 24 de agosto, se grabó en sus muros la última inscripción en lengua jeroglífica. El triunfo del cristianismo y la prohibición de los ritos paganos en todo el Imperio romano por parte de Teodosio I relegaron al olvido la milenaria escritura, y con ella a toda una civilización, que no tendría voz prácticamente durante los mil quinientos años siguientes.

Vista del templo de Isis en la isla de File, en Egipto.

Foto: iStock

El 27 de septiembre de 2022 se cumplirán doscientos años de la vuelta a la vida de la cultura faraónica. Esa fecha se celebra un acontecimiento que cambiaría para siempre nuestros conocimientos sobre el antiguo Egipto. Un erudito francés, Jean-François Champollion, logró dar con la clave para descifrar la escritura jeroglífica que cubría, templos y tumbas milenarios, y consiguió devolver la voz a una de las civilizaciones más importantes y fascinantes que han surgido en nuestro planeta. Pero ¿cómo pudo lograr una hazaña semejante?

La piedra que lo cambió todo

Siglos después de que se grabase la última inscripción jeroglífica en el templo de File, los viajeros que recorrían el país del Nilo creían que aquellas ilegibles inscripciones grabadas en los viejos monumentos en ruinas eran pictogramas, signos que representaban ideas o conceptos, pero que de ningún modo podían reflejar los sonidos de un lenguaje hablado. Entonces, en 1799, tuvo lugar un hallazgo que lo cambiaría todo. En la localidad de Rosetta, en el delta del Nilo, soldados franceses del ejército de Napoleón localizaron una enorme piedra con inscripciones en una de sus caras, dividida en tres registros. Se trataba de un decreto promulgado por Ptolomeo V en 196 a.C. Uno de los registros estaba escrito en un lenguaje perfectamente conocido por los historiadores, el griego. Los otros dos eran el demótico, la última fase cursiva de la escritura egipcia, derivada del hierático, y el último estaba escrito en jeroglíficos.

Piedra de Rosetta. Museo Británico, Londres.

Foto: Cordon Press

En 1799 tuvo lugar un hallazgo que lo cambiaría todo. En la localidad de Rosetta, en el delta del Nilo, soldados franceses del ejército de Napoleón localizaron una enorme piedra con inscripciones en una de sus caras, dividida en tres registros.

A partir del sensacional hallazgo fueron muchos los eruditos de varias nacionalidades que empezaron a estudiar este monumento para intentar sonsacar sus secretos. Entre todos ellos destacó el francés Jean-François Champollion. Nacido en la localidad francesa de Figeac en 1790, el joven, que desde pequeño demostró ser un auténtico genio de la lingüística, estaba decidido a esclarecer los entresijos de la misteriosa escritura egipcia (hasta entonces solo se habían logrado descifrar algunos nombres y términos del Período Tardío) y además estaba convencido de que el conocimiento del copto era la clave para lograr el desciframiento de la antigua escritura faraónica.

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Así, en 1821, tras años de estudiar multitud de textos egipcios, Champollion se topó con la piedra de Rosetta. Este decreto había despertado asimismo el interés de numerosos eruditos, entre ellos el británico Thomas Young y el francés Silvestre de Sacy (que sería profesor de lenguas orientales del propio Champollion). Young (con quien Champollion cruzó una abundante correspondencia, e incluso trabó amistad, aunque al final acabarían convertidos en encarnizados rivales) avanzó bastante en el estudio del documento, e hizo descubrimientos importantes como el hecho de que los nombres propios se enmarcaban en un "cartucho". También dedujo que el demótico derivaba del jeroglífico. Por su parte, Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo, lo que sería el punto de partida para avances posteriores.

Thomas Young, estudioso británico de la piedra de Rosetta. Grabado.

Foto: Cordon Press

Champollion descubrió que algunas grafías y sonidos del copto se correspondían con algunos de los signos de la piedra de Rosetta. Así, pudo corregir y transliterar fonéticamente un nombre real del edicto, el de Ptolomeo.

El 14 de septiembre de 1822, Champollion se hallaba trabajando en una inscripción copiada del templo de Ramsés II en Abu Simbel. El joven sabía que los egipcios habían estado grabando jeroglíficos desde la antigüedad más remota, y no pudo evitar hacerse una pregunta: ¿La egipcia siempre fue una escritura fonética o los símbolos sonoros fueron un desarrollo más tardío? Champollion tropezó entonces con un nombre real que no le resultaba familiar (sabía que se trataba del nombre de un faraón porque estaba envuelto en un "cartucho" ovalado). El erudito francés reconoció los dos últimos signos como "s-s". Teniendo en cuenta sus estudios anteriores en miles de textos jeroglíficos, Champollion vio que el singo precedente muy probablemente era "ms". Faltaba el primer símbolo del nombre, que era un dibujo estilizado del Sol. El sabio sabía que en copto la palabra para "sol" es "re" (como el nombre del antiguo dios solar egipcio). Así, el nombre que tenía ante sus ojos podía leerse "Re-ms-s-s" (Ramsés). Emocionado, Champollion miró el segundo cartucho, que también contenía los signos "ms" y "s". El primer glifo representaba un ibis (animal sagrado del dios egipcio de la escritura, Tot). El joven investigador pensó que si el ibis realmente significaba el nombre de Tot, e iba seguido de "ms" y "s", el nombre resultante sería "Tot-ms-s", Tutmosis, otro gran faraón egipcio.

Tabla realizada por Champollion donde se muestran jeroglíficos y símbolos fonéticos demóticos.

Foto: PD

"¡Lo tengo!"

No pudiendo creer lo que veían sus ojos, el joven Champollion salió corriendo de su estudio para ir a ver a su hermano, con quien estaba muy unido y que siempre le había apoyado contra viento y marea en sus estudios. Entró a toda velocidad en el despacho de su hermano Jacques-Joseph en el Instituto de Francia, en París, gritando "¡Lo tengo!", y a continuación cayó desmayado a causa de la emoción y de las arduas jornadas de trabajo. Días después, el 27 de septiembre, Champollion presentó los resultados de su investigación ante la Academia de Inscripciones de París. El joven lingüista escribiría sobre la escritura jeroglífica, cuyo desciframiento tanto debía a su esfuerzo: "Es una escritura que es a la vez pictórica, simbólica y fonética dentro del mismo texto, la misma frase, y me atrevería a decir incluso dentro de la misma palabra".

Jeroglíficos trazados por Champollion en su cuaderno de notas.

Foto: Cordon Press

Tras la maravillosa revelación, el joven Champollion entró a toda velocidad en el despacho de su hermano Jacques-Joseph en el Instituto de Francia, en París, gritando '¡Lo tengo!', y a continuación cayó desmayado.

Aunque el desciframiento de los jeroglíficos egipcios no puede considerarse obra de una sola persona, puesto que en realidad debe mucho al trabajo colectivo de numerosos eruditos, Jean-François Champollion está considerado a día de hoy el padre de la lingüística egipcia. El sabio continuó con sus estudios sobre los jeroglíficos, e incluso pudo cumplir el sueño de su vida y viajar a Egipto. Pero su brillante carrera quedaría muy pronto truncada, ya que murió a causa de un ataque al corazón cuando solo tenía 41 años. Pero entre los méritos del joven investigador, fallecido prematuramente, siempre destacará el de ser uno de los principales responsables de haber devuelto la palabra y la vida a una civilización que vivió su último hálito de esplendor hace ya miles de años.