Animales de compañía en el antiguo Egipto

Encontrado el cementerio de mascotas más antiguo que se conoce

Un equipo de arqueólogos ha encontrado en Berenice (Egipto) los esqueletos de casi 600 gatos, perros y babuinos de los siglos I y II d.C. Algunos objetos como collares, encontrados junto a ellos, sugieren según su descubridora que este podría ser el cementerio de mascotas más antiguo que se conoce.

cementerio mascotas Berenice

Esqueleto de un perro cubierto por un ánfora a modo de sarcófago.

Foto: Maria Osypinska

Es bien sabido que los egipcios tenían una relación muy especial con los animales, pero un reciente descubrimiento puede escribir un nuevo capítulo en esta historia: ellos podrían haber sido los primeros en tener cementerios específicos para sus mascotas. Esta es la hipótesis con la que trabaja el equipo de la arqueozoóloga Marta Osypinska, de la Academia Polaca de Ciencias, que ha descubierto el que podría ser el primer cementerio de mascotas conocido de la historia.

El equipo ha encontrado los esqueletos de 585 gatos, perros y babuinos inhumados en Berenice, un antiguo puerto romano situado en la costa egipcia del Mar Rojo. Los animales recibieron sepultura durante los siglos I y II d.C. en un área delimitada, lo que demuestra que se trataba de un cementerio y no de enterramientos casuales. Muchos de ellos se encontraban tapados por tejidos o ánforas partidas por la mitad, como si fueran mortajas o sarcófagos, y llevaban consigo collares de metal, cristal o conchas. Además, el examen de los restos indica que los animales murieron de forma natural y que probablemente algunos de ellos recibieron cuidados cuando ya no podían valerse por sí mismos. Todos estos indicios parecen apuntar, según Osypinska, a que estos animales eran tratados como “parte de la familia”.

cementerio mascotas Berenice

Vista del lugar de las excavaciones.

Foto: Maria Osypinska

En 2017 el mismo equipo encontró los restos de 100 animales -la mayoría gatos- que mostraban señales de haber sido cuidados como mascotas, pero en aquel momento la hipótesis fue descartada. “Al principio, algunos arqueólogos con mucha experiencia me desanimaron respecto a esta investigación”, afirma Osypinska. Creían que las mascotas no podían aportar información relevante para entender las vidas de las personas de aquella época. “Espero que los resultados de nuestros estudios demuestren que vale la pena”.

Parte de la familia

El examen de los esqueletos ha mostrado que varios de ellos tenían señales de edad avanzada o de heridas: fracturas en los huesos que se habían curado, articulaciones desgastadas y pérdida de dientes. Esto implica, según Marta Osypinska, que “estos animales tuvieron que ser alimentados para sobrevivir, a veces con comida especial si habían perdido los dientes”; lo que resulta especialmente significativo teniendo en cuenta la localización del lugar, una región apartada en el sur de Egipto en la que muchos bienes de primera necesidad debían ser importados. El hecho de que en tales condiciones los habitantes de la ciudad dedicaran tantas atenciones a sus animales demuestra que los consideraban parte de la familia.

cementerio mascotas Berenice

Esqueleto de un gato con un collar de bronce.

Foto: Maria Osypinska

Michael MacKinnon, un especialista en el papel de los animales en el Mediterráneo antiguo, afirma que nunca ha visto un cementerio similar. “Es difícil interpretar la idea de mascotas como parte de la familia en la antigüedad, pero creo que en este caso lo eran”. Aproximadamente un 90% de los esqueletos son de gatos, un 5% de perros y un 5% de babuinos. Esta gran preferencia por los felinos puede tener un motivo práctico: los gatos eran un buen aliado contra las ratas que se comían el grano y transmitían enfermedades, especialmente en un puerto comercial como Berenice, desde donde llegaban barcos de lugares lejanos como Arabia y la India.

La ausencia de momificación o de signos de violencia son otro elemento clave que distingue este cementerio de las necrópolis que albergaban animales sacrificados en honor a los dioses. Marta Osypinska concluye que cuando los propietarios de estos animales los cuidaron en vida y los enterraron después de la muerte “no lo hacían para los dioses ni por ningún beneficio utilitario”, sino por un vínculo emocional, y que la relación que tenían con ellos era “sorprendentemente parecida” a la que tenemos hoy con nuestras mascotas.

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