Una bailarina histórica

Anna Pavlova, la gran dama rusa del ballet

Anna Pavlova dedicó toda su vida al ballet. A pesar de sus problemas de salud y de su delicada constitución física, la genial bailarina rusa consiguió llegar a la cima y ser una de las principales artistas del Ballet Imperial Ruso. También fundó su propia compañía, con la que recorrió el mundo logrando convertirse en una de las bailarinas más importantes de todos los tiempos.

Anna Pavlova posando antes de interpretar La muerte del cisne en el año 1905.

Foto: Cordon Press

El 12 de febrero de 1881 nació Anna Pavlova, la que se convertiría en una de las bailarinas más grandes de todos los tiempos. Su eterna y misteriosa sonrisa, su genialidad para la danza y su perseverancia hicieron de la gran bailarina una fuente de inspiración para todos aquellos que tuvieron la fortuna de actuar junto a ella. A la vez que los teatros de todo el mundo se venían abajo con los aplausos de los espectadores, a Anna Pavlova se le rendía homenaje en multitud de países erigiendo en su honor estatuas, dando su nombre a delicados perfumes y también a deliciosos pasteles. Mientras en San Petersburgo "la Pavlova" triunfaba con el Lago de los Cisnes, sería en Londres donde la bailarina encontraría la felicidad, e incluso abriría un estudio de danza.

La cultura del esfuerzo

Anna Pavlova vino al mundo en un hospital militar de San Petersburgo donde su padre, Matvey Pavlovich Pavlov, servía en el Regimiento Preobrazhensky. Su madre, de origen campesino, trabajaba lavando la ropa en casa de un rico banquero ruso-judío llamado Lazar Polyakov. Algunas fuentes apuntan a que el padre de Anna murió cuando ella tenía dos años y que en realidad ella era hija ilegítima del propio Polyakov, aunque nunca la reconoció oficialmente. Anna nació de manera prematura y fue una niña enfermiza por lo que su madre decidió enviarla a vivir con su abuela a Ligovo, en la actualidad un barrio histórico de San Petersburgo, donde las condiciones de vida eran mejores. Una vez, su madre la llevó al Teatro Imperial Maryinsky para ver una representación de la Bella durmiente dirigida por el coreógrafo Marius Petipa. La pequeña Anna quedó maravillada con el espectáculo, que marcaría un antes y un después en su vida.

Anna nació de manera prematura y fue una niña enfermiza por lo que su madre decidió enviarla a vivir con su abuela a Ligovo, en la actualidad un barrio histórico de San Petersburgo, donde había mejores condiciones de vida.

La bailarina Anna Pavlova fotografiada en 1916 interpretando el papel de Libélula.

Foto: Cordon Press

Anna quería entrar en la Escuela Imperial de Ballet (en la actualidad, la prestigiosa Academia Vagánova), pero era demasiado joven y fue rechazada. Tampoco ayudaba mucho su aspecto enfermizo, su extrema delgadez y sus pies arqueados. Sus delgados tobillos, así como sus largas extremidades, chocaban constantemente contra su cuerpo, que se alejaba mucho de los cánones de belleza establecidos para las bailarinas de la época. A pesar de ello, cuando cumplió diez años, Anna finalmente fue admitida en la escuela y pudo iniciarse en la danza con maestros de la talla de Pavel Gerdt, Christian Johansson o Eugenia Sokolova. Tras siete años de durísimo entrenamiento y de seguir un régimen muy severo, con el que su condición física mejoró espectacularmente, así como de soportar las burlas de sus compañeros que la apodaban "la escoba" o "la petite sauvage" (la pequeña salvaje), Anna siguió trabajando sin descanso. "Nadie puede llegar al éxito solo por tener talento. Dios da talento, el trabajo transforma el talento en genio", diría más adelante.

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Aire nuevo en el escenario

Anna Pavlova hizo su debut oficial en 1899, en el Teatro Mariinsky, en la obra Les Dryades prétendues (Las falsas dríades), de Pavel Gerdt. Su actuación fue tan espectacular que recibo elogios de toda la crítica especializada, sobre todo de Nikolai Bezobrazov. Los periódicos de la época la alabaron hasta el límite en sus crónicas: "Flexible, llena de vida y apasionada, grácil y delicada. Cuando Anna Pavlova baila cambia el estado de ánimo del teatro. Pavlova, una nube se cierne sobre la tierra, una llama parpadeante, una hoja de otoño, impulsada por una ráfaga de viento helado, su talento es superior a todo". El entusiasmo de Anna por el baile a veces llegó a causarle algún que otro contratiempo. En una ocasión, durante su actuación en La hija del faraón, sus enérgicos movimientos le hicieron perder el equilibrio y cayó encima de la caja del apuntador. A pesar de que sus tobillos seguían siendo débiles y le daban problemas, Anna siguió actuando en obras que presentaban una gran dificultad como La bella durmiente o La Camargo.

El entusiasmo de Anna por el baile a veces llegó a causarle algún que otro contratiempo. En una ocasión, durante su actuación en 'La hija del faraón', sus enérgicos movimientos le hicieron perder el equilibrio y cayó encima de la caja del apuntador.

Anna Pavlova en El lago de los cisnes, en 1920.

Foto: Cordon Press

En 1905, Anna triunfó con su excepcional actuación en La muerte de Cisne, una pieza realizada para ella por el coreógrafo Mijaíl Fokine que se baila al ritmo del cuento El cisne, que forma parte de El carnaval de los animales, obra del compositor francés Camille Saint-Saens. Un año después, en 1906, obtuvo el papel principal en la obra El lago de los cisnes y fue nombrada Prima Ballerina de la compañía. En 1907, en la cúspide de su éxito, Anna empezó a realizar giras por toda Europa con la compañía de Fokine, de la que se convirtió en la estrella indiscutible. En el año 1909, actuaron brevemente en teatros de Londres y París, pero en 1910, Anna, cansada de la gran competencia que se estaba empezando a entablar entre los diversos artistas, entre ellos el bailarín de origen polaco Vaslav Nijinsky, de la estética de las coreografías, que no la convencía, y a causa de algunos motivos personales, acabó dejando la compañía.

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Una gira eterna

Decidida llevar el arte a todos los rincones del planeta, "la Pavlova", como se la conocía, creó su propia compañía y recorrió el mundo promocionando la escuela rusa de ballet y actuando no solo en grandes recintos, sino también en locales mucho más pequeños. Anna, como una auténtica profesional, se esforzaba lo mismo cuando bailaba para un público más entendido como cuando lo hacía para otro más humilde. Su compañía, compuesta por unas cincuenta personas, viajó por varios países actuando nueve veces por semana, y ella aparecía al menos una vez en cada actuación. Gracias a Anna Pavlova, el ballet ruso irrumpió con enorme éxito en la escena internacional, de tal modo que en muchos países surgieron pequeñas compañías de danza amateur y teatros de ballet nacionales. Y muchas de las jóvenes que daban sus primeros pasos sobre un escenario, calzadas con sus zapatillas de ballet, soñaban con llegar a ser alguna vez como Anna Pavlova.

Gracias a Anna Pavlova, el ballet ruso irrumpió con gran éxito en la escena internacional, de tal modo que en muchos países surgieron pequeñas compañías de danza amateur y teatros de ballet nacionales.

Anna Pavlova junto a su amigo Charles Chaplin en una imagen tomada en los años veinte.

Foto: Cordon Press

Tras dejar Rusia, Pavlova se mudó a Londres en 1912, donde viviría el resto de su vida. Desde la capital británica empezó una gran gira mundial que la llevaría a Estados Unidos, donde trabó una profunda amistad con el actor Charles Chaplin. En pleno conflicto bélico en Europa, Pavlova recaló en Alemania en 1914. Allí, la famosa bailarina fue detenida y acusada de espionaje, por lo que tuvo que regresar de nuevo a Rusia, que por aquella época ya había entrado en la Primera Guerra Mundial. Anna Pavlova viajó también por América Latina, donde visitó Montevideo, Buenos Aires, Santiago, Lima, La Paz, Quito o Caracas. También estuvo en Cuba en tres ocasiones, dejando en la isla una profunda huella.

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Una diva solidaria

Al principio de su carrera, Anna Pavlova conoció a Victor Dandré, un funcionario de la Duma (el Parlamento ruso) y gran amante del ballet que, en una biografía del año 1932, dijo que era su marido y manager. Al parecer la pareja se casó en secreto en el año 1914, y su relación fue una auténtica puesta en escena: trágica y pasional. Anna Pavlova se dejó querer por Victor, que le regalaba flores y hasta le pagó todo su vestuario y el alquiler de un apartamento con una sala especial para que la diva pudiera ensayar. Victor admiraba profundamente a Anna y escribió a menudo sobre los espectáculos benéficos que ofreció "la Pavlova" y sobre los múltiples actos de caridad que llevó a cabo en apoyo a los huérfanos de su país, "...quienes estaban en peligro de encontrarse literalmente en la calle. Ya sufrían terribles privaciones y parecía que pronto no habría medios para continuar con su educación". Según Dandré, Anna era asimismo una gran amante de los animales, algo que se evidencia en algunas de las fotografías en las que posó con alguna de sus mascotas; incluso se hizo un retrato con Jack, su cisne favorito.

Victor Dandré escribió mucho acerca de los espectáculos benéficos que ofreció 'la Pavlova' y sobre los múltiples actos de caridad que realizó en apoyo a los huérfanos de su país.

Anna Pavlova posando con su cisne Jack en agosto del año 1927. 

Foto: Cordon Press

Una de las últimas fotografías de Anna Pavlova tomada antes de su muerte el 23 de enero de 1931.

Foto: Cordon Press

En el año 1930, Anna Pavlova realizó su última gira por Europa, tras la que decidió volver a París y encontrarse más tarde con Victor en La Haya. Pero el tren en el que viajaba la gran dama del ballet sufrió un aparatoso accidente, y Anna bajó de su vagón para ver qué era lo que había sucedido y si podía ayudar en algo. Cuando comprobó que había personas heridas, Anna corrió a socorrerlas en medio de un frío gélido, lo que le acarreó contraer un fuerte resfriado. A su llegada a La Haya, la salud de Anna empeoró y pidió que el doctor Zalewski, su médico personal que vivía en París, acudiera a atenderla a la ciudad holandesa. Tras verla, el médico le diagnosticó una neumonía que requería de una cirugía de urgencia y la avisó con pesar de que a partir de entonces ya no podría volver a subirse a un escenario. En esas condiciones, Anna se negó a someterse a ningún tipo de intervención y dijo: "Si no puedo bailar, prefiero estar muerta". Así, la infección pulmonar la fue debilitando poco a poco, hasta que el 23 de enero de 1931 "el cisne" fallecía poco antes de cumplir los cincuenta años.