La herejía occitana

Cátaros, los cristianos perseguidos por la Inquisición

Se consideraban a sí mismos como la verdadera «Iglesia de Dios», más pura y auténtica que el corrupto clero oficial. Los cátaros tenían sus dogmas y ritos y poseían una organización propia, con obispos, diáconos y bons homes

Los condes de Foix (en la imagen) fueron ardientes partidarios del catarismo, ofreciendo a sus sacerdotes asilo y donaciones de carácter económico.

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A principios del siglo XIII, Inocencio III, el pontífice más importante de la Edad Media, dedicó gran parte de sus energías a atacar una «peste» que se había instalado en el corazón mismo de la Cristiandad. Era el catarismo, un movimiento cristiano disidente que desde hacía dos siglos había surgido en diversos puntos de Europa. Muy pronto, la aparición más o menos simultánea de las comunidades de esa nueva Iglesia, considerada herética, se convirtió en una auténtica pesadilla para el Papado y para la Iglesia de Roma.

Desde muy pronto Inocencio III instruyó a los príncipes cristianos acerca de cuál debía ser la conducta a seguir: «Si alguno recibe, defiende o favorece a los herejes deberá ser inmediatamente considerado como infame, y no podrá ser admitido para los oficios públicos ni podrá recibir herencia alguna. Si fuera juez, sus sentencias serán consideradas nulas; si clérigo, será inmediatamente degradado y perderá todo oficio y beneficio, y, en todo caso, los bienes del hereje serán confiscados...».

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¿Qué tenían esas Iglesias esparcidas por Europa para motivar un celo y una persecución tan notables? ¿Hasta qué punto podían constituir una amenaza para la Iglesia Católica? ¿Cuál era su funcionamiento y grado de penetración en la sociedad de su tiempo?

DE BIZANCIO AL LANGUEDOC

No puede hablarse, en rigor, de una única «Iglesia cátara», con una organización estructurada y una doctrina compartida y uniforme. Hay que pensar, más bien, en varias Iglesias dispersas, extendidas de forma desigual, unidas no tanto por estructuras jerarquizadas como por vínculos de hermandad y solidaridad, al estilo de las Iglesias cristianas primitivas. Y, en el plano ideológico, con posiciones doctrinales que, partiendo de algunos rasgos comunes, presentaban, sin embargo, diferencias y matices significativos.

Para empezar hay que recordar la existencia en Oriente de un conjunto de Iglesias surgidas de forma más temprana, a mediados del siglo X en Bulgaria, y más concretamente en la actual Macedonia, bajo el reinado del zar Pedro I (927-969). Este movimiento sería conocido como bogomilismo, por el nombre del primer propagador de la herejía, el pope Bogomilo (palabra que significa «amigo de Dios»).

Carcasona fue gobernada desde finales del siglo XI por la familia de los Trencavel, que erigieron un imponente circuito de murallas. En 1209 Simón de Montfort conquistó la plaza en el contexto de la cruzada contra los cátaros.

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En cuanto al Imperio bizantino, la herejía se extendió a comienzos del siglo XI prácticamente por toda Asia Menor. El jefe más reconocido de esta última Iglesia fue un médico, Basilio, que murió en 1111 quemado en una hoguera levantada en el hipódromo de Constantinopla: fue la primera pira del Imperio de Oriente.

Pero la nueva religión mantendría su vitalidad a lo largo del siglo XIII, durante el cual tenemos constancia de la existencia de dos Iglesias cátaras en Constantinopla, la griega y la latina, más otras cuatro en regiones próximas. Por último, cabe destacar el caso de los territorios eslavos de Dalmacia y Bosnia, que fueron manifiestamente cátaros a lo largo de tres siglos y llegaron a tener el catarismo como religión de Estado.

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Castillo de Quéribus. En el año 1209, cuando comenzó la cruzada albigense, este imponente castillo ubicado en Cucugnan, en el Languedoc, a 728 m de altitud, pertenecía al caballero cátaro Chabert de Barbaira.

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Otras comunidades cátaras surgieron de forma más tardía en el reino de Francia y sus territorios vasallos (Champaña, Borgoña, Flandes),Aquitania,Alemania (sobre todo en Lieja y en Renania), Italia (con numerosas y activísimas Iglesias, sobre todo en el norte), los condados catalanes al norte de los Pirineos y, naturalmente, en lo que más tarde sería conocido con el nombre de Languedoc.

Nos referimos, concretamente, a las tierras comprendidas dentro de los lindes del condado de Tolosa, los vizcondados de Carcasona, Béziers y Albi, el vizcondado de Narbona y el condado de Foix. En estos últimos territorios occitanos, sin duda los más importantes en cuanto a implantación de la Iglesia de los bons homes, está atestiguada la presencia de cátaros ya en el siglo XI y, sobre todo, durante los siglos XII y XIII. Sabemos que en todo su conjunto se formaron cinco «obispados» y más de cincuenta «diaconados», aparte de numerosísimas casas o conventos en multitud de pueblos y ciudades.

El dominico Bernard Délicieux es juzgado en 1319 por denunciar los abusos de la Inquisición en su represión del catarismo. Óleo de J. P. Laurens. 1887. Toulouse.

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La extensión numérica del catarismo occitano ha dado pie a algunas controversias y resulta difícil de establecer con un cierto grado de fiabilidad. Aun así, no parece descabellado cifrarla alrededor de una quinta parte de la población total del Languedoc.

El número relativamente reducido de personas ordenadas por la Iglesia disidente –otra cosa sería la masa de creyentes y seguidores– no podría explicar un desasosiego tan enorme por parte de la Iglesia de Roma si no fuera por una circunstancia muy relevante: el arraigo del catarismo en todas las capas sociales y su especial penetración en algunos sectores dominantes de la sociedad, en particular entre los nobles y los terratenientes.

El caso concreto de Toulouse, estudiado por Michel Roquebert, resulta significativo a ese respecto. En la oleada represiva de 1246-1248, sobre una población de unas 40.000 almas, la Inquisición tan sólo condenó a prisión perpetua a 185 creyentes, es decir, menos del 5% de los tolosanos.

Sin embargo, muchos de ellos eran miembros de las grandes familias ciudadanas, notables que eran asimismo terratenientes o castellanos arruinados de la zona del Lauragais y que tenían casa propia en Toulouse. Y concluye Roquebert: «Multipliquemos la cifra de habitantes por diez; es como si hoy fueran encarcelados, por un delito de opinión, 1.850 personajes notables tolosanos...».

LOS BUENOS CRISTIANOS

¿Cuál era la organización de esas comunidades? En el plano inferior de su estructura estaban los creyentes, es decir, la masa de los seguidores de la Iglesia que no habían recibido aún el bautismo, el consolament, pero que seguían con devoción los ritos y las predicaciones, y aspiraban a que dicho sacramento no les faltara en el momento de la muerte: de este modo tenían la seguridad de que el espíritu que anidaba en su cuerpo carnal, aprisionado, podría salvarse y ascender al paraíso.

En un segundo plano, el más relevante de todos, cabe situar a los miembros propiamente dichos de la Iglesia, aquellas personas que, tras un período de noviciado, que solía durar entre uno y tres años, habían recibido en vida el consolament como sacramento de ordenación y seguían al pie de la letra las prescripciones de su fe.

Abadía de Saint-Hilaire. Este monasterio benedictino fue fundado a finales del siglo VIII y recibió la protección de los condes de Carcasona. Durante la cruzada albigense se acusó a los monjes de herejía, y la abadía fue saqueada y donada a la comunidad de Prouille.

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Ellos se llamaban a sí mismos simplemente «cristianos» y en el Languedoc el pueblo los llamaba bons homes o bones dones; la Iglesia católica, por su parte, los denominaba «herejes revestidos» (haeretici induti) o, en menor grado, «perfectos», es decir, herejes «completos» o «consumados». El conjunto de esos buenos cristianos constituía la Iglesia de Dios,la Gleisa de Dio, como se la llamaba en occitano. Su misión principal era predicar, efectuar las oraciones rituales, dar el consolament y garantizar la sucesión apostólica –la continuidad de la Iglesia– de acuerdo con las llamadas reglas de justicia y verdad.

Residían en comunidad y trabajaban con sus manos, vivían en la pobreza y con total austeridad, y se atenían a estrictas normas de continencia alimentaria y abstinencia sexual. También vestían con humildad: en tiempos de paz llevaban un hábito negro de burel, los cabellos largos y barba; en tiempos de clandestinidad usaban vestimentas de color oscuro, generalmente azul negro, a menudo con capuchón.

Castillo de Peyrepertuse en el Languedoc. A principios del siglo XIII el señor de la fortaleza, Guillaume de Peyrepertuse, se distinguió por su apoyo a los cátaros, hasta que en 1217 hubo de someterse a Simón de Montfort. El castillo cayó bajo dominio real en 1239.

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Las mujeres también vestían de oscuro y ocultaban siempre sus cabellos con una toca, algo muy usual en esa época. Iban por el mundo en parejas del mismo sexo, a menudo integradas por un buen cristiano y un neófito (sòci). Llevaban consigo el Libro con los textos del NuevoTestamento y algunas glosas para sus sermones, así como algo de ropa y de comida, y, a menudo, una escudilla para asegurarse de que en todo momento comían en un plato incontaminado de carne.

Al frente de toda comunidad de buenos cristianos estaba un anciano o, en el caso de las comunidades femeninas, según los documentos, una anteposita, es decir, una priora o superiora. Solía ser la persona más antigua en la fe de todos los miembros de su colectivo, y presidía los actos comunitarios y litúrgicos, dirigía la plegaria y ejecutaba el rito cotidiano de la partición del pan. Era, también, responsable de la administración de la casa.

UNA VIDA DE FE Y POBREZA

En un grado inmediatamente superior se encontraba la figura del diácono, la persona que, en tiempos de paz, visitaba las casas religiosas de su zona, era responsable de tutelar su disciplina y buena administración y realizaba todos los meses en cada comunidad el ritual del servici o apparelhamentum (preparación, puesta en disposición), una especie de penitencia colectiva. No sabemos de la existencia de ninguna diaconesa, a pesar de que es sumamente conocido el protagonismo de las mujeres en la Gleisa de Dio, muy superior al de las monjas en la Iglesia de Roma.

Siguiendo el orden jerárquico cabe hablar, asimismo, del hijo mayor y el hijo menor, coadjutores del obispo. El hijo mayor sustituía al obispo en caso de muerte o incapacidad, y era reemplazado, a su vez, por el hijo menor. Más tarde, un nuevo hijo menor era elegido por todos los asistentes en la correspondiente asamblea y consagrado.

Albi, a orillas de río Tarn, fue uno de los principale focos del catarismo, hasta la toma de la ciudad por los cruzados en 1209. La catedral de Santa Cecilica se erigió a finales del siglo XIII, a modo de fortaleza sobre una población aún hostil.

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Por último, en el máximo nivel –puesto que entre los cátaros no existían ni arzobispos, ni cardenales ni papas– estaba la figura del obispo. Era el responsable de su diócesis y la persona que poseía la facultad de conferir la ordenación a los nuevos religiosos. No conocemos tampoco la existencia de obispos de sexo femenino.

Normalmente, todos los miembros de la Iglesia vivían en comunidad –hombres y mujeres por separado–, en una casa religiosa u ostal situada siempre en el interior de los pueblos, en contraste con los monjes católicos que solían buscar lugares lo más alejados posible de la gente para, así, establecer –según se decía– una mejor comunicación con Dios. Allí, los cátaros trabajaban con las manos, compartían el rezo de sus numerosísimas plegarias y practicaban sus ritos. En algunas ocasiones, dichas casas ejercían también funciones de hospedaje u hospital.

Eran, pues, establecimientos religiosos equivalentes a lo que más tarde serían los conventos católicos de las órdenes mendicantes, aunque más pequeños y numerosos, y mucho más abiertos en su concepción puesto que, muy a menudo, vivían o trabajaban en ellos no sólo las personas ordenadas o los novicios, sino también simples creyentes que pasaban allí una temporada, a menudo en compañía de sus hijos.

UN SACRAMENTO SALVADOR

El hecho de que los cátaros propiamente dichos constituyesen una minoría y que sus seguidores tan sólo aspirasen, mayoritariamente, a recibir el consolament a las puertas de la muerte plantea la interesante cuestión de cuáles podían ser los vínculos que los mantenían unidos a su Iglesia. Como es natural, estos nexos, más allá de las relaciones personales o la asistencia a las predicaciones y a algunos otros ritos, existían de forma natural en la vida cotidiana. Dos instituciones originales dan prueba de la persistencia de dicha unión: el melhorier y la convenensa.

En cuanto al melhorier, denominado en las fuentes católicas melioramentum o adoratio, consistía en una práctica –muy visible a los ojos de cualquier espectador y, por lo tanto, arriesgada– por la cual los creyentes mostraban su respeto hacia los miembros de la Iglesia y solicitaban su bendición e intercesión. El rito incluía tres prosternaciones por parte del creyente, y un diálogo que incorporaba varias fórmulas estereotipadas y dos invocaciones finales. Así, el feligrés que efectuaba el melhorier decía: «Señor, ruega a Dios por este pecador y que Él me conduzca a un buen fin», mientras que el cátaro que lo recibía respondía: «Dios te bendiga, te convierta en un buen cristiano y te conceda un buen fin». La ceremonia acababa con un beso de la paz o caretas.

Un cátaro impone el consolamentum a un fiel moribundo ante el horror de dos frailes franciscanos que se alejan. Biblia moralizada del siglo XV.

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Por su parte, la convenensa (llamada en latín convenientia, o sea, «acuerdo, convención») era en sus inicios la promesa, el pacto, que efectuaba todo buen cristiano de respetar las reglas de su Iglesia. En tiempos de persecución, el pacto se convirtió en la garantía que tenía cualquier creyente, como resultado de su firme compromiso con la Iglesia y de la Iglesia con él, de recibir el consolament en la hora de su muerte, incluso en el caso de que, a causa de la gravedad de sus heridas, no fuese capaz de hablar ni de rezar el Padrenuestro o, lo que venía a ser lo mismo, de pronunciar las respuestas del ritual.

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En la etapa final de la vida de la Iglesia cátara, la convenensa acabó sirviendo para dar respuesta a un angustioso interrogante que se planteaban muchos creyentes: si ya no quedan bons homes, ¿cómo salvaremos nuestras almas? La respuesta de los últimos miembros de la Iglesia, concretamente de Guilhem Belibasta –el último cátaro conocido de Occidente– cuando se hallaba en la diócesis deTarragona, fue la siguiente: en el momento de la muerte, incluso si se hallaba en la más completa soledad, si el creyente había efectuado en conciencia la convenensa –es decir, se había comprometido a ella de todo corazón–, recibiría la visita «de un bon home espiritual, es decir, un ángel», que le conferiría el consolament.

Cuanto hemos descrito hasta aquí era aplicable en una situación de normalidad, cuando las armas de combate de la Iglesia católica contra la imparable herejía eran únicamente de carácter pacífico. El panorama cambió por completo cuando los pontífices romanos, apurando su enorme capacidad de presión sobre los nobles católicos, impusieron sucesivamente sobre las tierras del actual Midi francés dos mecanismos represivos: la cruzada contra los albigenses o cátaros (1209-1229) y los tribunales de la Inquisición (a partir de 1231), creados, precisamente, para combatir la herejía.

EL FINAL DE LA «IGLESIA DE DIOS»

La cruzada significó la muerte en la hoguera de miles de cátaros, y tuvo una enorme trascendencia en los planos político y militar, pero no logró su teórico objetivo de acabar con la herejía. En cierta forma ocurrió más bien todo lo contrario: aun diezmados en sus filas, los cátaros se beneficiaron de la identificación que se produjo, en contra de «los franceses», entre las tierras invadidas por los cruzados y la Iglesia perseguida, así como de la fama de mártires que se ganaron a pulso por los reiterados testimonios de su inamovible fe llevada hasta las últimas consecuencias.

Cathars expelled

Cathars expelled

Expulsión  de los cátaros de Carcasona en 1209. Miniatura de las Grandes Crónicas de Francia, 1415.

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La Inquisición ya fue otra cosa. Su implacable y sistemática labor en todas y cada una de las poblaciones, a lo largo de todo un siglo, fue destruyendo paulatinamente no sólo las vidas de los bons homes, sino, y más importante aún, las bases sociales de la Iglesia herética.

Santo Domingo de Guzmán fue el fundador de la inquisición y el principal predicador de la destrucción de los cátaros. En este retablo de Pedro Berruguete pintado en 1499 los libros católicos saltan milagrosamente del fuego mientras que los herejes se queman en una ordalía para demostrar la falsedad del catarismo. Museo del Prado, Madrid.

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Sus miembros tuvieron que ocultarse, cortarse las barbas y cambiar sus hábitos, y adoptaron la práctica de pronunciar sus sermones y celebrar sus ritos en los claros de los bosques o en las eras de las casas de labranza; de esta forma evitaban a sus huéspedes que las autoridades demolieran hasta los cimientos sus hogares y los convirtieran en un depósito de basura por haber sido «receptáculo de perfidia». Desde luego, los últimos cátaros pagaron con sus vidas su contumacia en la fe que predicaban y su fidelidad al principio de no mentir jamás.

Así finalizó la Iglesia de los cátaros su paso por la historia: en la década de 1320 en el Languedoc, algo más tarde en Italia y a mediados del siglo XV en Bosnia. Una Iglesia cristiana disidente que, en definitiva, no tenía otro objetivo que volver a las fuentes del cristianismo originario, a la autenticidad del mensaje evangélico que un día predicó, en las tierras de Galilea y de Judea, Jesús de Nazaret.

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