Emperadores romanos

Caracalla: un césar megalómano y cruel

Mató a su hermano para reinar en solitario y, creyéndose un nuevo Alejandro Magno, se ensañó con todos sus enemigos hasta ser asesinado en el año 217.

Busto de mármol del emperador Caracalla. 

Foto: Cordon Press

El apodo por el que se conoce al emperador Marco Aurelio Severo Antonino, Caracalla, nunca se usó oficialmente, ni durante el reinado de su padre, Septimio Severo, ni en el suyo propio. El mote se lo puso el pueblo romano de forma sarcástica, en referencia a una capa germana que se trajo de su campaña contra los alamanes y que él puso de moda. También se le conocía por el apodo de Tarautas, nombre de un gladiador de reducida talla, fealdad notoria y espíritu tan sanguinario como brutal.

Caracalla no se ofendió por ello; al contrario, permitía orgulloso que los griegos le llamaran "la bestia ausonia" (Ausonia era un nombre poético para Italia) y, seguro de su poder, un día le espetó al Senado: "Sé que no os gusta nada de lo que hago, pero para eso tengo yo armas y tropas: para que en ningún momento tenga que preocuparme de lo que digáis de mí". Le bastaba con el terror que infundía en sus adversarios y en todos sus súbditos.

Busto de mármol de Julia Domna, madre de Caracalla. 

Foto: Cordon Press

Septimio Bassiano, como se llamó primero, nació en 188 en Lyon. Era hijo de Septimio Severo, un senador de origen africano que cinco años después sería proclamado emperador de Roma. Su madre era una siria llamada Julia Domna, hija de Julio Bassiano, sacerdote de Baal en Emesa, con la que Septimio Severo se casó porque su carta astral decía que sería emperatriz. Las fuentes confirman que, al principio, Caracalla tenía un buen carácter, quizá debido a la influencia de una niñera cristiana que tuvo en su infancia y que se cree que condicionó su relativa tolerancia hacia esta fe. Cuando su padre alcanzó el trono pasó a llamarse Marco Aurelio Antonino como homenaje al emperador Marco Aurelio, del que Septimio se había proclamado oficialmente hijo y heredero. El nuevo soberano designó como sucesores a Caracalla y a su segundo hijo, Geta. Para afianzar la dinastía casó al primero con Plautilla, hija de Plautiano, prefecto del pretorio (jefe de la guardia pretoriana) y amigo del emperador.

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Una sucesión fratricida

Aún en vida de su padre, Caracalla empezó a lamentarse del excesivo poder que acumulaba Plautiano y comenzó también a aborrecer a su esposa. Así, hizo creer que Plautiano estaba preparando un atentado contra él y su hermano Geta, y cuando Severo convocó al acusado a palacio, se abalanzó enfurecido sobre él para matarlo. Severo mandó ejecutar a Plautiano discretamente y recluyó a Plautilla en Lipari.

En el año 208, Septimio Severo partió a Britania con su familia para hacer frente a las incursiones de los montañeses de Escocia. Tenía la esperanza de que designando a Caracalla como su lugarteniente podría domar su rebelde carácter. Pero en febrero de 211, el emperador falleció en York. Fue entonces cuando la rivalidad que había reinado entre los dos hermanos desde su infancia estalló de forma dramática.

Caracalla y Geta, en el palco imperial junto a sus padres Septimio Severo y Julia Domna. Óleo por Alma-Tadema. 1907.

Foto: Cordon Press

Tras ser proclamados emperadores por las tropas, Caracalla y Geta marcharon a Roma con el aparente designio de dividirse las zonas de influencia del Imperio. Sin embargo, una vez en la capital, Caracalla pidió reunirse con su hermano y su madre. Durante la entrevista, Caracalla lanzó a su guardia contra Geta y éste murió entre los brazos maternos, mientras exclamaba: "Madre, madre, que me diste el ser, madre, ayúdame, porque me matan". Caracalla salió entonces corriendo del palacio y recorrió las calles de Roma gritando que se había salvado milagrosamente de un complot urdido por su hermano, al tiempo que se ganaba a los soldados con generosos donativos. Al día siguiente, en el Senado, dio la cínica explicación de que había actuado en legítima defensa y hasta se justificó con el ejemplo del legendario asesinato de Remo por Rómulo.

Tras matar a Geta, Caracalla salió corriendo del palacio y recorrió las calles de Roma gritando que se había salvado milagrosamente de un complot urdido por su hermano.

Siguió una matanza entre los partidarios de Geta y los que tuvieran alguna conexión con el poder imperial. Entre las víctimas se encontraban el jurista Papiniano, preceptor de Geta y Caracalla; la esposa de éste, Plautilla, y la única hija superviviente de Marco Aurelio, Cornificia, quien, tras recordar entre lágrimas la memoria de su familia, se cortó las venas ante Caracalla.

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Una novia es llevada a la casa de su marido en la antigua Roma. Grabado. 1881.

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Apariencias de grandeza

Asentado en el trono mediante esta brutal purga, Caracalla inició un reinado que se caracterizó por las medidas populistas, especialmente favorables a las provincias. Con la Constitución Antonina del año 212 otorgó a todos los habitantes del Imperio la ciudadanía romana, reservada hasta entonces, fuera de Italia, a la élite provincial. También subió el salario de los soldados, erigió templos y costeó juegos, al tiempo que llevaba a cabo diversas campañas en Germania y Asia. Las ciudades respondieron elevándole estatuas y honrándole como "nuevo Helios", pues así se representaba en su nueva moneda, el "antoniniano", un doble denario adornado con su efigie triunfante tocada con una corona radiada. En Roma, el emperador remodeló el barrio sur, donde vivían los nuevos ricos de la época y estaban estacionadas las cohortes urbanas; construyó las imponentes termas Antonianas, con capacidad para 1.600 usuarios, y construyó la vía Nova, la avenida más hermosa de Roma, que acababa en el circo Máximo, que también remodeló.

Caracalla subió el salario de los soldados, erigió templos y costeó juegos, al tiempo que llevaba a cabo diversas campañas en Germania y Asia.

Sestercio de cobre. En el anverso, efigie del emperador Caracalla; en el reverso, Esculapio, dios de la medicina. 

Foto: Cordon Press

Sin embargo, estos fastos no podían ocultar la crisis que atenazaba al Imperio. La Constitución Antonina aumentó el número de contribuyentes, que soportaron las cargas fiscales del ciudadano romano libre, más onerosas que las del resto de la población. Pero ni la consiguiente subida de impuestos, ni las expropiaciones de las riquezas de senadores, ni las victoriosas campañas del emperador ayudaron a que el fisco se recuperara. El "antoniniano", un doble denario, tenía menos valor que el simple denario puesto que contenía menor proporción de plata que éste; era, por tanto, una moneda devaluada, pero eso el pueblo no lo sabía.

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Estatua de Augusto de Prima Porta. Museo de la Civilización Romana, Roma.

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La megalomanía del emperador

De lo que el pueblo sí se enteraba era de las arbitrarias matanzas del emperador. El historiador Herodiano cuenta que Caracalla, cuando supo que las gentes de Alejandría se mofaban de él por haber matado a su hermano, viajó a la ciudad para vengarse. Reunió en el gimnasio a todos los jóvenes, con la excusa de crear una falange macedónica, y a continuación lanzó a sus soldados sobre ellos y sus familiares para masacrarlos. En Partia engañó al rey Artabano IV con una propuesta de matrimonio con su hija. Caracalla viajó al reino para el enlace, pero en plena celebración sus soldados se ensañaron con la desarmada población local. En total, los historiadores antiguos cifraron en 20.000 las víctimas de su reinado.

Ruinas de las termas de Caracalla, en Roma.

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En su megalomanía, Caracalla se comparaba con Aquiles, cuya tumba honró al pasar por Troya durante un viaje. En su ansia de recrear un paralelo perfecto con el mítico héroe, decidió envenenar a su liberto favorito, Festus, para poder emular el funeral de Patroclo, el amigo de Aquiles. Por otra parte, la pasión de Caracalla por la figura de Alejandro Magno llegó a tal punto que vistió el traje macedonio, fundó una división militar a la que llamó "falange macedónica" y pobló el Imperio de imágenes bicéfalas con los rasgos deAlejandro y los suyos. Llegó a decir al Senado que Alejandro reviviría en él, y cuando visitó Alejandría abrió la tumba de su héroe y se despojó de sus ricos ropajes para vestir con ellos al soberano macedonio.

La pasión de Caracalla por Alejandro Magno llegó a tal punto que vistió el traje macedonio, fundó una división militar a la que llamó 'falange macedónica" y pobló el Imperio de imágenes con los rasgos de Alejandro y los suyos.

Sus continuas extravagancias le condujeron a una pronta e innoble muerte. El 8 de abril de 217, de visita a un templo local cercano a la ciudad de Carras, en la provincia de Asia, hizo detener a su séquito en medio del campo ante una urgencia intestinal. Cuando todos se volvieron por respeto a su dignidad imperial, un soldado le apuñaló por la espalda, seguramente enviado por el prefecto del pretorio, Macrino, que sucedería a Caracalla en el trono. Así murió este hombre del que se decía que no poseía ninguna de las virtudes de las tres razas a las que pertenecía, y sí todos sus vicios: la temeraria cobardía de un galo, la crueldad y rudeza de un africano, y el insidioso carácter de un sirio.

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Reverso de áureo acuñado durante el reinado de Heliogábalo. En él puede leerse: "Salus Antonini Aug."

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Cruel, pero sensible a la cultura

Los historiadores posteriores presentaron a Caracalla como un emperador ignorante y corrupto, que descuidaba sus responsabilidades de gobierno para conducir cuadrigas, luchar con fieras salvajes y gladiadores, y llenar su corte de bailarines y mimos. Pero las necesidades burocráticas del Imperio, especialmente tras la Constitución Antonina, no se habrían satisfecho si su padre y él mismo no hubieran incluido en el consejo imperial a juristas como Papiano y sus sucesores, Julio Paulo y Domicio Ulpiano, considerados "los príncipes de la jurisprudencia romana". Tampoco Caracalla era ajeno a toda actividad cultural. Elevó un cenotafio para honrar al citaredo Mesomedes, cuyas composiciones estudiaba, y durante su campaña contra los alamanes escuchó declamar al sofista Heliodoro.

Los historiadores posteriores presentaron a Caracalla como un emperador ignorante y corrupto, que descuidaba sus responsabilidades de gobierno para conducir cuadrigas, luchar con fieras y gladiadores, y llenar su corte de bailarines.

Dión Casio, por su parte, destacaba su interés por la música y la filosofía y recordaba cómo, al final de una fiesta en Nicomedia, Caracalla se le acercó y, creyendo cercana su muerte, le recitó el final de una tragedia de Eurípides: "Lo extraordinario en varias formas se revela, / cumpliendo lo imposible las divinidades; / pues nunca ellos responden a lo previsible, / sino que van por el camino más incierto".