costumbres navideñas

El Belén, la tradición más entrañable de la Navidad

El belén es, desde hace siglos, una de las tradiciones navideñas más importantes en muchos lugares del mundo. También en España, el belén es un elemento característico de nuestras ciudades en estas fechas y, a día de hoy, sigue siendo imprescindible en muchos hogares. En este artículo conoceremos los orígenes y algunas anécdotas sobre esta antigua y entrañable costumbre.

Litografía de la adoración de los magos extraída de un libro victoriano del año 1879.

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Empezaba a nevar cuando por fin encontró la figurita que le hacía falta para terminar su belén. El niño abrió los ojos de par en par y miró a su madre que, con una sonrisa, acarreaba las bolsas que iban repletas de musgo, corcho triturado que simulaba la arena del desierto, más corcho que asemejaba las montañas. Por fin, a todo ello se sumaría aquella figurita que tanto había estado buscando y que descubrió en ese pequeño puesto casi oculto en un rincón de la plaza: un joven pastorcillo acompañado de su perro y que cargaba un borreguito sobre sus hombros. Esta escena seguro que nos puede resultar familiar. ¿Quién no ha tenido que comprar a última hora alguna figura que le faltaba o el musgo que necesitaba para hacer un belén en condiciones? Es evidente que el belén se ha convertido en la máxima expresión de la Navidad junto con el árbol y los villancicos, pero ¿conocemos su origen?

Primeras representaciones

Las primeras representaciones belenísticas hay que buscarlas en las catacumbas de época romana. Y más concretamente en un fresco de principios del siglo II hallado en la conocida como Capella Greca (capilla griega), en las catacumbas de Priscila en la Vía Salaria de Roma. La escena muestra la figura de la Virgen María estrechando en su pecho al niño Jesús envuelto en pañales. Frente a ellos aparecen los tres Magos de Oriente, que visten una túnica corta, sin manto, gorro ni corona. Sería dos siglos más tarde, en el año 320, cuando se adoptó oficialmente el 25 de diciembre como la fecha oficial del nacimiento de Cristo, justo el mismo día en que los romanos celebraban la festividad del Sol Invictus para conmemorar el solsticio de invierno.

Las primeras representaciones belenísticas tenemos que buscarlas en las catacumbas de época romana. Y más concretamente en un fresco del siglo III hallado en la Capella Greca (capilla griega), en las catacumbas de Priscila en la Vía Salaria de Roma.

Imagen de la Virgen María en un fresco de la catacumba de Priscila, en Roma.

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Imagen de un belén clásico, con los Reyes Magos adorando al niño Jesús.

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Entre los años 432 y 440, el papa Sixto III trasladó a Roma, desde Tierra Santa, algunos los fragmentos de la "santa cuna", y los dispuso en una pequeña capilla habilitada a tal efecto en la iglesia de Santa Maria ad Preasepe (Santa María en el Pesebre), también conocida como "la Redonda". Allí, el papa empezó a celebrar representaciones que recreaban el nacimiento de Cristo. Dicha iglesia pasaría a ser conocida con el tiempo como la Basílica de Santa María la Mayor y se convertiría en una de las más importantes de la Ciudad Eterna. Pero sería a partir del siglo VIII cuando el nacimiento y la resurrección de Jesús empezaron a ser representados en escenas costumbristas que tenían lugar en las plazas públicas de la ciudad. Dichas representaciones teatrales populares (muy criticadas por el papa Inocencio III, que las consideraba sumamente vulgares) poco a poco fueron incorporando más y más personajes, algunos de los cuales a veces estaban incluso fuera de lugar.

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Una tradición que se afianza

En 1233, Francisco de Asís llegó, junto con su hermano León, a la población de Greccio, en la región italiana del Lazio. Para intentar evangelizar a la población de la región, mayoritariamente analfabeta, Francisco pidió una dispensa al papa Honorio III para crear el primer belén en una cueva muy cerca de la ermita de la localidad. Con la ayuda de Giovanni Velita, un señor feudal, que le proporcionó el pesebre, la paja y los animales, el futuro santo (aunque algunos historiadores afirman, sin embargo, que quien realmente ofició la misa aquella noche fue san Antonio de Padua) convocó a los habitantes del pueblo al toque de la campana de la iglesia. Debido al frío invernal de la región, la figura del niño Jesús fue sustituida por un muñeco, pero no así la de los animales que sí eran reales. La leyenda cuenta que a la hora en que la tradición fijaba el nacimiento de Jesús, el muñeco cobró vida y empezó a llorar. Otras leyendas, sin embargo, afirman que en lugar de llorar el muñeco sonrió y extendió sus brazos hacia el santo.

Francisco de Asís llegó a la población italiana de Greccio, y para intentar evangelizar a la población, mayoritariamente analfabeta, pidió una dispensa al papa Honorio III para crear el primer belén en una cueva muy cerca de la ermita de la localidad.

San Francisco de Asís. Cuadro pintado alrededor de los años 1605 y 1610.

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De la representación teatral y con personas reales se pasó muy pronto la realización de las figuras con diferentes materiales. En poco tiempo la tradición empezó a popularizarse, y en las ciudades italianas, durante los siglos XIV y XV, las iglesias se decoraban con belenes durante las celebraciones navideñas. Al parecer, la primera forma moderna de belén se debe a san Cayetano de Thiene, que en 1534 ideó un pesebre con figuras de madera pintadas que iban cubiertas con ropajes de la época y cuya cabeza estaba hecha de terracota, cartón piedra o madera. Asimismo era habitual que en el interior de las figuras se introdujera un alambre con el objetivo de articular los miembros y facilitar de este modo el movimiento.

Imagen de un belén realizado en la región francesa de la Provenza.

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Los belenes barrocos

Durante el Barroco, la tradición del belén alcanzó también a las casas señoriales, aunque muy pronto los hogares más humildes quisieron imitar también a los señores. Muy reconocidos a nivel mundial son los belenes napolitanos del siglo XVIII, que reflejaban el entorno del Nápoles de la época, mezclando lo sagrado y lo profano, e incluían a personajes populares de la ciudad. De hecho, su introducción en España se debe a Carlos III, que había sido rey de Nápoles y era un gran entusiasta de aquella tradición. El rey y su esposa, María Amalia de Sajonia, importaron aquella costumbre a nuestro país y la introdujeron en sus palacios. De hecho construyeron una sala especial para la realización del conocido como "Belén del Príncipe" (primero en el palacio del Buen Retiro y después en el palacio Real), un típico belén napolitano en el que se representaban las costumbres y vestimentas locales, y fue encargando a los reconocidos imagineros valencianos José Esteve Bonet y José Ginés Marín y al murciano Francisco Salzillo.

Carlos III y su esposa María Amalia importaron aquella costumbre a nuestro país y la introdujeron en sus palacios, construyendo una sala especial para la realización del Belén del Príncipe, un típico belén napolitano.

A mediados del siglo XIX, poco a poco esta costumbre se fue extendiendo a todos los hogares españoles. Fue entonces cuando empezaron a fabricarse las figuras de belén en serie. Destacan las producidas en barro, muchas veces sin cocer y pintadas con vivos colores, en las fábricas de Murcia, Granada, Barcelona y Olot (Girona). Todas aquellas figuras podían adquirirse en tiendas de imaginería religiosa o en los típicos mercadillos navideños que empezaron a extenderse por toda la geografía española.

Belén napolitano que se exhibe en el Museo Nacional de Escultura, en Valladolid.

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Detalle de un Belén napolitano. Museo Nacional de Escultura, Valladolid.

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Los belenes en España

Como hemos visto, los belenes se componen de muchas y variopintas figuras. Aparte de las principales, como pueden ser la Virgen María, el niño Jesús, San José, y, por supuesto, el burro y el buey, en un belén que se precie no puede faltar la estrella de Belén, que guió a los magos de Oriente hasta el portal, así como tampoco los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos personajes aparecen representados de diversas maneras en los pesebres: desplazándose lentamente en su viaje hasta Belén o ya ante el pesebre en postura de adoración al niño Jesús. A veces viajan solos y otras van acompañados de sus pajes y séquito.

Aparte de sus principales figuras, como pueden ser la Virgen María, el niño Jesús, San José, y, por supuesto, el burro y el buey, en un belén que se precie no puede faltar la estrella de Belén, que guió a los magos de Oriente hasta el portal.

España sigue distinguiéndose por su gran tradición belenística, cuya calidad es ampliamente reconocida. Así, entre los belenes más populares de nuestro país se encuentran algunos como el Belén Bíblico de Jerez de los Caballeros, en Badajoz (el belén monumental más grande de Europa); el Belén viviente de Buitrago del Lozoya, en Madrid; el Belén mudéjar de Sevilla, que cuenta con edificios emblemáticos de la ciudad; el Belén de Salzillo, que se expone en el Museo Salzillo de Murcia; el Belén de Ocaña, en Toledo, que se muestra en el convento de Santo Domingo de Guzmán de esta localidad y cuenta la historia de la Salvación desde la creación del hombre hasta la resurrección de Jesús; el Belén con luz y sonido de la Concatedral de Guadalaja, y el original Belén de Rute, en Córdoba, que está íntegramente hecho de chocolate.

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Una vez conocida su historia y algunas de sus tradiciones más emblemáticas, solo nos queda perdernos por alguno de los muchos mercadillos navideños que se extienden a lo largo y ancho de nuestro país para comprar aquella figuritas que deseamos que conformen nuestro particular belén. Grande o pequeño, la tradición es hacerlo en compañía de nuestros seres queridos, y eso es algo que, como el belén mismo, ha perdurado a lo largo de los años. ¡Ah! y tampoco podemos olvidarnos, mientras componemos nuestro belén, de otra de las tradiciones navideñas más entrañables que lo acompañan: escuchar la tonadilla de un alegre villancico.