El final de la era de los shogûn

El Bakumatsu y la Restauración Meiji

Durante más de 250 años, el clan Tokugawa gobernó Japón ejerciendo el título de shôgun. Pero entre 1853 y 1869, varios acontecimientos precipitaron la caída del shogunato y la restauración del poder imperial.

* Este artículo utiliza la onomástica occidental (nombre+apellido) en vez de la original japonesa (apellido+nombre). Ejemplo: Yoshinobu (nombre) Tokugawa (apellido).

Samurais

Foto: Felice Beato (CC)

El 4 de enero de 1868, el nuevo emperador japonés Mutsuhito leyó ante la corte un documento en el que anunciaba “a los soberanos de todos los países extranjeros y sus súbditos que se ha concedido permiso al shôgun Yoshinobu Tokugawa para devolver los poderes de gobierno, de acuerdo con su voluntad expresa. De ahora en adelante ejerceremos la autoridad suprema en todos los asuntos internos y exteriores del país”.

Era el punto final a más de 250 años en que el clan Tokugawa había ejercido como jefes de estado de Japón. Ese periodo de repentino cambio en la historia nipona es llamado bakumatsu: el término significa literalmente “el fin del bakufu”, el sistema más conocido en Occidente como shogunato por su cabeza visible, el shôgun. Terminó oficialmente el 3 de enero de 1868 cuando el poder de gobierno fue devuelto al emperador Mutsuhito, completando el proceso que sería llamado Restauración Meiji.

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La amenaza extranjera

El final del bakufu empezó a fraguarse desde sus mismos inicios: la victoria de Ieyasu Tokugawa en la batalla de Sekigahara le dio el título de shôgun y el control de todo el país, pero bajo la aparente solidez de su poder seguían ardiendo las ascuas del descontento entre sus antiguos enemigos, a quienes había perjudicado en el reparto de tierras entre los diversos dominios que constituían Japón. Los Tokugawa consiguieron aplacar las voces críticas durante más de doscientos años, pero a principios del siglo XIX crecieron rápidamente las tensiones entre el shôgun y los daimyô, los señores feudales que gobernaban los dominios.

Estas tensiones se debían principalmente a la presencia de naves extranjeras en la costa japonesa. Desde la década de 1630 Japón había limitado casi por completo su contacto con el exterior -una política conocida como sakoku, "país cerrado"-, pero la llegada del comodoro norteamericano Matthew Perry en julio de 1853 forzó al bakufu a abrir relaciones comerciales, permitir la presencia de extranjeros y aceptar una serie de tratados favorables a Estados Unidos. El éxito de los nortamericanos en imponer sus condiciones mediante la “diplomacia de los cañones” animó a varias potencias europeas a exigir lo mismo.

Naves negras Perry

La llegada de las "naves negras", como fueron llamadas por su color, marcó el final del aislamiento de Japón. Las potencias occidentales hicieron amplio uso de la "diplomacia de los cañones", es decir, la demostración de fuerza naval a veces acompañada de bombardeos sobre la costa para forzar la aceptación de sus condiciones.

Foto: Antares Historia (CC)

Para los enemigos de los Tokugawa esa fue una muestra de debilidad intolerable y la excusa para exigir que el poder fuera devuelto al emperador. Los tratados se revelaron desastrosos para la economía japonesa, basada en la autarquía; la moneda se devaluó y la inflación se disparó, dificultando el acceso a los productos básicos. La crisis económica fue el principal motivo, aunque no el único, del crecimiento del sentimiento ultranacionalista. Los partidarios de mantener Japón aislado de cualquier influencia extranjera se autodenominaron “patriotas” y empezaron protestas de diversa intensidad, que iban desde la oposición política contra el gobierno Tokugawa al asesinato de personalidades favorables a la apertura del país.

La incapacidad del bakufu para mantener el control se hizo evidente cuando los patriotas más radicales empezaron a atacar ciudadanos y oficinas extranjeras: las potencias occidentales exigían castigar a los culpables, pero los daimyô se negaban a entregarlos. Los dominios de Satsuma, Chôshû y Tosa en particular dieron cobijo a los patriotas y lideraron la creciente oposición política a los Tokugawa.

La crisis económica, el crecimiento del sentimiento ultranacionalista y la incapacidad del bakufu para mantener el control minaron la autoridad del shogunato Tokugawa.

Reverenciar al emperador, expulsar a los bárbaros

La situación dio un vuelco decisivo en la primavera de 1863 cuando el emperador Kômei, harto del caos en el que se había sumido el país, promulgó un edicto con un nombre nada diplomático: “Orden de expulsión de los bárbaros”. Se trataba de un hecho de gran trascendencia ya que rompía una regla no escrita que había estado en vigor durante siglos: a saber, que el emperador era una figura simbólica y religiosa que no se inmiscuía directamente en el gobierno del país. La orden se llevó a cabo de inmediato con la expulsión de todos los extranjeros en un plazo de dos meses, en muchos casos de manera violenta.

El hecho de que hubiera sido el emperador en persona quien diera la orden tuvo un impacto directo en la credibilidad del shôgun Iemochi Tokugawa: significaba que reconocía la autoridad imperial como superior a la suya y que aceptaba como legítima la posición de quienes hasta entonces le habían reclamado que expulsara a los extranjeros. La situación se resume en un lema que había circulado desde la llegada del comodoro Perry: “Reverenciar al emperador, expulsar a los bárbaros”. Pero se trataba en parte de retórica dirigida a socavar la autoridad de los Tokugawa, ya que algunos de los mismos que apoyaban el poder imperial compraban armas y otros productos a los comerciantes extranjeros.

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Durante los tres años siguientes, varios dominios se alzaron en armas contra el bakufu, que consiguió sofocarlas en cada ocasión gracias al armamento occidental que había adquirido. A la vez, las potencias extranjeras que habían sido expulsadas respondieron con ataques navales que les permitieron restablecer a la fuerza su presencia en Japón. Estos episodios desencadenaron un cambio importante en la mentalidad de los patriotas: había quedado demostrado que Japón no podía ganar un pulso militar si se aferraba a sus tradiciones. La consigna dejó de ser expulsar a los bárbaros y se convirtió en aprender de ellos para poder hacerles frente algún día. Lo que no cambiaba era la condición indispensable de sustituir el débil gobierno del bakufu por un nuevo poder imperial fuerte.

La consigna dejó de ser expulsar a los bárbaros y se convirtió en aprender de ellos para poder hacerles frente algún día.

El fin del shogunato y la Restauración Meiji

El nuevo objetivo fue propiciado por la muerte de las dos cabezas visibles del poder: el shôgun Iemochi Tokugawa en 1866, a quien sucedió su pariente Yoshinobu; y el emperador Kômei en 1867, sucedido por su segundo hijo Mutsuhito. Yoshinobu realizó un último intento de reorganizar el sistema político, reconociendo la autoridad del emperador y devolviéndole algunos poderes, mientras mantenía el papel preeminente del shôgun dentro de un consejo de los daimyô.

Pero era demasiado tarde: los contrarios a los Tokugawa no iban a dejar pasar la oportunidad de asestar el golpe final al shogunato e instigaron a grupos de samuráis para que se rebelaran en Edo (actual Tokio), la sede del bakufu. Este respondió a su vez movilizando un cuerpo de policía especial llamado shinsengumi, formado por samuráis leales que tenían la misión de contrarrestar los ataques y restaurar el orden. En la práctica, sin embargo, estas estrategias llevaron el conflicto al terreno paramilitar y convirtieron Edo en una ciudad muy peligrosa, donde las rivalidades se saldaban a golpe de espada y cualquier paseo nocturno podía convertirse en el último.

Hajime Saito

El samurái Hajime Saitô fue uno de los más famosos capitanes del shinsengumi y uno de los pocos que sobrevivió al bakumatsu. Cambió su nombre por Gorô Fujita, obtuvo un nuevo empleo como policía y pusó su espada al servicio del gobierno Meiji contra el que había luchado.

Imagen: Descendientes de Gorô Fujita, según publicado en Sankei News (CC)

Presionado por la situación y por sus adversarios en la corte imperial, en noviembre de 1867 Yoshinobu Tokugawa renunció al poder y lo entregó formalmente al emperador, poniendo fin a más de 250 años de dominio de su clan. A cambio obtuvo la promesa de que mantendría un cargo preeminente en el nuevo orden político, pero sus opositores falsificaron un edicto imperial y le despojaron de todos sus títulos y tierras. Pocas semanas después, el 3 de enero, se promulgó el edicto que restauraba el poder en la persona de Mutsuhito, quien sería conocido en adelante como emperador Meiji (“el soberano iluminado”).

El inicio de una nueva era

No obstante Yoshinobu, que se sentía engañado y ofendido por el tratamiento que había recibido, movilizó a los daimyô y los samuráis fieles a él para marchar sobre Kioto, la capital imperial, y protestar ante el emperador. Al llegar a las puertas de la ciudad se le negó la entrada, lo que desencadenó una batalla que terminó con la retirada del ejército de Tokugawa hacia Edo. Ese gesto fue interpretado por muchos daimyô como la enésima evidencia de debilidad del ex shôgun y varios de quienes le apoyaban le abandonaron. También los delegados extranjeros vieron que la marea política había cambiado y empezaron a reconocer al emperador Meiji como soberano legítimo.

La guerra Boshin, que tuvo lugar entre enero de 1868 y junio de 1869, enfrentó al ejército imperial y los feudos leales al emperador contra los dominios que seguían apoyando al bakufu.

La llamada guerra Boshin se extendió durante otro año y medio. En mayo, las fuerzas imperiales habían rodeado Edo y el comandante del ejército Tokugawa obtuvo el permiso para negociar la rendición. Yoshinobu fue puesto bajo arresto domiciliario, ya que varios dominios del norte y parte del ejército se mantenían fieles al bakufu y aspiraban a resucitarlo proclamando como shôgun algún otro miembro de la familia Tokugawa. Solo cuando la derrota fue definitiva se le permitió retirarse en libertad a una de las escasas posesiones que le quedaban.

Guerra Boshin

Mapa de la guerra Boshin. Las fuerzas imperiales (en rojo), después de capturar Edo, forzaron a las tropas fieles al bakufu a replegarse en el norte de la isla de Honshu. Tras la decisiva derrota en la batalla de Aizu, sus últimas unidades se retiraron a la isla de Hokkaido, donde resistieron unos meses más.

Imagen: Hoodinski: https://bit.ly/3rCmGbN

Aquellos que habían luchado por él pretendían seguir haciéndolo aun después de que hubiera tirado la toalla. Llegaron incluso a proclamar una república independiente en su último baluarte, la isla de Hokkaido, que no fue reconocida por ningún país. El almirante Enomoto, jefe de la marina, envió una oferta formal de paz a la corte imperial para que reconociera la República de Ezo (el antiguo nombre de Hokkaido) y les permitiera seguir con el aislamento y las costumbres que habían moldeado Japón durante los últimos siglos. La oferta fue rechazada y pronto quedó en evidencia que la derrota definitiva era solo cuestión de tiempo.

Enomoto se rindió el 27 de junio de 1869, un año y medio después del comienzo de la Era Meiji, que catapultaría Japón hacia la modernidad y la globalización; irónicamente, bajo la batuta de quienes tanto se habían opuesto a ellas. Pronto descubrirían que era más fácil destruir una era que construir una nueva.

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