Imperio Romano

Bar Kokhba: la última revuelta judía contra Roma

En el año 132, los judíos se levantaron en armas contra la decisión del emperador Adriano de convertir Jerusalén en una colonia romana.

02 Bar Kokhba. Foto. AKG.Album

Bar Kokhba junto a sus hombres en esta miniatura del siglo XX de mano de Arthur Szyk.

Foto: AKG / Album

Desde que Judea quedó sometida a la autoridad romana en 63 a.C., los judíos protagonizaron al menos sesenta intentos de rebelión para recuperar su soberanía a lo largo de 130 años; cerca de dos mil personas fueron crucificadas por no acatar los principios impuestos por Roma. La crueldad, corrupción y torpeza de los procuradores romanos provocaron un constante malestar entre la población judía, a lo que se unía un profundo deseo de liberación relacionado a menudo con una esperanza mesiánica, esto es, con la creencia en la aparición de un líder ungido (mashiah, mesías), descendiente del linaje de David, que restablecería el esplendor del antiguo reino de Israel.

La mayor de estas revueltas estalló en el año 66 d.C. en Jerusalén, y en poco tiempo se extendió por toda la provincia, hasta que el general Vespasiano y –cuando fue elegido emperador– su hijo Tito la reprimieron dura y eficazmente. En el año 70, tras cinco meses de asedio, el ejército romano conquistó Jerusalén y arrasó el templo construido por Herodes el Grande. Tres años más tarde fue aplastado el último grupo de rebeldes judíos en otro largo y sangriento asedio, el de la fortaleza de Masada. Según Flavio Josefo, durante la guerra perdieron la vida 1.100.000 judíos y 97.000 fueron vendidos como esclavos.

La revuelta judía de mediados del siglo I d.C. dejó un saldo de más de un millón de judíos muertos.

En los años siguientes pareció que la larga resistencia de los judíos al dominio romano había llegado a su fin y la pax romana se asentaba en Palestina. Pero pasados unos decenios rebrotó el malestar. En Judea y en otras regiones del Imperio donde había comunidades judías se propagó la idea de la llegada inminente de un líder redentor o mesías. Así, en 115 y 116, bajo el gobierno de Trajano, estalló una serie de revueltas mesiánicas conocidas como "segunda guerra judaica": primero en la Cirenaica (Libia) y luego en Chipre, Mesopotamia y Egipto, en las que, según Dión Casio, murieron decenas de miles de personas.

Busto de Adriano. Galería de los Uffizi, Florencia.

Busto de Adriano. Galería de los Uffizi, Florencia.

Foto: Scala, Firenze

Primeros brotes revolucionarios

En Judea, el conflicto estalló unos años más tarde y se convirtió en una guerra santa en toda regla. También según Dión Casio –la única fuente pagana que conservamos sobre lo que hoy se conoce como "tercera guerra judaica"–, el emperador Adriano, en su visita a la provincia el año 130, anunció su deseo de convertir Jerusalén en una colonia romana, lo que implicaba la reconstrucción de toda la ciudad a imagen y semejanza de Roma, incluyendo para ello la erección de un templo consagrado a Júpiter Capitolino sobre los cimientos del templo de Herodes.

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Desde el punto de vista romano, el cambio estatutario de Jerusalén no era un castigo, sino más bien lo contrario, pues comportaba la concesión de notables privilegios, como la exención de impuestos, la concesión de la ciudadanía y la construcción de importantes infraestructuras, como calzadas de estilo romano. Para los judíos, en cambio, la creación de la nueva colonia de Aelia Capitolina, donde quedarían asentados los veteranos de la legión X, representaba una ofensa insoportable, pues suponía la frustración de todas las esperanzas que aún se albergaban sobre la reconstrucción del Templo, destruido hacía 62 años, e implicaba la introducción de cultos paganos en el lugar más sagrado del judaísmo.

Shekel de plata de la segunda revuelta judía con el templo de Jerusalén en el anverso.

Shekel de plata de la segunda revuelta judía con el templo de Jerusalén en el anverso.

Foto: Scala, Firenze

A ello se le sumó, dos años después, una segunda ofensa a la identidad religiosa judía: un decreto que prohibía cualquier forma de mutilación de los genitales masculinos, medida que los judíos interpretaron como un ataque directo a la práctica de la circuncisión de los varones, exigida por la ley de Moisés.

Para los romanos, el cambio de Jerusalén al estatus de colonía suponía un privilegio pero para los judíos suponía una ofensa.

Fue en este período convulso cuando empezó a ganar popularidad un joven carismático llamado Simón bar Kosiba. Se conoce muy poco de este personaje. Consta que fue apoyado por una sección del estamento de los rabinos o doctores de la Ley: la representada por Akibá ben Yosef, rabino que presidía el sanedrín de Yavne, principal centro judaico de entonces. Fueron ellos quienes lo convirtieron en poco tiempo en el líder de la rebelión.

Un nuevo mesías

A fin de persuadir al pueblo de Israel de que Kosiba había sido enviado por Dios para redimirlo de su sufrimiento, se destacó la semejanza entre su nombre y la palabra aramea kokhba, "estrella", lo que a su vez permitía relacionar a Simón con un pasaje del libro bíblico de Números (24, 17) que se interpretaba como un anuncio de la venida del mesías: "De Jacob nace una estrella, y brota de Israel una vara que herirá a los caudillos de Moab y destruirá a todos los hijos de Set".

Tras el estallido de la revuelta contra Roma, el cabecilla rebelde adoptó el nombre de Simón bar Kokhba. Para reforzar su autoridad, reacuñó las monedas romanas con símbolos y emblemas judíos y acompañó su nombre con el título de nasí, cargo detentado únicamente por el patriarca, presidente del sanedrín y máxima autoridad política, moral y religiosa del judaísmo.

Para reforzar su autoridad, Bar Kokhba acompañó su nombre del título de nasí, cargo detentado por la máxima autoridad política y religiosa del judaísmo.

Dión Casio cuenta que Simón bar Kokhba comenzó a reunir en torno a sí a cuantos "consideraban intolerable que una nación extranjera habitara en su ciudad y estableciera en ella cultos extranjeros", y ordenó mantener en secreto la sedición mientras el emperador Adriano estuviese visitando las provincias cercanas a Judea. Entre tanto, los judíos "fabricaban mal a propósito las armas que les habían sido encargadas por los romanos, con el fin de poderse servir de ellas en el momento en que aquéllos las devolviesen".

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El estallido de la revuelta

Una vez armados, y con el emperador lejos de Judea, se produjo un suceso inesperado que se interpretó como el presagio divino que señalaba el comienzo de la guerra apocalíptica predicha por los profetas Daniel y Zacarías: la tumba de Salomón, cerca de las murallas de la ciudad vieja, se desplomó inesperadamente, quizás a causa de los trabajos de urbanización de Jerusalén. El gobernador de Judea, Tineo Rufo, no prestó atención a la inquietud que este suceso causó entre los judíos.

El 3 de abril de 132, el primer día del mes judío de Iyar (entre abril y mayo), Simón bar Kokhba, "el hijo de una estrella", se puso al mando de la rebelión. En ella participaron no sólo judíos de toda la provincia, sino también personas de origen no judío, impulsadas por el deseo de sacar provecho a una posible liberación de la dominación romana.

túnel excavado  por los seguidores de Simón bar Kokhba en el palacio-fortaleza de Herodes el Grande.

túnel excavado por los seguidores de Simón bar Kokhba en el palacio-fortaleza de Herodes el Grande.

Foto: Alamy / ACI

La táctica de los rebeldes consistió en evitar los encuentros en campo abierto con los romanos y operar en pequeños grupos desde lugares bien protegidos. De hecho, en algunas zonas excavaron túneles subterráneos con respiraderos en la parte superior para comunicar entre sí las bases estratégicas, que dotaron de muros y trincheras. A los pocos meses de actuación de esta guerrilla armada, Simón bar Kokhba consiguió establecer un Estado judío independiente, que celebró acuñando en las monedas el lema «Año I de la redención de Israel».

La respuesta de Roma

En vista del éxito de la revuelta y de los graves daños infligidos a las tropas romanas, Adriano envió a Judea al más valiente de sus comandantes, Sexto Julio Severo, así como al gobernador de Siria, Publio Marcelo, y al de Arabia, Haterio Nepote. A partir de entonces, la superioridad estratégica y armamentística de las fuerzas romanas convirtió la campaña en una masacre sistemática.

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En su Historia romana Dión Casio explica cómo, en vez de atacar abiertamente a sus enemigos, Julio Severo "los separó poco a poco por medio de un gran número de soldados y de lugartenientes y, privándolos de comida y aislándolos, consiguió extenuarlos, debilitarlos y, al final, exterminarlos, quizá con cierta lentitud, pero con el menor riesgo". El balance, según el mismo Dión Casio, fue terrorífico: "Se salvaron realmente pocos. Fueron arrasadas cincuenta de sus principales fortalezas y 985 de sus más renombrados pueblos, al tiempo que fueron asesinados en las incursiones y en los combates 580.000 hombres, siendo incalculable el número de aquellos que murieron de hambre, de enfermedades o a causa de los incendios".

Casco de legionario que sirvió en Judea en tiempos de Trajano.

Casco de legionario que sirvió en Judea en tiempos de Trajano.

Foto.Bridgeman / ACI

Los romanos, por su parte, perdieron dos legiones: la IV Hispana y la XXII Deiotariana, aunque ambas habían llegado a Judea algo mermadas, la primera a causa de la guerra de Britania durante la tiranía de Domiciano, y la segunda debido a su intervención en la segunda guerra judaica, empezada quince años antes y cuyos rescoldos aún no se habían apagado.

El último baluarte

A finales del año 135, la caída de Bethar –una fortaleza cercana a Jerusalén– marcó el fin de la guerra. La mayoría de sus habitantes murieron de hambre y sed tras varios meses de asedio, y los supervivientes fueron asesinados sin piedad por el ejército romano. No se salvaron ni siquiera los niños, quienes, según algunos midrashim (textos exegéticos de la Torá y el Talmud), fueron estrellados contra las rocas o arrojados al fuego envueltos en los libros sagrados del judaísmo.

Al concluir la guerra, la mitad de la población de Judea había sido masacrada y durante muchos años los romanos no permitieron que se diese sepultura a los muertos. La práctica de la religión judía quedó censurada, y los supervivientes fueron tomados como prisioneros y vendidos en Hebrón y Gaza al precio de un caballo. Las puertas de Jerusalén se cerraron para los judíos y se prohibió la enseñanza de la ley de Moisés, excepto para los de Galilea, que no habían secundado la revuelta. La provincia de Judea desapareció como tal y su territorio quedó englobado en la nueva provincia Siriopalestina.

En cuanto a Simón bar Kosiba, murió asesinado en Bethar y su cabeza fue entregada al emperador. El mismo hombre que había sido presentado como el mesías y llamado Simón bar Kokhba o "el hijo de una estrella", fue calificado después de la derrota como Simón bar Koziba, es decir, "el hijo de una mentira" o el "hijo de la decepción".

La cueva de las cartas

En 1960, un hallazgo arqueológico excepcional atrajo de nuevo la atención sobre la tercera guerra judeorromana. En una cueva próxima al oasis de En Gedi, junto al mar Muerto, el arqueólogo Yigael Yadin localizó un conjunto de quince cartas dirigidas por el propio Simón bar Kokhba a los dos comandantes del oasis. En las misivas, Bar Kokhba solicitaba que le enviaran alimentos, hacía referencia a la confiscación de tierras e incluso amenazaba a los que dieran cobijo a los judíos que no secundaran su revuelta.

Una de las cartas de Bar Kokhba encontradas en la cueva.

Una de las cartas de Bar Kokhba encontradas en la cueva.

Foto: AGE Fotostock

Ésta y otras grutas de la misma zona sirvieron como refugio a grupos de judíos durante la revuelta de Bar Kokhba. Estas personas habían llevado consigo sus pertenencias más preciadas, incluyendo las llaves de sus casas o las escrituras de sus propiedades, con la esperanza de que en poco tiempo podrían regresar a sus hogares. Sin embargo, la mayoría no lo consiguió y pereció en el interior de la cueva a causa del hambre y la sed, después de que los soldados romanos, acampados a tan sólo cien metros de la gruta, hubieran interceptado el acceso a la única fuente de agua cercana a la cueva.

Varios grupos de rebeldes perecieron de hambre y sed en cuevas escondidos de las legiones romanas.

Antes de morir, los asediados ocultaron en los huecos de la caverna todas sus pertenencias, tapándolas con montones de piedras. Años después, alguien regresó y dio sepultura a los muertos. Reunió en cestos las calaveras, amontonó los huesos en un nicho y cubrió con cuidado el cuerpo de uno de los niños, preservando así un emotivo testimonio de lo que fue el último acto de resistencia judía frente al dominio de Roma.

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