Prestamistas y especuladores

Banqueros: los capitalistas de la antigua Roma

En sus oficinas del foro, los «argentarios» prestaban dinero, cambiaban divisas y organizaban subastas

Trier1041Tréveris

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Un grupo de prestamistas y clientes alrededor de un mostrador en una taberna argentaria. Relieve de una estela funeraria del siglo III. Museo Romano. Tréveris, Alemania.

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La actitud de los antiguos romanos ante el dinero era ambivalente. Por un lado, muchos mostraban disgusto ante la exhibición de lujo y criticaban el poder que confería a los hombres la acumulación de riquezas, una circunstancia que recoge el filósofo y poeta Lucrecio: «Después fue inventada la propiedad privada y se descubrió el oro, que fácilmente arrebató el honor a esforzados y hermosos, pues los fuertes y los conocidos por su hermoso cuerpo siguen el partido del más rico». 

Pero lo cierto es que Roma se familiarizó muy pronto con todas las formas de una economía comercial desarrollada, basada en el uso de moneda y en el libre comercio y también en mecanismos financieros que nos resultan hoy en día familiares como el cambio de moneda y el préstamo con interés. 

EL FORO, DISTRITO BANCARIO 

Fue así como en el siglo IV a.C. apareció el grupo financiero profesional más antiguo en el mundo romano: el de los argentarios (argentarii). Sus oficinas (tabernae argentariae) se emplazaban en cualquier lugar donde se desarrollase una actividad comercial o de mercado. El Foro de Roma estaba rodeado en tres de sus lados por tabernas argentarias, por lo que era éste el lugar más habitual de encuentro para hacer negocios, así como para invertir o recibir dinero en préstamo. 

Una multitud de usureros, prestamistas y deudores solía reunirse cada día en la parte más espaciosa del pórtico de la basílica Emilia, junto al arco de Jano y el pozo de Libón. De ahí las palabras de Horacio: «Oh ciudadanos, ciudadanos, lo primero es hacer dinero, la virtud viene después de las monedas. Esto lo enseña Jano, y jóvenes y viejos repiten estos preceptos, con las cajitas y las tablillas colgadas al hombro» (en referencia a las tablillas de cera que servían como libro de cuentas, codex rationum, y a las cajas donde llevaban las monedas). 

Grave Relief of a Silversmith

Grave Relief of a Silversmith

Láòda funeraria del banquero Publio Curtilio, Villa Getty, Los Ángeles.

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El poeta Ovidio también se refirió a ese lugar: «El que teme el pozo o el Jano y las calendas que rápidas llegan es porque está atormentado por una suma de dinero tomada en préstamo»; el poeta hacía alusión al día en el que concluía cada uno de los contratos, que era, generalmente, el primero de cada mes, las calendas. 

Las tabernas argentarias, equipadas básicamente con una mesa que servía de mostrador, eran propiedad del Estado, que vendía a ciudadanos particulares únicamente el derecho de uso. Ello no excluía la posibilidad de ejercer la profesión en locales alquilados o en propiedades del patrono del negocio. Sabemos, por ejemplo, que un banquero pompeyano llamado Lucio Cecilio Iucundo tenía su negocio en la planta baja de su casa, en la vía del Vesubio de Pompeya

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En la Basílica Argentaria de Roma (arriba) se concentraban las oficinas de los mayores banqueros de la ciudad.

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Una de las funciones de los argentarios era ofrecer un servicio de depósito a sus clientes. Un particular podía entregar a un banquero una cantidad de metal amonedado, objetos preciosos o documentos valiosos en un paquete sellado (sacculus obsignatus), que constituía un depósito regular. El depositario estaba obligado a custodiar el bien sin hacer uso de él y sin prestarlo a un tercero, y a restituirlo íntegramente en el lugar y momento que determinase el depositante o cuando finalizase el contrato. Con el fondo depositado, el banquero hacía frente a los pagos que correspondieran al cliente: deudas, recibos periódicos, tributos, etcétera; es decir, ofrecía un servicio de caja, por el que cobraba una comisión, aunque no sabemos a cuánto ascendía. 

También existía la modalidad de depósito irregular o no sellado (mutuum), en cuyo caso el depositario podía utilizar el objeto de depósito, prestarlo y devolver al depositante una cantidad equivalente de la misma especie. Cuando una suma de dinero se entregaba sin sellar (non obsignata), se quedaba en la taberna como depósito regular hasta que el banquero hacía uso de ella. El contrato de depósito se convertía entonces en contrato de mutuo o de usura, y se calculaban desde esa fecha los intereses que debía recibir el cliente. 

EL ALTO PRECIO DEL DINERO 

El capital privado del argentario o los depósitos irregulares de los clientes podían ser entregados en préstamo a terceros a cambio del pago de intereses, cuyo monto podía ser considerable. La necesidad imperiosa de dinero para cerrar negocios y el uso de la moneda metálica hacía que en Roma las tasas de interés fueran muy elevadas, lo que provocaba graves perjuicios económicos. En el siglo IV a.C. se promulgaron dos leyes, la Genucia y la Duilia Menenia, que reducían los tipos de interés, y en época de Cicerón, por un senadoconsulto (un decreto del Senado) que redactó él mismo en el 51 a.C., se limitaron al 12 por ciento. Quienes exigían intereses superiores a los permitidos eran llamados a juicio por el praefectus urbis y condenados a pagar una multa.

Diadumenian, aureus, 217 218, RIC 4b 101

Diadumenian, aureus, 217 218, RIC 4b 101

A inicios del siglo III a.C. , los romanos, siguiendo el ejemplo griego, comenzaron a acuñar moneda, primero de cobre y luego de plata. El denario de plata (del que el popular sestercio era un cuarto) fue el patrón monetario hasta el siglo I a.C., en que se introdujeron las monedas de oro de forma regular. La más importante de éstas fue el áureo (arriba).

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Aun así, el elevado precio del dinero se convirtió en un problema difícil de resolver, que primero tuvo un carácter puramente político y social, y, posteriormente, con el cristianismo, se transformó en un problema moral. En el siglo II d.C., la quiebra de la banca de Calixto, futuro Papa, fue duramente criticada por sus contemporáneos, pues supuso la ruina de ciudadanos indefensos, viudas y huérfanos que habían confiado en el banquero por compartir con él la misma religión. 

Algunos negocios especialmente arriesgados, como el comercio marítimo, ofrecían la posibilidad de enormes ganancias para los banqueros si la operación resultaba exitosa. Así le ocurrió a Trimalción, liberto de Gayo Pompeyo y protagonista del Satiricón de Petronio. En la obra, él mismo relata a sus huéspedes cómo consiguió hacer fortuna partiendo de la nada: había empeñado las joyas de su mujer por 100 monedas de oro (10.000 sestercios) y las había invertido en una operación comercial ultramarina que le había dado un beneficio de 10 millones de sestercios. Se retiró del comercio y se limitó, desde ese momento, a prestar dinero a los libertos sin poner en riesgo sus riquezas. 

EL OLFATO DE LOS BANQUEROS 

A partir de mediados del siglo II a.C., los argentarios comenzaron a participar en las subastas. Esto llevó a la aparición de dos figuras financieras especializadas: el coactor argentarius y el nummularius. Los coactores se encargaban de organizar la venta en subasta, de estipular los contratos de compraventa concluidos y de recuperar la suma prestada por el argentario a cambio de una comisión fija del 1 por ciento. El coactor más antiguo del que se tiene noticia fue Tito Flavio Petro, abuelo de Vespasiano, que ejerció el oficio en Rieti, donde se había retirado tras la batalla de Farsalia (48 a.C.). 

Pompei   House of Julia Felix   MAN

Pompei House of Julia Felix MAN

En una casa de Pompeya perteneciente a Julia Felix, una rica descendiente de libertos, se encontró un fresco en el que aparece representada una oficina bancaria romana del siglo I d.C

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El hijo de éste,Tito Flavio Sabino, padre del emperador, practicó la usura entre los helvecios, tras haber sido recaudador de impuestos en la provincia de Asia. En la casa del banquero Lucio Cecilio Iucundo se recuperó más de un centenar de tablillas enceradas referentes a compras realizadas durante subastas, como la de un mulo, algunos esclavos, una partida de leña, lino y muebles. 

Los numularios, por su parte, ayudaban al argentario en la comprobación y cambio de monedas. El poeta Marcial explica que sus negocios se abrían a la calle y sobre sus mesas se exponían los diferentes tipos de divisas, en pilas ordenadas. La tarifa del cambio la establecía el Estado en la aeraria ratio, que se exponía junto al templo de Cástor, en el Foro. Para llamar la atención de los clientes, los numularios batían las monedas sobre un trozo de mármol que tenían sobre la mesa o las lanzaban contra el suelo para comprobar al oído la calidad de su aleación. Controlaban también la autenticidad del metal y de la aleación con la vista, el tacto e incluso el olfato. Usaban la «piedra de parangón» para verificar las monedas de oro y las pesaban en una balanza con dos platos, llamada trutina. 

ROMA Arco di Giano

ROMA Arco di Giano

El arco de Jano, del siglo IV a.C., en el Foro Boario. Aqui´, en el an~o 204, los argentarios sufragaron la construccio´n de un arco.

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Siempre que se realizaba un depósito o se quería saldar una deudaera preciso que el numulario comprobase el peso y aleación de las monedas y las contase. Para ello se empleaba un instrumento llamado ábaco, que consistía en una tabla con agujeros circulares destinados a alojar las piezas. El oficio era, a juicio de Trimalción, uno de los más complicados que existían después de la medicina, pues «los médicos conocen lo que los mortales tienen dentro de su pecho y saben cuándo puede subir la fiebre, y los numularios son capaces de ver el cobre a través de la plata».