Mucho más que un harén

La Casa Jeneret, la vida de las mujeres del faraón

Los faraones tenían decenas de esposas y concubinas. Estas habitaban junto con otras mujeres de la familia real en la llamada Casa Jeneret, una institución exclusiva del antiguo Egipto que está muy lejos de la imagen que habitualmente se asocia a los llamados harenes.

Vida doméstica en el antiguo Egipto, Amédée Forestier

Foto: CC Amédée Forestier

El Egipto faraónico destaca a menudo por su singularidad y sus costumbres únicas. Un ejemplo más de esto es una institución que no se conoce en ninguna otra cultura, la Per Jeneret o Casa Jeneret, y que en la ficción se suele denominar comúnmente “harén”; un término incorrecto ya que, en muchos aspectos, era un lugar totalmente opuesto al concepto que se tiene de los harenes.

La Casa Jeneret era el complejo donde vivían las mujeres y familiares del faraón, pero todo parecido termina allí. No era un lugar destinado al placer sexual del monarca, sino una sofisticada y poderosa institución con funciones educativas, diplomáticas y económicas; y sus habitantes -estrictamente mujeres, a excepción de los trabajadores- podían contarse entre las más privilegiadas del antiguo Egipto.

La Casa Jeneret era el complejo donde vivían las esposas y concubinas del faraón, así como muchas de las mujeres y niñas que tenían lazos de parentesco con la familia real.

Un palacio en femenino

Habría que decir en primer lugar que en la Casa Jeneret no vivían solo las esposas y concubinas del faraón sino también muchas de las mujeres y niñas que tenían lazos de parentesco con la familia real: hijas, sobrinos y sobrinas, tías, primas, hermanas e incluso a veces su propia madre; así como también los niños varones de estas, incluyendo a los hijos del rey sin importar que fueran de una Esposa Real o de una concubina.

La Casa Jeneret podría definirse así como un verdadero micropalacio de mujeres y sin duda era la institución femenina más importante y poderosa del país. Una gran diferencia con el harén es que no era un lugar de encierro, sino de residencia: sus habitantes podían salir -aunque con escolta- y recibir visitas del exterior, y no estaba vetado a otras personas que no fueran el faraón; de hecho, podía darse que los altos dignatarios del rey se casaran con mujeres que vivían en la Casa Jeneret, emparentándose así con él y reforzando los lazos de lealtad.

El funcionamiento de esta institución era autónomo, con sus propios funcionarios y estructuras productivas y educativas: disponía de terrenos de cultivo, de pesca y de caza, talleres de fabricación de bienes de lujo y una escuela donde se formaban los hijos de la élite. Para un niño egipcio este era seguramente el lugar perfecto para crecer, resguardado de los peligros del exterior y con las mejores posibilidades de formación, ya que allí se educaba a los hijos del faraón.

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Las mujeres del rey

Aunque en la Casa Jeneret vivían también las mujeres del faraón, muchas ni siquiera llegaban a conocerlo: el matrimonio era un trámite burocrático que podía cerrarse incluso sin la presencia de los cónyuges, por lo que un enlace con fines políticos no implicaba que los esposos debieran conocerse ni mucho menos intimar. Las mujeres del rey podían tener dos títulos: el de Gran Esposa Real o simplemente el de Esposa Real. Solamente las primeras ejercían funciones propias de una reina, vivían en el palacio del faraón y sus hijos eran los primeros en la línea de sucesión; por ese motivo solían ser solo una -generalmente una hermana o prima del propio faraón, ya que la legitimidad se transmitía por vía matrilineal- o como máximo dos al mismo tiempo.

En la Casa Jeneret vivían las demás Esposas Reales -llamadas también secundarias- con sus hijos. Estas podían ser el resultado de alianzas políticas o bien concubinas por las que el faraón sintiera una especial predilección hasta el punto de elevarlas a la dignidad de esposas. Si le daban descendencia, sus hijos también podían aspirar al trono, lo que podía dar lugar a conspiraciones para colocar a su prole en la línea de sucesión, puesto que la posición más importante a la que podía aspirar una mujer que no fuera Gran Esposa Real era la de Madre del Rey.

Tutmosis II

Tutmosis II

El faraón Tutmosis II (en la imagen, un relieve del templo de Karnak) era hijo de una esposa secundaria llamada Mutnefert. Para legitimar su derecho al trono tuvo que casarse con su media hermana Hatshepsut, hija de la Gran Esposa Real Ahmose.

Foto: CC

Bodas reales

Hay que considerar que una forma habitual de sellar alianzas con reyes extranjeros era el envío de una de las hijas del monarca a vivir en Egipto y contraer un matrimonio simbólico con el faraón, que no obligaba a una vida conyugal. Estas mujeres solían ser una más entre las varias Esposas Reales y la Casa Jeneret proporcionaba un lugar confortable donde hacer menos triste el destino de ser una ficha en el tablero de la diplomacia.

También podía suceder a la inversa, es decir, que las parientes del faraón se casaran con un alto dignatario o con un monarca extranjero como modo de garantizar su fidelidad. El grado de parentesco indicaba la importancia que se daba a la alianza, que no siempre era percibida de igual modo por todos los interesados, como se refleja en unas cartas diplomáticas del Imperio Nuevo. En ellas un rey extranjero pedía al faraón que le enviase a una de sus hijas para casarse, pero este no lo consideraba lo bastante importante y respondió con una negativa. Entonces el primero, a quien claramente le interesaba más esta alianza que a su homólogo egipcio, le escribió de nuevo pidiéndole que le enviase a cualquier mujer de la Casa Jeneret porque, a fin de cuentas, él era el rey y nadie tendría la osadía de decirle que aquella no era la hija del faraón.

Además de las esposas había también numerosas mujeres que no tenían un vínculo formal con el rey. Entre ellas destacan dos grupos: por un lado las nodrizas, encargadas de cuidar de los hijos e hijas; y por otro las “amadas del rey”, que son las que más se ajustan al concepto de concubinas. Sin embargo no necesariamente eran amantes, sino que podían tener otras funciones como la de entretener al faraón tocando instrumentos durante los banquetes.

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Una vida ocupada

¿Pero cómo era la vida de las mujeres en la Casa Jeneret? Muchas de ellas tenían una ocupación en los talleres del complejo, generalmente dedicados a la producción de lino real -el más exclusivo del país, que solo podían adquirir las grandes sacerdotisas o las damas de la nobleza-, de cosméticos o de artículos de lujo. También recibían lecciones especializadas, principalmente música y danza para los ritos (de hecho el nombre Per Jeneret se podía traducir como “casa de la música”) pero también de cualquier materia por la que sintieran preferencia, puesto que contaban con una legión de maestros especializados.

Dado que podían disponer de sus propios bienes, muchas ocupaban su tiempo en la gestión de sus tierras y negocios, como la producción de vino, cerveza o cebada, la cría de ganado o el comercio. Se tiene constancia también de varias Grandes Esposas Reales que residieron durante algunos periodos en la Casa Jeneret y desde allí se implicaron activamente en la política del reino, especialmente en asuntos de diplomacia exterior; pero las esposas secundarias, por el contrario, no tenían papel político. Puesto que el complejo disponía de amplios terrenos, podían dedicarse a la actividad física y a nadar; las menos activas podían entretenerse con pasatiempos como el senet, un popular juego de mesa.

Los niños y niñas eran seguramente quienes más disfrutaban de la vida en aquel microreino femenino, aunque tampoco estaban ociosos puesto que debían atender a su educación. Los hijos varones del faraón recibían además instrucción militar, religiosa o administrativa puesto que si no sucedían a su padre podían terminar ocupando cargos en el ejército, en el clero o en la corte. La educación en la Casa Jeneret era del más alto nivel, por lo que en ella también se educaba a los príncipes de países aliados o sometidos: esto tenía la doble función de disponer de unos valiosos rehenes y de cultivar en ellos la lealtad y a ser posible el aprecio por Egipto.

Ramsès dans son harem

Ramsès dans son harem

"Ramsès dans son harem", de Jules Jean Antoine Lecomte du Nouÿ. Influidos por las historias que circulaban sobre los harenes otomanos, los pintores orientalistas contribuyeron a generalizar la idea de estos lugares como espacios dedicados exclusivamente a la lujuria.

Foto: Musée d'Orsay

¿Una jaula de oro?

Desde una perspectiva actual se podría considerar la Casa Jeneret como una jaula de oro, a pesar de la relativa libertad de la que gozaban sus habitantes. Sin embargo, en el contexto del antiguo Egipto era un lugar privilegiado: no solo garantizaba una existencia cómoda, segura y lujosa en un país en el que la vida era muy dura y la esperanza de vida muy corta, sino que se trataba del lugar más propicio desde el que las mujeres podían ganar poder y riqueza. La educación de élite y la posibilidad de gestionar sus propiedades y negocios proporcionaban unas facilidades que generalmente no estaban al alcance de las mujeres comunes.

La situación era sin duda más difícil para las princesas extranjeras que eran enviadas lejos de sus países como parte de una alianza política. Aun así, a pesar de la añoranza, la situación podía terminar ofreciéndoles mejores perspectivas que en su patria, ya que la sociedad egipcia es considerada generalmente como la más igualitaria para las mujeres que existió en el mundo antiguo e incluso en épocas más recientes. En muchos casos el faraón ni siquiera consumaba el matrimonio y podían llevar una vida independiente en la Casa Jeneret.

No era ciertamente un paraíso, puesto que estaban a la orden del día las rivalidades entre las esposas más ambiciosas para colocar a sus hijos en el trono; sin embargo, los casos extremos como conjuras y envenenamientos eran probablemente las excepciones que han quedado registradas y no la norma. La Casa Jeneret era una institución muy importante para el reino y el faraón, a través de sus inspectores y guardianes, se cuidaba de que no se convirtiera en un foco de problemas, más aún considerando que en ella vivían sus propias familiares. La vida allí no era idílica, pero sin duda lo era mucho más que en los campos a orillas del Nilo, con los cocodrilos y los hipopótamos como vecinos.