Un artista atrevido

Bramante, el arquitecto del renacimiento romano

En el siglo XV Roma no era más que una sombra de lo que había sido en la Antigüedad. Donato d'Angelo, más conocido como Bramante, llevó a la antigua capital del Imperio las innovaciones arquitectónicas del norte de Italia e inauguró una época de renacimiento para la ciudad eterna.

Bramante

Imagen: J.Pofleswhite (CC)

Corría el año 1478 cuando un pintor llamado Donato d'Angelo llegó a Milán. Tenía poco más de treinta años pero ya le precedía su fama: formado desde pequeño en los talleres de los maestros de Urbino, una de las grandes capitales artísticas del Quattrocento, tuvo la oportunidad de codearse con maestros de la talla de Perugino, Piero della Francesca y Pinturicchio.

Pero el duque Sforza, señor de Milán, no buscaba tanto un pintor como un arquitecto; y sería como tal que el artista pasaría a la historia con el sobrenombre de Bramante. Este apodo, que podría significar “deseoso”-aunque nunca se ha aclarado del todo por qué le llamaban así, parece que el mote era de herencia familiar-, refleja la personalidad de un hombre que supo captar el esplendor de una nueva era y engrandecerlo aún más.

Bramante mostrando al papa los planos para la Basílica de San Pedro.

Bramante mostrando al papa los planos para la Basílica de San Pedro.

Foto: Cordon Press

Aprendiz de maestros

Antes de establecerse en Milán, Bramante había recorrido diversas ciudades del norte de Italia incluyendo Florencia, donde tuvo oportunidad de admirar la magnífica cúpula de Brunelleschi, seguramente la construcción más atrevida que se había realizado desde los tiempos del Imperio Romano. Es probable que fuera la visión de aquella espectacular obra de ingeniería lo que le hiciera decidirse por la arquitectura, a pesar de que ya tenía fama como pintor.

Aunque siguió aceptando encargos de frescos para edificios públicos y religiosos, su principal cliente en Milán fue Ludovico Sforza “el Moro”, que gobernó la ciudad durante veinte años primero como regente y luego como duque. Estaba especialmente interesado en la arquitectura y en la ingeniería, por lo que Bramante tuvo oportunidad de desarrollar plenamente su carrera durante dos décadas bajo su patronazgo.

Bramante trabajó durante veinte años para los duques Sforza de Milán, ciudad donde conoció a Leonardo da Vinci.

En 1482 llegó de Florencia un ambicioso artista llamado Leonardo da Vinci: sintiendo que Lorenzo de Medici no apreciaba su talento como se merecía, había ofrecido sus servicios a Sforza (maquillando un poco su currículum, ya que se presentaba como “ingeniero militar” cuando tan solo aspiraba a serlo). Tenía más o menos la misma edad que Bramante y ambos artistas entablaron una buena relación y aprendieron el uno del otro.

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Pero en el año 1499, las tropas francesas capturaron Milán e hicieron prisionero al duque Sforza. Habiendo perdido a su principal promotor, Bramante se trasladó a la ciudad que había inspirado su fascinación por la arquitectura sobria y solemne de la Antigüedad: la ciudad eterna, Roma.

El artista y el papa

En honor a la verdad, Roma había sido hasta hacía poco una triste sombra de lo que Bramante creía. Durante gran parte del siglo XIV el Papado se había trasladado a Aviñón, privando a la ciudad de su única “industria”, la Iglesia, y precipitando aún más la decadencia en la que había caído durante la Edad Media. Los edificios caían a pedazos, los antiguos monumentos servían de cantera y las infraestructuras más básicas estaban en un estado de absoluto abandono. En comparación con las vibrantes urbes del norte a las que estaba acostumbrado, la “ciudad eterna” parecía un pueblo de provincia y en un principio no debió ofrecer a Bramante grandes perspectivas de futuro.

Tempietto de Bramante en Roma

Tempietto de Bramante en Roma

Una de las primeras obras de Bramante en Roma fue el templete de San Pietro in Montorio, encargado por el rey Fernando el Católico. En él pudo experimentar algunas de las ideas que aprovecharía para el diseño de la nueva basílica vaticana.

Foto: iStock / Em Campos

Sin embargo, la suerte le sonrió. En 1502 ciñó la tiara papal el cardenal Giuliano della Rovere, que tomó el nombre de Julio II. Este hombre de carácter fuerte, que pasó a la historia como “el Papa guerrero”, emprendió un ambicioso programa urbanístico con el objetivo de devolver a Roma su antigua gloria. Bramante, que había ya realizado algunos trabajos desde su llegada a la ciudad, le llamó la atención por sus diseños sobrios y solemnes pero a la vez elegantes, por lo que lo nombró superintendente general de obras. El cargo le daba la responsabilidad sobre todo tipo de obras públicas, desde proyectos de nuevos edificios hasta el mantenimiento de calles o demolición de edificios en mal estado, que eran muchos.

El papa Julio II encargó a Bramante el proyecto de renovación y ampliación de la sede papal, incluyendo la construcción de una nueva basílica.

Pero era en el Vaticano donde el talento de Bramante podía brillar verdaderamente. Julio II le encargó el proyecto de renovación y ampliación de la sede papal, cuyos edificios eran viejos y en muchos casos decrépitos. El caso más evidente era la antigua basílica, que se remontaba a los tiempos de Constantino el Grande: estaba llena de grietas y el techo parecía a punto de derrumbarse, por lo que el papa le dio la orden de demolerla y construir una nueva. Paralelamente le encargó la reforma del vecino Palacio del Belvedere, al que añadió un patio y la famosa “escalera de Bramante” (un nombre que le dio Giorgio Vasari y que él como arquitecto no habría aprobado, ya que carece de escalones y por lo tanto no es una escalera).

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El renacimiento de la ciudad eterna

A pesar de su edad Bramante se volcó con pasión en el proyecto de la que hoy se conoce como Basílica de San Pedro, el templo principal de la Cristiandad católica; pero no llegó a verla terminada, puesto que murió en 1514. Su diseño inicial, inspirado en el Panteón y en la catedral de Florencia que le había fascinado tantos años atrás, fue modificado por los sucesivos artistas que se ocuparon de ella, entre ellos Rafael -al que él mismo recomendó- y Miguel Ángel.

La decisión de demoler la vieja basílica no estuvo exenta de polémica, puesto que se trataba de un lugar sagrado. Al veterano artista se le apodó “Bramante, maestro arruinante” y circularon todo tipo de mofas sobre él. En un diálogo satírico, el arquitecto se presentaba ante San Pedro quien le reprendía por la destrucción de la basílica, a lo que él respondía presentándole un proyecto para demoler y reconstruir todo el Paraíso.

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El nuevo complejo vaticano fue obra de varios artistas que trabajaron en él durante dos siglos. En la foto, la plaza diseñada por Gian Lorenzo Bernini y la basílica de Bramante con la cúpula diseñada por Miguel Ángel. A la derecha se ve la capilla Sixtina, en la que trabajaron Rafael y Miguel Ángel entre otros.

Foto: Giovanni Simeone / Fototeca 9X12

No obstante, el resultado final completó el sueño de Julio II de hacer renacer Roma y convertirla en una capital del arte que pudiera competir con las grandes ciudades de Italia. Bramante fue considerado por los artistas del Cinquecento como el artífice del renacimiento de la ciudad eterna: Andrea Palladio igualaba su trabajo a las construcciones de la Roma clásica y Miguel Ángel dijo de él que “si algo no se puede negar, es que fue atrevido”; algo muy halagador, teniendo en cuenta el mal carácter del Buonarroti.

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