De Sófocles a Yourcenar

Antígona, una heroína trágica de la mitología griega

Símbolo de lucha y determinación, Antígona es una mujer joven víctima y a la vez heroína, la única capaz de desafiar al tirano Creonte y la ley de la polis para poder dar sepultura a su querido hermano Polinices. A lo largo de los siglos, y de manera particular durante el XIX, su figura se convirtió en un sinónimo de resistencia y reivindicación.

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“El odio se cierne sobre Tebas como un sol atroz […] Los corazones están secos como los campos; el corazón del nuevo rey está seco como una roca. Tanta aridez llama a la sangre […] La misma Antígona, víctima del derecho divino, ha recibido la obligación de perecer como prerrogativa, y este privilegio puede explicar su odio.” Despeinada y sudorosa, entre las sombras de la noche la joven protagonista de la historia Antígona o la elección de Marguerite Yourcenar se abre paso entre tanques y cadáveres. Desafiando el edicto de su tío, el rey Creonte, intenta enterrar los restos abandonados de su amado hermano Polinices.

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En la obra de Yourcenar, así como en la tradición antigua en la que se basa el cuento, Antígona es una víctima, pero también una valiente heroína que se enfrenta sola al implacable Creonte. Su crimen es haber violado el decreto que prohíbe enterrar al mayor enemigo de la polis, Polinices, y haber desafiado al tirano. La joven personifica la desobediencia civl y la lucha contra una autoridad ciega, tanto que todavía en nuestros días puede compararse con muchas polémicas relacionadas con la política, el feminismo, los derechos de las personas excluidas, la justicia e incluso la bioética, como ocurre en la obra de Valeria Parrella, Antígona (2012).

Los orígenes de Antígona

De hecho, a partir de la tragedia que la convirtió en un personaje célebre, la Antígona de Sófocles, representada en Atenas en el 442 a.C., esta mujer que se enfrenta al poder delante de la indiferencia general nunca ha dejado de fascinar a activistas, escritores, dramaturgos y filósofos. En realidad, la joven paga el precio de pertenecer a una familia sobre la que los dioses lanzaron una maldición. Lo recuerda Sófocles y, antes que él, Esquilo, en los Siete contra Tebas. ¿Cuál es la terrible maldición que la persigue a ella, a su padre Edipo, a su madre Yocasta y a sus hermanos Eteocles y Polinices?

La joven paga el precio de pertenecer a una familia sobre la que los dioses lanzaron una maldición. Lo recuerda Sófocles y, antes que él, Esquilo, en los Siete contra Tebas

Con un papel destacado en el teatro clásico del siglo V a.C., la familia de Edipo es la protagonista de uno de los mitos griegos más angustiosos y evocadores. Todo empieza con Edipo, abandonado por su padre Layo al nacer porqué, según el oráculo de Delfos, el hijo mataría al padre para casarse con su madre, Yocasta. Sin embargo, unos pastores recogen a Edipo. El pequeño será criado por los soberanos de Corinto, quienes mantendrán ocultos sus verdaderos orígenes. Pero la suerte está destinada a cumplirse: por error, en el viaje de Corinto a Tebas, Edipo mata a Layo, consigue resolver el enigma de la Esfinge que aterroriza la ciudad y se convierte en rey de Tebas, casándose con su madre.

Edipo y la esfinge, un cuadro del pintor francés Jean Auguste Dominique Ingres (1808).

Edipo y la esfinge, un cuadro del pintor francés Jean Auguste Dominique Ingres (1808).

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Según un poema épico del siglo VIII a.C. casi completamente perdido, el Edipodia –atribuido a Cinetone de Esparta–, de la unión con Yocasta, Edipo no engendra descendencia. Según las versiones de los dramaturgos clásicos, fruto de la relación con su madre nacen cuatro hijos: Eteocles, Polinices, Ismene y Antígona. Pero en este momento, Edipo vive todavía sin saber nada. Cuando aparece un terrible brote de peste en Tebas, el rey intenta entender porqué los dioses quieren castigar a la ciudad. Entonces, la verdad sobre el parricidio y el incesto se descubre. Yocasta se ahorca y Edipo se arranca los ojos. Entre tanto, Eteocles y Polinices se reparten el gobierno a turnos, pero al final del mandato de Eteocles este se niega a entregar el poder a Polinices, quien acude al ejército tal y como se describe en los Siete contra Tebas. Al final de la batalla, los dos hermanos se apuñalan entre sí. Creonte, hermano de Yocasta, asume el trono. Para el defensor de su patria, Eteocles, decreta un entierro digno de un héroe, y emite un edicto que impide inhumar a Polinices, destinado en consecuencia a vagar como una sombre por el Hades.

Símbolo de lucha y reivindicación

Antígona regresa a Tebas y decide intervenir. No acepta la ley de Creonte y, a escondidas, trata de cubrir con tierra a Polinices. Creonte la descubre y la condena a ser enterrada con vida. Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona, se clava a sí mismo la espada y se ahorca a continuación. Desgarrada por el dolor, la madre de Hemón también se suicida, poniendo fin al linaje de Creonte, contra quien los tebanos no habían tenido el valor de rebelarse.

De la Antígona de Sófocles quedaron grabadas algunas afirmaciones que marcaron las siguientes reescrituras. Particularmente las que se refieren a los siguientes aspectos: el contraste político entre Creonte y Antígona y la condición de mujer de la protagonista. Al inicio de la obra, Ismene intenta disuadir a su hermana recordando: “Tienes que pensar que somos dos mujeres, que no nacimos para luchar contra los hombres”. Un agresivo intercambio de palabras entre Antígona y Creonte se hace eco de tal condición: “No comparto el odio, sino el amor”, afirma la joven, y le contesta así el tío: “Desciende bajo tierra y ámalos, si es necesario: nunca, mientras yo viva, una mujer prevalecerá”.

Antígona intenta enterrar a su hermano Polinices, óleo de Jean-Joseph Benjamin-Constant, 1868.

Antígona intenta enterrar a su hermano Polinices, óleo de Jean-Joseph Benjamin-Constant, 1868.

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Los dos temas centrales que más han prevalecido de la obra de Sófocles son el contraste político entre Creonte y Antígona y la condición de mujer de la protagonista

Y no solo eso: Antígona apelaba a las “leyes no escritas e innatas de los dioses” que contemplan un entierro justo para un cuerpo sin vida; Creonte reclama la legitimidad de la ley del estado, que castiga a los rebeldes. Antígona defiende el carácter sagrado de la familia, Creonte su propio gobierno. La impiedad proclamada por Creonte es para Antígona la piedad, nunca llegan a un acuerdo.

Durante siglos, el contraste entre Antígona y el tío permanece en la sombra, pero vuelve a encender la sensibilidad de los artistas cuando en la sociedad occidental se empieza a reflexionar sobre el individuo como parte del cuerpo social. En la Fenomenología del espíritu (1807), Hegel verá en Creonte y Antígona dos posiciones éticas irreconciliables: la virgen griega representa la expresión del oikos, casa o familia, mientras que Creonte es el portavoz de la polis, con sus leyes escritas y oficiales.

Desde la tragedia sofoclea, las numerosas reescrituras del mito apuntan precisamente a uno de estos dos aspectos: la reivindicación femenina o la defensa del individuo o la familia, amenazada por estados y dictaduras. Y no es casualidad que, salvo pocos precedentes, la mayor parte de las relecturas aparezcan en el siglo XX, un periodo de guerras cruentas y fratricidas, así como de luchas feministas. Muchos pensadores, como por ejemplo Luce Irigaray, Judith Butler e Adriana Cavarero, se reconocían en la hija de Yocasta, sola, en lucha contra el patriarcado, tejiendo un largo debate que tiene como objetivo socavar la famosa afirmación de la Ismene de Sófocles.

No es casualidad que la mayor parte de las relecturas aparezcan en el siglo XX, un periodo de guerras cruentas y fratricidas, así como de luchas feministas

Eteocles y Polinices, Giovanni Silvagn, 1800.

Eteocles y Polinices, Giovanni Silvagn, 1800.

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Antígona va a la guerra

Es más, las numerosas escrituras del siglo XX y XXI, especialmente de ámbito político, tienden a mostrarse en formato teatral porque, como en la tragedia clásica, el escenario es un lugar de desencuentros y catarsis, así como una herramienta para involucrar el pensamiento crítico de los espectadores.

Merece la pena recordar dos famosas interpretaciones teatrales de Antígona –la de Jean Anouilh (1941-42) y la de Bertolt Brecht (1947)– que se refieren ambas a la Segunda Guerra Mundial. En la obra de Anouilh, hija del periodo del gobierno colaboracionista francés de Pétain, Antígona es un niño burgués que lleva a cabo un acto desesperado consciente de que no tiene perspectiva de futuro. En cambio, Creonte es un legislador pragmático, pero su castigo está destinado a convertirse en una culpa colectiva, como grita el coro: “ ¡No dejes morir a Antígona, Creonte! ¡Esta herida nos hará sufrir a todos durante siglos!” La guerra es también protagonista en Brecht, que abre la tragedia con la imagen desgarradora de un Polinices ahorcado por las SS y exhibido en una calle de Berlín en abril de 1945. Como desertor, es castigado por el régimen nacionalsocialista que representa Creonte, y del que Antígona es opositora.

Como heroína de la disidencia política, Antígona cambiará de máscara más de una vez: se parece, por ejemplo, a las madres argentinas de la Plaza de Mayo, que luchan contra la dictadura y piden noticias de sus hijos desaparecidos en la obra de Griselda Gambaro Antígona furiosa (1986). Antígona se convierte también en un símbolo del exilio y de la marginalidad durante y después de la Guerra Civil española, este conflicto fratricida que tanto recuerda al enfrentamiento entre Eteocles y Polinices. Entre otros, tanto el catalán Salvador Espriu como la española María Zambrano conversan con la hija de Edipo durante los duros años del franquismo. En la tumba de Antígona (1967), Zambrano convierte a la virgen en una figura de la piedad, que consigue finalmente purificarse en los últimos instantes de su vida. Más cínico, Espriu la convierte en un símbolo del perdón, aunque sugiere que su sacrificio será en vano.

Edipo y Antígona, óleo de Charles Jalabert.

Edipo y Antígona, óleo de Charles Jalabert.

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Si en el escenario y en la historia nada cambia es porqué los hombres, los espectadores, fueron y son aún verdugos, no solamente víctimas. El culpable ahora no es únicamente Creonte, con sus leyes que no contemplan el amor: el culpable es el silencio de quienes no se oponen a Creonte ni asumen las responsabilidades individuales, como en cambio sí hace la heroína de Sófocles. Así lo subraya también la célebre y provocadora puesta en escena de Antígona del Living Theatre presentada en gira durante los mismos años que el mundo presenciaba la Guerra de Vietnam: inmediatamente después de los aplausos los actores se alejaban asustados de los espectadores, que se habían convertido en un asesino más junto a los legisladores. Esto explica el eterno encanto de esta pequeña y joven mujer inmortalizada por Sófocles: seguirá reviviendo cada vez que pueda desafiar las imposiciones o la indiferencia. Siempre sola, despeinada, armada de compasión y obstinada, porque la empujaba el sentimiento de su propio corazón. “El péndulo del mundo es el corazón de Antígona”, así termina su maravillosa historia Marguerite Yourcenar.