Un lugar estratégico en Líbano

El asedio de Tiro, la dura conquista de Alejandro Magno

En el 332 a.C. Alejandro Magno se enfrentó a la colosal tarea de conquistar la ciudad de Tiro, en el actual Líbano. Levantada sobre una isla y defendida por poderosas murallas, su conquista precisó la construcción de un enorme espigón desde la costa y el ataque conjunto por tierra y mar por parte de todo el ejército del rey macedonio.

Tiro asediada y capturada por Alejandro Magno en un dibujo realizado en 1696.

Foto: CC

Cuando Alejandro llegó a los muros de Tiro era ya un rey victorioso. Tras haber derrotado recientemente al rey del imperio persa, Darío III, su control del Levante Mediterráneo parecía asegurado. Pese al enorme poder militar del comandante macedonio, los habitantes de la ciudad se mostraron desafiantes, pues creían encontrase a salvo en su isla fortificada. La debilidad de la flota de Alejandro y el control persa del mar les infundieron la confianza suficiente para oponerse a este nuevo conquistador.

Tras conseguir la sumisión de las otras ciudades fenicias, Alejandro estaba convencido de conseguir lo mismo en Tiro sin ninguna dificultad. Así pues envió mensajeros para solicitar que le permitieran la entrada a fin de realizar sacrificios al dios supremo Melkart, una prerrogativa reservada al rey de la ciudad, en ese momento todavía Darío III. Según las fuentes de la época los tirios se negaron. El historiador antiguo Arriano de Nicomedia afirma que la ciudad prefería mantenerse neutral, pues esa sería “la decisión más prudente respecto al asunto de la guerra, el cual era todavía indeciso”. No hay que olvidar que, en esos momentos, el rey persa se encontraba reuniendo un inmenso ejército en Mesopotamia, y que en caso de ser vencedor, sin duda castigaría severamente a quiénes lo hubiesen traicionado. Por su parte, el también historiador Diodoro Sículo dice que “afrontaron alegremente la perspectiva de un asedio”, esperando ganar tiempo para Darío y conseguir de este grandes recompensas.

Una fortaleza inexpugnable

En lo que coinciden todos los autores antiguos es en que Alejandro montó en cólera y, después de destruir el distrito costero de Tiro, inició los preparativos del asalto. Aparte de ser un insulto a su corona, el desafío de Tiro sería un ejemplo para todos los que se le opusieran, mientras que la conquista de una fortaleza tan inexpugnable como era la isla mermaría considerablemente la voluntad de resistencia de los territorios por conquistar.

Tiro se encontraba a 700 metros de la costa, con un perímetro amurallado de 4.4 kilómetros de largo y 45 metros de altura. A los 9.000 defensores se sumaban 80 naves de guerra, contra las que poco podía hacer Alejandro. Por eso decidió construir un terraplén de rocas y tierra que conectara la isla con la costa y así poder usar a sus veteranas tropas en un asedio convencional.

Las ruinas de la parte continental de Tiro se utilizaron en la construcción del espigón, acarreadas por la población de las ciudades vecinas y los propios soldados. Arriano describe cómo primero se clavaron troncos de madera en el fangodel fondo marino para asegurar la estructura, sobre los cuales se vertieron piedras y ladrillos recubiertos con arena.

Mientras construían el espigón, los obreros eran bombardeados por las catapultas de la ciudad.

Los defensores se alarmaron al ver avanzar el espigón rápidamente hacia ellos. Así pues guarnecieron sus murallas con todavía más catapultas y, según Diodoro, enviaron a parte de sus mujeres y niños a su antigua colonia de Cartago. Alejandro dirigía las obras desde primera línea, animando a sus hombres con palabras y recompensas.

El progreso se retrasó al llegar a aguas más profundas, punto en el que las catapultas de la ciudad se sumaron al bombardeo incesante que la flota realizaba contra los obreros. Para proteger la construcción, Alejandro dispuso dos torres de asedio armadas con máquinas de guerra para repeler el ataque enemigo y una cobertura de madera con la que defender a los trabajadores en el extremo del terraplén.

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Busto de Alejandro Magno en el antiguo parque de la ciudad "Jardín de verano" en San Petersburgo, Rusia.

Foto: iStock

Contraataque tirio

Según los autores antiguos, numerosos prodigios acompañaron a esta primera fase de las operaciones. Alejandro mismo soñó que Melkart lo cogía de la mano y lo llevaba a la ciudad, uno de los defensores tuvo una visión en la que Apolo se marchaba de la ciudad condenada, por lo que los tirios ataron las piernas de su estatua al plinto con cadenas doradas.

Otro prodigio más creíble fue que un gran monstruo marino, quizás una ballena, fue arrojado por el mar contra el espigón, para luego escapar nadando. Algo que sin duda causaría gran inquietud en ambos bandos por su ambivalente interpretación.

Al margen de señales divinas, se sabe del cierto cuál fue el plan tirio para acabar con el avance del espigón. Prepararon una nave de carga con brea, madera, paja y antorchas, con el objetivo de incendiar las torres y defensas de los trabajadores. El barco fue lastrado en su popa para que la proa se incrustase en el terraplén y modificado con dos mástiles frontales equipados con calderos rebosantes de líquido inflamable.

Al producirse una brisa favorable, dos trirremes remolcaron este brulote que fue prontamente incendiado y se estrelló contra la mole. En este momento las torres de asedio estallaron en llamas y los soldados huían, hostigados por los disparos de las galeras fenicias. Además, cuenta Arriano que “muchos hombres se apresuraron desde la ciudad, embarcando en botes ligeros y atacando varias partes del terraplén, fácilmente derribaron la empalizada que dispuesta delante como protección y quemaron todas las máquinas de guerra a las que no llegó el fuego”. Impasible ante este duro revés, el rey macedonio prosiguió con la construcción del espigón, ensanchándolo y reconstruyendo la maquinaria de asedio destruida.

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Ataque naval

Para romper el punto muerto era necesario proveerse de una flota propia, con la que disputar el control del mar a los tirios. Alejandro se dirigió con su guardia a las ciudades ya conquistadas de Sidón y Biblos para reunir las naves disponibles y formar una armada propia. Al mismo tiempo, los macedonios recibieron la ayuda de reyes fenicios y chipriotas, que acaban de desertar junto con sus escuadras de la flota persa. Estos monarcas se aliaron con el conquistador de sus tierras, creando, junto con otras naves de la isla de Rodas, una poderosa flota de 224 barcos con la que tomar la plaza.

Los tirios quedaron asombrados ante el despliegue naval de Alejandro y se retiraron tras los muros, bloqueando la entrada a los puertos con galeras ancladas. Siguieron algunas escaramuzas entre ambas fuerzas que terminaron con la captura de unas pocas naves fenicias. Con los defensores aparentemente neutralizados, los atacantes se retiraron fuera del alcance de la artillería para rodear la isla.

La complacencia de su flota estuvo cerca de costarle caro al macedonio, pues aprovechando un momento en que parte de las tripulaciones se hallaba comiendo en tierra, los tirios atacaron. Las primeras naves que encontraron fueron tomadas por sorpresa y hundidas, por suerte las tripulaciones reembarcaron rápidamente, preparando sus naves para el combate. Alejandro destacó parte de sus galeras para cerrar la entrada al puerto, mientras él con otro escuadrón atacaba la flota enemiga.

Tomada entre dos frentes y sin posibilidad de escape, la armada tiria fue hecha pedazos. La mayoría de los marineros, al darse cuenta de su desesperada situación, abandonaron las naves y escaparon a nado hacia la ciudad.

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En rojo, el territorio que conquistó Alejandro Magno, en lo que terminó siendo un poderoso imperio.

Foto: iStock

El sitio se recrudece

Gracias a esta victoria naval, se pudo proseguir la construcción del terraplén hasta llegar a la muralla. Algunas naves fueron equipadas con catapultas, e incluso se las ató de dos en dos para llevar torres de asedio al combate.

Sometidos a ataques constantes desde todas direcciones, los tirios demostraron gran entereza e inventiva en la defensa de la ciudad. Diodoro describe algunas de las estratagemas que usaron. Ruedas de bronce giratorias desviaban los proyectiles, mientras las murallas eran recubiertas con sacos rellenos de algas que amortiguaban el impacto de las piedras de catapulta. Para reforzar el muro que sería atacado desde el espigón se construyó otro detrás del mismo grosor.

Con el fin de rechazar a los asaltantes, los tirios forjaron unos tridentes arrojadizos con los que ensartaban y arrancaban los escudos enemigos, otros atacantes eran atrapados por redes y arrojados al vacío. Al mismo tiempo, arena fundida era arrojada contra los macedonios, “filtrándose bajo sus corazas y túnicas, quemando la piel con su intenso calor”.

Los tirios atacaron a los asaltantes con arena fundida, que quemaba su piel con su intenso calor.

Además, afiladas hoces cortaban las cuerdas que sujetaban los arietes, ganchos de hierro arrastraban a los hombres a su perdición y metal fundido era vertido sobre los asediantes, mientras una continua lluvia de proyectiles caía sobre ellos. Esta implacable defensa resistió por un tiempo en el espigón, e incluso rechazó un ataque naval contra una brecha de la muralla.

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Asalto final

Al considerar llegado el momento decisivo del asedio, Alejandro preparó a sus hombres para el golpe definitivo. Sus naves abrieron una segunda brecha en la muralla marítima, por la que atacarían dos grupos desde las naves: uno de piqueros al mando de Ceno y otro de guardias liderados por el propio rey. A su vez, se lanzó a las naves restantes contra los puertos y se atacó también con torres de asedio desde el terraplén.

El asalto fue un éxito. Las naves abatieron sus puentes de asedio sobre la brecha y los macedonios entraron en la ciudad. El grupo de Alejandro fue el primero en dispersar al enemigo, encaramándose a la muralla y barriéndola de defensores. Simultáneamente la flota consiguió irrumpir en los muelles y desembarcar a todavía más macedonios.

Los tirios restantes se retiraron de las defensas exteriores y ofrecieron una última resistencia en el centro de la población, siendo todos pasados a cuchillo. Tras un duro asedio de siete meses, Tiro había sido finalmente conquistada.

Caída y saqueo

Se calcula que en la toma de la ciudad perecieron cerca de 8.000 hombres y un total de 30.000 personas fueron esclavizadas. Cuenta Arriano que la crueldad de los atacantes se vio exacerbada por la ejecución de algunos prisioneros macedonios, asesinados en las murallas a la vista de todo el ejército y arrojados al mar.

No todos los habitantes fueron ejecutados o capturados, pues los aliados de Alejandro rescataron cerca de 150.000 a bordo de sus naves y los pocos que se refugiaron en el templo de Melkart, incluido su rey, Acemilco, fueron perdonados por el macedonio.

Alejandro pudo celebrar finalmente su sacrificio, y con la toma de esta antaño inexpugnable fortaleza, se escribía otro capítulo de su leyenda. Las repercusiones políticas del episodio fueron escasas: el joven soberano tuvo que afrontar otro duro asedio en Gaza, lugar en el se encontraba una importante guarnición persa. Si bien en Egipto fue recibido con los brazos abiertos, fue más debido al odio que allí se profesaba a los persas que al saqueo de la pequeña Tiro.

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