Ciudades sumergidas

La "Atlántida soviética" durante el mandato de Stalin

Bajo el mandato de Stalin, la Unión Soviética, en aras del progreso, se propuso llevar a término numerosas megaconstrucciones para demostrar al mundo su superioridad. Un ejemplo de ello es lo que dio en llamarse la "Atlántida soviética", la inundación de cientos de pueblos y ciudades como resultado de la creación de enormes embalses, presas y centrales eléctricas.

Las heladas calles de la ciudad de Mologa antes de la inundación. 

Foto: CC

En sus famosos Diálogos, Platón cuenta que hace nueve mil años existió una enorme y próspera isla más allá de las Columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), que fue destruida por los dioses a causa de la arrogancia de sus habitantes. Esta isla maravillosa era la Atlántida. A finales de la década de 1930, Yosif Stalin, el líder de la Unión Soviética, pareció querer emular a los dioses cuando ordenó inundar centros urbanos enteros para construir faraónicas infraestructuras que mostrasen al mundo la grandeza de su gobierno.

Abandonos forzosos

Por orden de Stalin se decidió que doscientos pueblos en Ucrania y otros tantos cientos por toda la Unión Soviética fueran inundados para poder emprender la construcción de algún que otro megaproyecto: una central hidroeléctrica, un canal o una presa. Tomemos el ejemplo de Rýbinsk, a unos 300 kilómetros al norte de Moscú, fue el emplazamiento elegido para la construcción de un gran embalse. Por su parte, se decidió que Mologa, la ciudad más importante y más grande de la región, también quedara bajo las aguas, aunque en un principio se decidió que iba a formar una isla en el centro de ese gran embalse. Así, los habitantes de más de 700 pueblos y aldeas de la zona tuvieron que ser evacuados para que sus hogares pudieran ser inundados. Resultado: alrededor de 6.000 desplazados.

Doscientos pueblos en Ucrania y otros tantos cientos por toda la Unión Soviética, fueron los elegidos para ser inundados por orden de Stalin para la construcción de algún megaproyecto: una central hidroeléctrica, un canal o una presa.

De entre todos los "megaproyectos" ideados por Stalin destaca la central eléctrica de Kremenchuk. Para su construcción se tuvo inundar la ciudad ucraniana de Novogeorgijvsk. Setenta años después, una de las afectadas por estas evacuaciones masivas, Svietlana Sliusarenkio, declaró a la BBC lo siguiente: "Las autoridades no explicaron mucho por qué la gente tenía que ser relocalizada. Hubo solo un mensaje: es necesario para el desarrollo de la economía". Otro desplazado, Andriy Mastrienko, aún recuerda con tristeza el día en que se vio forzado abandonar su casa cerca del río Dniéper, por aquel entonces en la Ucrania soviética: "Nos dijeron: 'vamos a construir una hidroeléctrica y necesitamos que abandones tu casa porque esta área será inundada'". Hoy en día, en toda Rusia y en muchas zonas de las exrepúblicas soviéticas todavía pueden verse algunas torres de iglesias u otro tipo de construcciones sobresaliendo de las aguas. Constituyen el recuerdo de lo que dio en llamarse la "Atlántida Soviética".

El campanario de la iglesia de San Nicolás de Kaliazin es uno de los testimonios más visuales de las inundaciones de la llamada Atlántida soviética. El templo y parte de la ciudad vieja quedaron sepultadas por el agua en 1940 para crear lo que todavía hoy es el embalse de Úglich.

El campanario de la iglesia de San Nicolás de Kaliazin es uno de los testimonios más visuales de las inundaciones de la llamada Atlántida soviética. El templo y parte de la ciudad vieja quedaron sepultadas por el agua en 1940 para crear lo que todavía hoy es el embalse de Úglich.

Foto: CC

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Irse con lo puesto

Según relató en es misma entrevista a la BBC Svietlana Sliusarenkio, un año antes de que todos esos pueblos fueran inundados, las autoridades empezaron a advertir a sus habitantes de que tenían que abandonar sus viviendas a cambio de una compensación, que en el caso de las viviendas más antiguas ascendía a un poco más. Todas las casas se marcaban con la fecha en la que sus habitantes debían abandonarla para siempre. Pero marcharse no era tan fácil. Aunque las autoridades facilitaban el traslado de todos los habitantes, no pasaba lo mismo con el ganado, que debía caminar hasta su nuevo hogar. Como recuerda otro de los afectados, Andriy Mastrienko: "Mi esposa ordeñaba vacas y tuvo que hacer todo ese trayecto a pie con los animales". Svietlana Sliusarenkio añade asimismo que se dio la oportunidad a todos los habitantes de desenterrar los restos mortales de sus familiares difuntos para llevarlos consigo antes de que la maquinaria pesada iniciara las obras y lo destruyera todo.

Un año antes de que todos esos pueblos fueran inundados, las autoridades empezaron a advertir a sus habitantes de que tenían que abandonar sus viviendas a cambio de una compensación.

Pero no todos accedieron a marcharse. La historia oficial rusa no recuerda los nombres de todos aquellos hombres y mujeres que murieron ahogados por negarse a abandonar sus viviendas antes de que fueran inundadas o de los presos que construyeron aquellos megaproyectos. Se estima que fueron unas 150.000 las personas que perdieron la vida entre los trabajadores forzados y las personas que perecieron bajo las aguas. La "Atlántida soviética" y los últimos testigos de aquella época se han convertido en un recuerdo que el tiempo se ha encargado de difuminar.

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Que nunca se olvide

Sin embargo, ha sido la naturaleza, con su carácter implacable, con el inexorable paso de las estaciones y las sequias la que se ha encargado, aunque sea de forma esporádica, de sacar a la luz algunos de los restos de aquellas ciudades perdidas. Como Novogeorgijvsk, una población ucraniana que yace seis metros bajo las aguas del embalse de Kremenchuk, y que se ha convertido en el punto de peregrinaje de los descendientes de todos aquellos que se vieron forzados a huir de sus casas antes de que estas quedaran sumergidas. En esta "Atlántida Soviética", una ciudad en la que antaño habían vivido más de 130.000 personas, guarda celosamente los recuerdos de una población que se vio obligada a huir en aras del progreso y de la megalomanía.

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