Bestseller y fraude en el Renacimiento

Malleus Maleficarum, la Biblia de los cazadores de brujas

En 1487 se publicó el Malleus Maleficarum ("El martillo de las brujas"), un completo manual para identificar, interrogar y castigar la práctica de la brujería. Fue el más usado por los cazadores de brujas, a pesar de ser muy criticado incluso por la propia Iglesia.

Malleus Maleficarum, edición de 1669

Malleus Maleficarum, edición de 1669

Foto: Biblioteca Europea d'Informazione e Cultura

Aunque la caza de brujas se suele asociar a la Edad Media, lo cierto es que no fue hasta el Renacimiento cuando empezó a practicarse con regularidad, alcanzando su apogeo durante la Edad Moderna. Buena parte de la culpa la tuvo un libro publicado en 1487 con el nombre de Malleus Maleficarum (“El martillo de las brujas” en latín), el más extenso e importante manual para identificar, capturar, interrogar y castigar a los culpables – y especialmente, las culpables – de brujería.

A pesar de convertirse en un “manual” de referencia, hasta el punto que a menudo se habla de él como “la Biblia de los cazadores de brujas”, el Malleus Maleficarum fue siempre objeto de duras críticas, incluso por parte de personajes importantes de la Iglesia. El motivo principal fueron los métodos brutales que defendía, pero también que su autor, el inquisidor Heinrich Kramer, usó sin permiso una bula papal condenando la brujería para revestir su libro de la autoridad pontificia. Teólogos y la propia Inquisición criticaron el libro, que contradecía posiciones oficiales de la Iglesia en cuanto a la magia y la brujería y autorizaba el uso de la tortura para obtener confesiones. Todo eso no impidió que fuese ampliamente utilizado como manual de referencia tanto por autoridades religiosas como seculares.

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La creencia en la magia y la brujería estaba muy radicada en Europa desde mucho antes que la Inquisición, e incluso el cristianismo, aparecieran; como también lo estaba su persecución por parte de las autoridades desde la época romana, ya que esta práctica se asociaba principalmente a fenómenos negativos como maldiciones. Estas creencias perduraron con la difusión del cristianismo, que atribuía la brujería a pactos con el Diablo: puesto que se trataba de un fenómeno que implicaba a la vez la esfera religiosa (por tratarse de una herejía) y la secular (al causar, supuestamente, daños a la comunidad), a menudo generaba un conflicto entre estas autoridades para decidir quién se ocupaba de juzgar los actos de brujería.

En 1487, los inquisidores Heinrich Kramer y Jakob Sprenger publicaron la primera edición del Malleus Maleficarum

En este contexto, en 1484 el inquisidor alemán Heinrich Kramer pidió al papa Inocencio VIII que ratificara su autoridad para ocuparse de los delitos de brujería en las zonas bajo su jurisdicción; en respuesta, el pontífice emitió una bula en la que condenaba dicha práctica y pedía a los obispos que apoyaran a los inquisidores en su tarea de erradicarla. Pero Kramer fue más allá y en 1487 publicó, en colaboración con el también inquisidor Jakob Sprenger, un extenso tratado sobre cómo identificar, interrogar y castigar a quienes practicaran la brujería, e incluyó en él - supuestamente sin autorización previa - la bula papal a modo de legitimación. Era la primera edición del Malleus Maleficarum, “el martillo de las brujas”.

La publicación del tratado causó un gran revuelo entre los teólogos, incluso entre quienes apoyaban la persecución de la brujería. El motivo principal era que contradecía en muchos aspectos las tesis oficiales de la Iglesia sobre demonología y brujería, pero también porque corría la voz de que los autores habían falseado una recomendación de la Facultad de Teología de la Universidad de Colonia aprobando su uso. Además, el libro autorizaba e incluso animaba a usar la tortura como método para obtener información y confesiones, una postura que muchos consideraban contraria a los valores cristianos. De hecho, el propio Kramer fue denunciado por la Inquisición, aunque finalmente fue absuelto.

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En realidad, el Malleus Maleficarum contenía una gran cantidad de material reciclado de libros de demonología, tratados inquisitoriales e incluso supersticiones orales – como la capacidad de las brujas para volar –, siendo esta una de las razones principales por las que muchos teólogos lo criticaron por ser “poco riguroso”. Aun así, tanto inquisidores como autoridades seculares vieron en él una fuente de autoridad a la que remitirse en su persecución de la brujería; y gracias a la invención de la imprenta, el libro obtuvo una enorme difusión.

T. Mattson. El interrogatorio de una bruja (1853)

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Una de las maneras más comunes de identificar brujas era buscar "marcas del Maligno", como verrugas o cicatrices.

Foto: CC

El tratado se dividía en tres partes: la primera dedicada a “demostrar” la existencia de la magia, la segunda a describir los métodos por los cuales las brujas obtienen sus poderes y de qué maneras los utilizan, y la tercera a explicar cómo identificar a las brujas y realizar un proceso por brujería, siendo esta última la que servía de manual para inquisidores y jueces. Un aspecto en el que el Malleus Maleficarum sentó cátedra fue la estereotipación: el libro describía detalladamente el modus operandi de las brujas y, puesto que los interrogadores lo tomaban como fuente de autoridad, daban por cierto lo que estaba escrito en él y buscaban, en los juicios, una confirmación de ello, exponiendo a la acusada una serie de preguntas en las cuales la única respuesta aceptada era un sí.

Otro aspecto muy pernicioso de este tratado fue que confería a los inquisidores una presunción de infalibilidad, es decir, que no podían equivocarse en sus sospechas; por lo tanto, su sola palabra bastaba como prueba y solo quedaba que la acusada confesara. Si lo negaba, se daba por supuesto que estaba mintiendo y que había que usar la tortura para arrancarle una confesión, aunque esta fuera absurda. Por el mismo motivo, cualquiera que la defendiera podía ser acusado de estar también bajo el influjo de la brujería.

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Desde la publicación del Malleus Maleficarum empezó la época álgida de la caza de brujas. Los procesos se intensificaron y se recrudecieron las condenas, que anteriormente solían ser menores, como el pago de una multa o el destierro fuera del municipio. Otro aspecto en el que este tratado cambió la persecución de la brujería fue en dirigirla principalmente hacia las mujeres, a las cuales el libro describía como especialmente propensas a los engaños del demonio por ser “más crédulas, más propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza”.

Las cifras de condenas varían enormemente, desde decenas de miles de personas hasta varios millones; principalmente en territorios de religión protestante, puesto que Martín Lutero y otros reformadores fueron especialmente agresivos en su condena de la brujería. En 1657, mediante una nueva bula papal, el Vaticano prohibió la caza de brujas, pero esta no se detuvo en los territorios ajenos a la autoridad del papa. En 1782 se produjo en la población suiza de Glarus el último juicio por brujería del que se tiene noticia: Anna Göldi, una sirvienta doméstica acusada de infanticidio mediante magia negra.

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