Historia del arte

Antonio Fillol, la crítica social y la pintura de ideas

Comprometido con un concepto del arte que implicaba la crítica social, el pintor valenciano presentaba en los certámenes oficiales obras que desafiaban la moral de la época. Quizás esta actitud explica el desconocimiento general de su figura.

Autorretrato de Antonio Fillol, hacia 1917.

Foto: CC

Durante la primera mitad del siglo XIX, las paletas de los pintores españoles estaban impregnadas de líneas y temas pasionales, heroicos y patrióticos propios del Romanticismo. Sin embargo, a medida que se acerca el cambio de centuria, todas las facetas del arte toman una deriva más comprometida con la realidad que las rodea: alejándose de la exageración emocional de los románticos, los pintores (y escritores) realistas se inspiran en temas cercanos a la realidad que tratan de representar de forma fidedigna y precisa, acercándose a la objetividad. A menudo también se incluye dentro de esta línea el naturalismo, una corriente que busca representar el entorno físico también con objetividad, incluyendo, como el realismo, el retrato de las clases sociales más desfavorecidas.

Ambas tendencias artísticas aparecen directamente vinculadas al realismo y naturalismo francés de mitad del siglo XIX, del que destacan Courbet, Millet o Daumier entre otros, quienes dejaron atrás el romanticismo desafiando las convenciones academicistas imperantes en la época.

Precisamente es en este marco en el que se sitúa la pintura de Antonio Fillol, uno de los representantes del realismo social y del naturalismo de la historia del arte español. Este pintor valenciano nació el 3 de enero de 1870 en el seno de una familia humilde. En un principio ni su padre ni su madre apoyaron sus tempranas aspiraciones artísticas, pero él se empeñó, consiguió formarse y con sus primeros éxitos empezó a convencer a sus progenitores.

El vagón de tercera, Honoré Daumier, 1864. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

El vagón de tercera, Honoré Daumier, 1864. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Foto: CC

La representación de la realidad

Las primeras obras con las que destaca el joven pintor son de corte costumbrista, en cuyas escenas representa personajes y temas folklóricos. Ejemplo de ello es el cuadro La gloria del pueblo (Museo del Prado, 1895), en el que, sin abandonar la preocupación naturalista por la representación de la realidad, el autor plasma la llegada de una persona ilustre al pueblo y pone especial dedicación a retratar la cotidianidad de la gente que acude a recibirlo.

La Gloria del Pueblo, de Antonio Fillol

La Gloria del Pueblo, de Antonio Fillol

Foto: CC

De hecho en 1985 ganó un premio estatal por La gloria del pueblo, y el propio artista explicó así en sus memorias cuál será su siguiente objetivo: “con el dinero que el Estado me dio por La gloria del pueblo me dediqué al estudio con más afán que nunca. Rodeado de lienzos y libros, me pasé una larguísima temporada sin que nada ni nadie distrajera mi atención… Y convencido de que el arte no debe ser un simple juego de nuestras facultades representativas, sino la expresión de la Vida, me lancé al palanque en la Exposición de 1897 con La bestia humana”.

La bestia humana, Antonio Fillol. 1897. Museo del Prado, Madrid.

La bestia humana, Antonio Fillol. 1897. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Museo del Prado

Que el título de esta nueva obra aludiera a la célebre novela de Emile Zola era toda una declaración de intenciones, pues el cuadro representa una cruda escena de prostitución. Hasta ese momento nunca se había abordado tal tema en el arte de manera tan clara, haciendo evidente el absoluto rechazo del autor hacia la escena escogida. En ella vemos en primer plano a una joven angustiada que se tapa la cara, desesperada por no querer hacer lo que se espera de ella mientras la matrona la anima insistentemente a levantarse, pues en segundo plano vemos al hombre que, impasible ante la emoción de la escena, espera para recibir los servicios de la señorita. Llama la atención la posición social de los protagonistas, que interpelan directamente al jurado del certamen oficial al que fue presentada la obra, pues los protagonistas podrían ser uno de ellos, o la hija de uno de ellos. La frialdad que reina en el ambiente termina de revestir con más sordidez si cabe toda la escena.

Hasta ese momento ningún artista se había posicionado en contra de la prostitución en una obra de arte.

A pesar de que fue reconocido el valor técnico de la obra, el tema resultó muy incómodo para la hipócrita moral de la época y finalmente no le fue concedido el premio económico que correspondía a su reconocimiento. La carrera de Fillol se vio profundamente afectada por su continua denuncia social, en la que muy a menudo se hace un especial hincapié en la desfavorecida posición de la mujer. A pesar de todo, el pintor afirmó, sobre el cuadro, que “no quiero que ninguna pincelada indique que aquello es pintura, ni que distraiga al espectador del asunto”.

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Comprometido con la denuncia

La censura y el desprecio del academicismo no echaron para atrás la voluntad de denuncia del pintor, que siguió usando el arte como un medio para la reflexión y la crítica. En 1906 pintó una obra titulada El sátiro. La escena, inspirada en un suceso real, representa la rueda de reconocimiento de un presunto violador a la que su víctima, una niña de aproximadamente 6 u 8 años, asiste acompañada por su abuelo, que la protege con un gesto paternal frente a la indiferencia de los funcionarios encargados de la supervisión del acto. La obra fue retirada de la Exposición Nacional por su inmoralidad, y tuvieron que transcurrir casi 100 años para que viese de nuevo la luz. En 1914, Antonio Fillol presenta La rebelde. Ambientado en un campamento gitano, aquí la protagonista es una joven rechazada por el clan por no cumplir las exigencias establecidas por el sistema conservador y patriarcal.

La rebelde, Antonio Fillol, 1914. Museo del Prado, Madrid.

La rebelde, Antonio Fillol, 1914. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Museo del Prado

Siempre desde el costumbrismo y fiel al entorno que le rodeaba, Fillol demostró que a su juicio la pintura era una herramienta de denuncia, que el arte no podía estar vacío de contenido, pues “lo de menos en el Arte es el ropaje”. Y sentenciaba: “Si la pintura es artificio, no acumulemos engaño sobre engaño. Hagamos Vida, que lo demás… ya son demasiados para hacerlo. Sinceridad antes que nada.” Es lo que el propio artista llamaba “la pintura de ideas”.

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