Protagonistas de la Conquista

El asesinato de Francisco Pizarro en Lima

La relativa tranquilidad de Francisco Pizarro, un hombre de sesenta y tres años de edad, se vio truncada el 26 de junio de 1541, cuando los partidarios de su rival, el difunto Diego de Almagro, irrumpieron en su recién estrenado Palacio de los Reyes de Lima y acabaron con su vida tras asestarle, como cuentan las crónicas, "tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta".

Los trece de la isla del Gallo, pintura de Juan Lepiani (1902).

Foto: CC

En 1502, Francisco Pizarro, un hidalgo extremeño, cruzó el Atlántico rumbo a América desde su Extremadura natal en busca de fama y fortuna. El mismo propósito tuvo otro español llamado Diego de Almagro. Pero lo que pocos podían imaginar entonces es que algunos años después de haber formado ambos hombres La Compañía de Levante, en 1526, con el único fin de explorar las tierras del Birú (Perú), los acontecimientos se precipitarían de tal manera que ambos acabarían perdiendo la vida en aquella tierra lejana a la que habían ido a empezar una nueva vida.

Problemas de ego

En un principio, tanto Pizarro como Almagro supieron compatibilizar muy bien sus responsabilidades. Mientras que Pizarro era el líder militar que sabía cómo enfrentarse al enemigo, Almagro era el encargado de reclutar a los hombres y organizar la intendencia de las tropas. Pero aquella amistad que había nacido en Panamá empezó a hacer aguas cuando Pizarro recibió, gracias a las Capitulaciones de Toledo de 1529, toda clase de títulos y de prebendas: fue nombrado adelantado, capitán general y gobernador. Por su parte, Almagro quedó siempre en un segundo plano y a punto estuvo de abandonar el proyecto, pero se lo pensó mejor cuando le prometieron un gobierno propio en las tierras que fueran conquistadas a partir de entonces.

El conquistador español Diego de Almagro, que participó junto a Pizarro en la conquista de los territorios peruanos, también acabó perdiendo la vida lejos de su tierra natal, como el que había sido su amigo y compañero. El retrato sobre estas líneas fue realizado por Domingo Mesa en 1873. 

Foto: CC

Aquella amistad que había nacido en Panamá empezó a hacer aguas cuando Pizarro recibió, gracias a las Capitulaciones de Toledo de 1529, toda clase de títulos y de prebendas.

Al final, la aparente cordialidad entre los dos hombres se rompió definitivamente cuando entró en escena el hermano mayor de Francisco Pizarro, Hernando. Este veía a Almagro como un campesino analfabeto, lo que acabaría provocando entre ellos una enemistad de consecuencias trágicas. A pesar de la caída del inca Atahualpa y del reparto de su enorme tesoro y de las tierras conquistadas entre los españoles, una nueva disputa se produjo entre los dos líderes en 1535 como consecuencia de las discrepancias que surgieron entre ellos por el establecimiento de los límites gubernamentales que les correspondían al uno y al otro. Las luchas internas ente ambos, que de hecho actuaban como si las tierras conquistadas fueran de su propiedad y no de la Corona, culminarían en 1538 en el conflicto armado conocido como la batalla de Las Salinas.

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Personalidades irreconciliables

En efecto, tras diversos tira y afloja, Pizarro y Almagro habían llegado a un acuerdo y este último marchó a la conquista de Chile en 1536. Pero los resultados de la expedición no fueron los esperados, y además Almagro también supo de la sublevación de Manco Inca Yupanqui contra los españoles, que había logrado escapar de Cuzco, donde estaba prisionero, mediante un ardid y se había parapetado en la ciudad de Calca, donde reunió un ejército para poner bajo sitio a la capital inca. Todo ello precipitó su regreso en 1537. Tras lograr levantar el asedio de los incas y expulsarlos a las montañas, Almagro se apoderó de la ciudad de Cuzco y arrestó a dos hermanos de Pizarro, Hernando y Gonzalo. Pasado un año, y gracias a las intensas gestiones por parte de Francisco, el cual prometió a Almagro una solución acordada al litigio que mantenían desde hacía tiempo, logró que liberaran a Hernando (Gonzalo se fugaría de la prisión). Pero a pesar de lo prometido, Francisco puso a su hermano al mando de un contingente de ochocientos hombres para retomar el control de la ciudad de Cuzco y derrotar a Almagro y a sus hombres. Una enfermedad evitó que Diego de Almagro participase en la batalla de Las Salinas, pero no pudo evitar ser arrestado, y condenado a garrote y a ser decapitado tras su muerte. Cuando Almagro suplicó por su vida a Hernando Pizarro, este le contestó: "Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio".

La ilustración sobre estas líneas muestra la toma de Cuzco a Pizarro por parte de los almagristas. Historia General de las Indias y Nuevo Mundo, Zaragoza, 1554.

Foto: Cordon Press

Tras lograr levantar el asedio de los incas y expulsarlos a las montañas, Almagro se apoderó de la ciudad de Cuzco y arrestó a dos hermanos de Pizarro, Hernando y Gonzalo.

Tras todos estos enfrentamientos, Francisco Pizarro, que ya era un hombre de sesenta y tres años, creía poder pasar sus últimos años de vida con relativa tranquilidad. De hecho, el conquistador llegó a una edad muy longeva para la época con una salud relativamente buena. El periodista César Cervera Moreno, periodista del diario ABC y autor de Superhéroes del Imperio, publicado por La Esfera de los Libros en 2018, declaró en una entrevista a su propio medio: "Francisco Pizarro sería Ironman, porque tuvo una resistencia mucho más allá de la biología. Parece imposible que pudiera sobrevivir a todas las penurias por las que pasó sin tener algo sobrenatural. Pero así fue. Cruzó el Atlántico, viaje en el que muchísimos morían, y sobrevivió. Posteriormente participó en decenas de expediciones en las que, según las crónicas, murieron más del cincuenta por ciento de sus integrantes".

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¡Al infierno os iréis a confesar!

Pero la tranquilidad que Pizarro esperaba disfrutar al final de su vida no llegaría nunca. Los "almagristas", tras la muerte de su líder vivían en la miseria más absoluta en Lima, conocida como la ciudad de los Reyes (ciudad fundada por Pizarro en 1535), donde soportaban toda clase de penurias. Por el contrario, Francisco Pizarro y la mayoría de sus partidarios disfrutaban de una situación económica muy desahogada. Así pues, durante la mañana del domingo 26 de junio de 1541, alrededor de una veintena de "almagristas" encabezados por Juan de Herrada, uno de los principales lugartenientes del difunto Diego de Almagro, se dirigieron al palacio del gobernador Pizarro al grito de: "¡Viva el Rey y mueran los tiranos!". Al oír los gritos y el estruendo, Pizarro tomó las las armas para defender su vida junto con su medio hermano Francisco Martín de Alcántara. Con la intención de calmar a los alborotadores, el capitán Francisco de Chávez y sus criados se dirigieron hacía las escaleras que daban al piso inferior y nada más bajar fueron asesinados por el grupo de enardecidos hombres que venían con una firme intención: acabar con la vida de Francisco Pizarro.

Los atacantes que se abalanzaron sobre Pizarro para acabar con su vida le superaban en número, pero aún así el conquistador pudo llevarse a tres por delante antes de que le asestaran el golpe mortal. 

Foto: CC

Los 'almagristas' encabezados por Juan de Herrada, uno de los principales lugartenientes de Diego de Almagro, se dirigieron al palacio del gobernador Pizarro al grito de: '¡Viva el Rey y mueran los tiranos!'.

Viéndose acorralado, y con la coraza sin ceñir, Pizarro se lanzó contra sus agresores que, superiores en número, no dudaron en abalanzarse contra el extremeño, que aún tuvo tiempo de llevarse por delante a tres de sus atacantes. Los que quedaron con vida, la mayoría, tuvieron tiempo de asestarle cinco heridas en la cabeza, otras tantas en la columna vertebral y varias en los brazos. Tras recibir el golpe mortal por parte de un tal Martín de Bilbao, Pizarro, moribundo, aún tuvo tiempo de llevarse un dedo a una de sus heridas y dibujar con su sangre el signo de la cruz en el suelo. Después de besarla hizo el gesto de pedir confesión a lo que otro de sus asesinos, Juan Rodríguez Barragán, antes de golpearlo con un jarrón en la cabeza le gritó: "Al infierno, al infierno os iréis a confesar".

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Una momia errante

Como cuenta la doctora en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid, Carmen Martín Rubio, Pizarro había dejado por escrito su voluntad de ser enterrado "en la iglesia mayor de esta Ciudad de los Reyes, en la capilla mayor de la dicha iglesia", pero sus restos sufrieron diversos traslados hasta que en 1623 fueron dispuestos bajo una bóveda de la capilla mayor de la catedral de Lima. En el año 1881, el Ayuntamiento de la ciudad constituyó una comisión para exhumar e investigar los restos, aunque se hizo sin un excesivo rigor científico. Los investigadores hallaron en el lugar de enterramiento del conquistador una momia que presentaba varios golpes en la cabeza y en el cuello. Creyendo que se trataba sin duda de Francisco Pizarro, la enterraron en un mausoleo con todos los honores.

La Catedral de Lima e Iglesia Mayor del Perú, lugar donde Francisco Pizarro dejó escrito que quería que fueran enterrados sus restos. 

Foto: Istock

Los restos de Pizarro sufrieron diversos traslados hasta que en 1623 fueron dispuestos bajo una bóveda de la capilla mayor de la catedral de Lima. En 1881, el Ayuntamiento de la ciudad constituyó una comisión para exhumar e investigar los restos.

Y allí estuvo durante más de un siglo enterrada la momia que todos creían que era la de Pizarro. Tras recibir varios homenajes, el 18 de julio de 1977, durante unos trabajos de mantenimiento y remodelación de la catedral, unos operarios encontraron una misteriosa caja de plomo dentro de otra de madera. Tras abrir la de madera se hallaron unos huesos, y en el interior de la de plomo había un cráneo y una inscripción que no dejaba lugar a dudas: "Aquí está la cabeza del señor marqués Don Francisco Pizarro que descubrió y ganó los reinos de Perú y puso en la real Corona de Castilla". Los restos fueron entonces trasladados por las autoridades a una capilla situada en la nave derecha de la catedral, donde reposan desde entonces.

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