Los primeros cristianos

Las catacumbas, los cementerios cristianos bajo el suelo de Roma

El hallazgo accidental de una galería subterránea en Roma en 1578 impulsó a un grupo de estudiosos católicos a investigar la "Roma subterránea", una aventura de la que sería principal protagonista el maltés Antonio Bosio, que sacó a la luz hasta 30 catacumbas cristianas.

Interior de las catacumbas de Marcelino y Pedro, en la vía Labicana, Roma.

Foto: Cordon Press

A mediados del siglo XVI, entre los humanistas de Roma que estudiaban el mundo clásico surgió un gran interés por la arqueología del cristianismo primitivo. Al abrigo del poder pontificio y alentados por el espíritu de la Contrarreforma, estos estudiosos pretendían encontrar argumentos históricos para defender al papado romano frente a las críticas protestantes.

Figuras como el erudito Pomponio Leto, el sacerdote Felipe Neri o el cardenal Cesare Baronio impulsaron este interés por las antigüedades cristianas. A ese grupo pertenecía también Antonio Bosio, un erudito nacido en Malta en 1575 que tuvo un papel decisivo en el "redescubrimiento" de uno de los monumentos más emblemáticos de la historia cristiana: las catacumbas de Roma, galerías subterráneas que los primeros cristianos utilizaron como lugar de enterramiento y de culto.

Primeras exploraciones

En el siglo XVI únicamente se conocían cinco de las sesenta catacumbas hoy documentadas: las de San Pancracio, Santa Inés, San Sebastián, San Lorenzo y San Valentín. Ello se debía a que todas ellas disponían de una basílica consagrada al mártir del que tomaban su nombre, cuyo culto nunca se había interrumpido. Bien pocos se aventuraban en sus peligrosos pasillos, entre ellos Felipe Neri, quien oraba en sus capillas, o el agustino Onofrio Panvinio, que inició el estudio de los ritos funerarios paleocristianos y documentó hasta 43 cementerios.

Esta situación cambió el 31 de mayo de 1578, cuando el hundimiento accidental de un terreno en la vía Salaria mientras se extraía puzolana (una roca utilizada para fabricar cemento) permitió el hallazgo de un tramo de galería de la catacumba anónima de vía Anapo, lo que reavivó el interés por esos antiguos monumentos funerarios.

El 31 de mayo de 1578, el hundimiento accidental de un terreno en la vía Salaria mientras se extraía puzolana permitió el hallazgo de un tramo de galería de la catacumba anónima de vía Anapo.

Primeros cristianos rezando en las catacumbas de San Calixto, en Roma.

Foto: PD

Los primeros en estudiarlos fueron el dominico español Alfonso Chacón, el romano Pompeo Ugonio (que incluyó detalles sobre ellas en su Historia delle stazioni di Roma, de 1613) y el holandés Jean L’Heureux, de sobrenombre Macario, que redactó apuntes sobre sus pinturas e inscripciones, inéditos hasta el siglo XIX.

Pero sería sobre todo el anticuario Philip de Winghe, compatriota del anterior, quien llevó a cabo el primer intento de estudio metódico y exhaustivo de los hipogeos cristianos, estudio cuya publicación quedó truncada por su prematura muerte en 1592. Pero las detalladas notas de Winghe fueron heredadas por Bosio. En efecto, el maltés había coincidido con aquel círculo de humanistas y se granjeó la amistad de sus miembros, lo que le permitió avanzar a grandes pasos en la investigación que le apasionaba.

Para saber más

catacumbas-no-boloncho

Catacumbas de Roma, los cementerios subterráneos

Leer artículo

Bosio, bajo tierra

El 10 de diciembre de 1593, acompañado de Ugonio, Antonio Bosio se sumergió por primera vez en unas catacumbas: las de Domitila, en la vía Ardeatina. A pesar de haber sido informado por sus amigos, esta primera visita despertó sus temores, pues como él mismo escribió: "Faltándonos la luz, parecía que fuéramos a morir allí, y que nuestros inmundos cadáveres mancillarían aquellos sacros monumentos […]; tomamos la resolución de volver atrás, pero, aunque habíamos marcado en muchos lugares las calles, no sin dificultad alcanzamos a encontrar la salida".

En sucesivas visitas, de la mano de Chacón y de Macario, recorrió y catalogó hasta 30 catacumbas, entre ellas las de Ciríaca, Marcelino y Pedro, Felicidad e Inés. Durante este trabajo de campo, guiado por lugareños conocedores de la zona y seguido de dibujantes como Giovanni Angelo Santini o Santi Avanzino, llevó a cabo el primer estudio sistemático de las catacumbas conocidas, documentando su distribución y decoración.

En sucesivas visitas, de la mano de Chacón y de Macario, Bosio recorrió y catalogó hasta 30 catacumbas, entre ellas las de Ciríaca, Marcelino y Pedro, Felicidad e Inés.

Eucaristía. Siglo II. Catacumbas de Priscila en Roma.

Foto: Cordon Press

Hasta aquí, su método no difería de los utilizados anteriormente; lo verdaderamente novedoso fue el uso prolífico de textos antiguos (actas conciliares, itinerarios sacros, martirologios...) como punto de partida en sus investigaciones para localizar e identificar los diferentes cementerios cristianos de Roma. De hecho, al contrastar la documentación escrita con la arqueológica, verificó la existencia de muchas de las catacumbas que se mencionaban y estableció su topografía. De la vastedad de sus pesquisas dan una idea los dos volúmenes de notas manuscritas conservadas en la Biblioteca Vallicelliana de Roma, que suman más de dos mil páginas y superan en exhaustividad a las de Panvinio y De Winghe, cuyas aportaciones aprovechó.

Pintura mural en las catacumbas de Praetextatus, en la vía Apia, Roma.

Foto: Cordon Press

Aunque pasó muchos años explorando y leyendo, Bosio no pudo ver publicado su gran estudio sobre las catacumbas porque la muerte le alcanzó en 1629 en la ciudad de los papas. En 1632 vio la luz su obra póstuma Roma sotterranea, auspiciada por la Orden de Malta y editada bajo el patronazgo del cardenal Francesco Barberini. En 1651 apareció una traducción al latín por Paolo Aringhi, que se tomaba demasiadas libertades respecto al original y estaba plagada de errores.

Para saber más

cadaveres-momificados-catacumbas-capuchinos-palermo

Momias bajo el suelo de Palermo

Leer artículo

La búsqueda continúa

El impacto de la publicación de Bosio no se hizo esperar, y ya en el siglo XVIII Roma sotterranea se encontraba en las mejores bibliotecas europeas. Numerosos furtivos aprovecharon los datos proporcionados por Bosio para saquear los tesoros artísticos de muchos de estos hipogeos, sustrayéndolos a la ciencia. Con todo, el trabajo y la metodología del erudito maltés sirvieron de base a Giovanni Batista de Rossi (que consideraba a Bosio "el Colón de las catacumbas") para actualizar el conocimiento sobre estos antiguos monumentos a la luz de la crítica moderna. De Rossi, en un acto de homenaje, publicó entre 1861 y 1877 un libro en tres volúmenes con el mismo título que el de la obra de Bosio.

El trabajo y la metodología de Bosio sirvieron de base a Giovanni Batista de Rossi para actualizar el conocimiento sobre estos antiguos monumentos a la luz de la crítica moderna.

Interior de las catacumbas de la Vía Latina, en Roma. Pinturas del siglo IV.

Foto: Cordon Press

El interés por la arqueología cristiana se mantiene en la actualidad: en 1960, por ejemplo, Antonio Ferrua descubrió un nuevo complejo funerario en la vía Latina. Gracias a la intuición primigenia de Bosio, y a sus esfuerzos y los de quienes le siguieron, hoy sabemos que las catacumbas eran cementerios de los cristianos de los primeros siglos, y no lugares de refugio frente a las persecuciones de los emperadores paganos, como erróneamente se llegó a suponer.