La conquista de Napoleón

La caída de la República de Venecia

En 1797 las tropas francesas de Napoleón conquistaron Venecia. Terminaba así una historia de once siglos de la que fue una de las potencias más ricas y longevas de la historia de Europa, cuyo imperio comercial dominó el Mediterráneo oriental.

Venecia

Foto: AgeFotostock

El 12 de mayo de 1797, el Consejo Mayor de Venecia se reunió por última vez. En una sesión en la que no faltaron las acusaciones de una conjura jacobina, el doge -jefe de estado- Lodovico Manin exhortó a los nobles venecianos a rendir la ciudad a Napoleón Bonaparte, que diez días antes había declarado la guerra a la Serenísima, como era conocida en la época, y se estaba preparando para el ataque en Marghera, en la orilla continental de la laguna. A pesar de contar aún con su flota para defenderse del ataque, y con el argumento de evitar sufrimientos a la población, la capitulación fue finalmente aprobada.

Ese año, en el que Venecia debía celebrar los once siglos desde su nacimiento -cuando aún era un ducado del Imperio Bizantino-, terminó la historia de la que había sido la mayor potencia marítima de Europa. Aunque en realidad era el último coletazo de una agonía que había empezado en el siglo XVI, con el inexorable avance otomano: los turcos le fueron arrebatando uno a uno todos sus enclaves en el Mediterráneo oriental, cortando las rutas comerciales de las que dependía su economía. Venecia trató de reinventarse como nación continental, expandiéndose por la Llanura Padana, pero no podía competir con las grandes potencias de la era moderna como Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico. Además, dentro de la propia ciudad crecía la oposición a un sistema de gobierno que, aunque de corte republicano, estaba en manos de los nobles.

El 12 de mayo de 1797, once siglos después de su nacimiento, terminó la historia de la República de Venecia.

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En el camino de Napoleón

Consciente de su debilidad en el tablero europeo, Venecia mantenía una delicada neutralidad en los conflictos entre las potencias continentales. Sin embargo, su nuevo y modesto imperio terrestre jugó en su contra, ya que se encontraba en medio del camino que el general Napoleón Bonaparte quería tomar para atacar a los austríacos. En 1796 el general atravesó los Alpes con su ejército y ocupó el norte de Italia; y Venecia, aunque mantenía su independencia, tuvo que aceptar la presencia de las tropas francesas en su territorio.

Sin embargo, su decisión de conceder asilo al pretendiente monárquico al trono galo -el futuro Luis XVIII- fue entendida como una provocación por parte del Directorio que gobernaba en Francia. Las tropas napoleónicas fueron tomando cada vez mayor poder en las ciudades del Véneto, ganándose el apoyo de los nobles locales que deseaban liberarse del dominio veneciano y asegurando el control de las fortalezas. También en la propia capital, algunos notables vieron la oportunidad de sustituir el sistema de gobierno aristocrático.

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La mecha que hizo saltar por los aires esa frágil situación fue una sublevación antifrancesa que estalló en los territorios vénetos en abril de 1797. Venecia consiguió una momentánea victoria que no supo aprovechar para expulsar al ejército francés, el cual reconquistó rápidamente sus posiciones. Napoleón no perdonó esa revuelta contra su autoridad y el 25 de abril, el día de la fiesta de San Marcos -patrón de Venecia- lanzó su amenaza final: “Seré un Atila para el estado véneto”.

La presencia de las tropas francesas motivó una sublevación en abril de 1797, que sirvió de excusa a Napoleón para declarar la guerra a Venecia.

El último rugido del león

El 30 de abril Napoleón se encontraba en Marghera; solo un brazo de la laguna lo separaba de Venecia. El general mandó un ultimátum a la ciudad, con dos exigencias simples e innegociables: una alianza militar con Francia y la transformación de las instituciones para terminar con el gobierno de los aristócratas. Sin embargo, se trataba de un pretexto ya que, a pesar de la respuesta favorable de la Señoría veneciana, dos días más tarde declaró la guerra.

El gobierno veneciano se encontraba ante dos alternativas: rendir la ciudad sin ofrecer resistencia o retirarse con la flota a Dalmacia -última posesión veneciana en el Adriático junto con la península de Istria- y organizar desde allí una reconquista de la ciudad. Finalmente se optó por la primera opción pues, aunque la resistencia era factible, pesaba el temor a eventuales revueltas populares que fueran sofocadas violentamente por el ejército de Bonaparte. Así pues, para proteger a la población, el anciano doge Lodovico Manin, jefe de estado de la República de Venecia, dio la orden a las tropas de la ciudad de rendirse y entregar sus insignias, para satisfacción de algunos miembros del Consejo Mayor sospechosos de tener simpatías jacobinas.

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La reacción fue exactamente la que había temido el doge. “A escondidas y cabizbajos, los protagonistas de la abdicación se dispusieron a volver a casa. La multitud, que no entendía qué sucedía, callaba y esperaba”, escribió el historiador Giacomo Lombroso. “Entonces el viejo general Salimbeni (a quien los rumores señalaban como jacobino), informado de lo acontecido, creyó dar inicio a las aclamaciones gritando: ‘¡Viva la libertad!’. Le respondió un tenebroso silencio, cargado de tempestad. Perturbado, el general se refugió en el viejo grito que había resonado bajo las murallas de San Juan de Acre y de Constantinopla, que había agitado a las multitudes de campesinos en la época de Cambrai, que había llevado a patricios y plebeyos al contraataque bajo las murallas de la asediada Candia. Pero a su ‘¡Viva San Marcos!’ le respondió un grito de la multitud: ‘¡Viva la República!’. Fue la señal de un estallido de cólera violentísimo, de un tumulto como Venecia no veía desde hacía siglos. De todas partes salieron banderas con el león de San Marcos, se alzaron los estandartes en las astas de la Plaza: El grito de ‘¡Viva San Marcos!’ resonaba una y otra vez”.

A pesar de los intentos por evitarlo Venecia fue saqueada por las tropas de Napoleón, algo que dejaría una huella muy honda en el recuerdo de los venecianos.

Temiendo que las tropas de Napoleón entraran en la ciudad al tener noticia de la revuelta, fueron los propios magistrados venecianos quienes ordenaron sofocar los disturbios a golpe de artillería e instaron a los sublevados a reconocer a los líderes jacobinos como gobierno provisional de la ciudad. Aun así los disturbios continuaron y desembocaron en una feroz persecución de las autoridades francesas contra el más mínimo acto de oposición.

A ello se sumó el saqueo de los tesoros de la ciudad por parte de las tropas napoleónicas, a pesar de los esfuerzos de los magistrados venecianos por evitarlo: los palacios e iglesias fueron despojados de sus obras de arte, incluyendo los icónicos caballos de bronce de la Basílica de San Marcos, que a su vez los venecianos habían tomado del saqueo de Constantinopla en 1204 y que fueron llevados a París. La humillación final fue la destrucción de la emblemática nave almirante de la República, el Bucintoro, considerado un tesoro nacional y un símbolo de Venecia, para apropiarse del oro con el que estaba recubierta. El saqueo de la ciudad dejaría una huella muy honda en el recuerdo de los venecianos.

El Bucintoro en el muelle el día de la Ascensión

El cuadro de Canaletto "El Bucintoro en el muelle el día de la Ascensión" retrata una de las fiestas más importantes de Venecia: los Esponsales del Mar. Desde el Bucintoro (cuyo nombre significaba "barco de oro"), el doge lanzaba un anillo a la laguna como símbolo del dominio de Venecia sobre el mar. La destrucción de esta nave no fue solo un acto de saqueo sino una manera de escenificar el final del poder de Venecia, una humillación que la ciudad nunca olvidaría.

Imagen: Antonio Canal (Canaletto) / CC

El ocaso de la Serenísima República

Como sucedería tantas otras veces en la meteórica carrera de Napoleón, Venecia se convirtió en una pieza de cambio para las ambiciones del general. Cuando la necesidad lo empujó a negociar la paz con Austria, el Véneto fue ofrecido como compensación y se convirtió en una provincia del Imperio Austríaco. Aquella humillación no fue olvidada y motivaría, décadas después, la voluntad del nacionalismo italiano de expulsar a las potencias extranjeras de la península.

William Wordsworth, uno de los grandes poetas del Romanticismo inglés, fue testigo del ocaso de la que había sido una de las mayores potencias marítimas de Europa y dejó constancia de ello en su poema La extinción de la República Veneciana:

“Una vez tuvo de Oriente la suntuosidad;
Y fue también baluarte de Occidente:
Su valor nunca cayó desde naciente,
Venecia, la hija mayor de la Libertad.
Era una ciudad brillante, libre y doncella;
Ninguna astucia ni fuerza la sometió a ella;
Y cuando tuvo que tomar pareja,
Eligió con el Mar eterno desposarse.
Y si hubiera visto sus glorias difuminarse,
Títulos y gloria decaer al volverse vieja;
Algún tributo de arrepentimiento habrá que pagar
Cuando su larga vida llegue al día final:
Hombres somos, y le debemos luto fatal
Cuando la sombra de su grandeza se deba marchar”.

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