Maravillas de tierras lejanas

Animales exóticos, un comercio milenario

Desde el surgimiento de las primeras civilizaciones, la captura y comercio de animales exóticos ha sido muy habitual con finalidades de entretenimiento, diplomacia u ostentación, entre otras razones.

The nubian giraffe

Foto: Royal Collection

Si el comercio es tan viejo como la civilización, no es menos cierto que un tipo particular de negocio ha florecido en todas las épocas: el de animales exóticos. A veces se trataba del simple capricho de personajes ricos y poderosos que querían impresionar a sus invitados; de un gesto de diplomacia para acompañar una alianza o de hospitalidad para agasajar a un huésped; otras veces por razones ligadas al culto, la magia o las creencias; o bien para el entretenimiento, de forma más o menos cruel: los motivos han sido muchos y en no pocas ocasiones han causado la extinción de especies enteras o casi.

Prestigio y diplomacia

Entre las primeras representaciones del comercio de animales exóticos hay que mencionar los relieves del templo mortuorio de Hatshepsut en Deir el-Bahari, que ilustran la empresa más conocida de la reina faraón: la expedición a la legendaria tierra de Punt, situada probablemente en el Cuerno de África. En ese viaje se intercambiaron no solo productos de lujo sino también animales salvajes, como regalo personal entre soberanos. Este tipo de obsequios ha sido algo común en todas las épocas: es conocido, por ejemplo, el amor que Carlomagno sentía por su elefante Abul-Abbas, regalo del califa Harún al-Rashid, hasta el punto de decretar un luto nacional cuando murió su querida mascota.

Perros, pájaros y caballos han sido a lo largo de la historia los animales más comunes como regalo diplomático: en las sociedades que apreciaban la caza o la cetrería, era una manera no solo de sellar alianzas, sino también de permitir que los mandatarios se conocieran a nivel personal en un ambiente menos protocolario. A veces los animales regalados podían llegar a ser una amenaza, como era el caso de los grandes felinos; otros, sin ser depredadores, podían resultar igualmente peligrosos si se asustaban, como los elefantes. Poseer animales salvajes como mascotas era una escenificación del poder del rey sobre las fuerzas de la naturaleza, aunque a menudo estos eran criados como mascotas desde su nacimiento y representaban un peligro menor del que aparentaban, aunque no por ello desdeñable.

Zarafa

Zarafa

En 1826, el virrey de Egipto Mehmet Alí regaló tres jirafas a diversos reyes europeos para intentar ganarse su favor. Esta acuarela del pintor Nicolas Huet II retrata a Zarafa, que fue regalada el rey francés Carlos X y vivió durante 18 años en el Jardín de Plantas de París, así como al que fue su cuidador hasta su muerte, Hassan.

Foto: The Morgan Library & Museum

Animales divinos

Otros, menos afortunados, eran sacrificados en honor a los dioses; principalmente aquellos que eran un símbolo de poder, como toros y carneros. De nuevo el antiguo Egipto es un caso particular por ser una cultura que, como ninguna otra, ha elevado los animales a la categoría de dioses. Las divinidades del panteón egipcio a menudo tenían formas híbridas -seres con cuerpo de persona y cabeza de animal- o completamente animales, y estaban ligadas a una o más criaturas que se consideraban una manifestación terrenal de ellos.

Los ejemplares especialmente hermosos o con algún rasgo peculiar -por ejemplo, albinismo o manchas con formas particulares en el pelaje- eran considerados una encarnación del dios, criados en los templos y, tras su muerte natural, embalsamados y conservados para que su alma pudiera vivir. Esta identificación no era aleatoria, puesto que dichos animales manifestaban las características del dios en cuestión: el hipopótamo, por su comportamiento agresivo, pertenecía al violento dios Set; el chacal, que vagaba devorando la carroña de los animales muertos, era una manifestación de Anubis, el guía del inframundo; el temible cocodrilo no podía ser sino Sobek, de cuyo sudor había surgido el Nilo (aunque siendo quisquillosos hay que decir que el mito ignora un pequeño detalle: los cocodrilos no sudan).

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Espectáculos salvajes

Pero el entretenimiento es, seguramente, la motivación que más ha impulsado el comercio de animales, especialmente exóticos. Una de las primeras manifestaciones de espectáculos con animales de la que tenemos constancia era la taurocatapsia o salto del toro, practicado en la civilización minoica y más tarde en algunas zonas de la Grecia continental. Mucho más famosas son las venatio romanas, en las que hombres entrenados y armados se enfrentaban a todo tipo de bestias salvajes: aunque muchas veces eran animales comunes en la zona, como lobos o jabalíes, para las grandes ocasiones -como la inauguración del Coliseo durante el reinado de Tito- se organizaban expediciones a territorios lejanos para traer especies exóticas y desconocidas. Hay que diferenciar este tipo de espectáculos de la condena a las fieras (damnatio ad bestias), uno de los métodos de ejecución más crueles de la antigua Roma, en la que se arrojaba a los condenados a la arena para ser devorados.

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La Edad Moderna, gracias a la evolución de los medios de transporte, vio como el comercio de animales adquiría una dimensión global como nunca antes había tenido. Dos fenómenos en particular se pusieron de moda: los circos y los zoológicos privados, propiedad de reyes y aristócratas que, en sus tierras, coleccionaban todo tipo de animales exóticos: elefantes, cebras, jirafas… Una pasión que, por lo visto, no conocía fronteras: el emperador azteca Moctezuma tenía también una considerable colección de animales, distribuidos en diversos recintos, e incluso un “acuario” compuesto por veinte estanques. El primer zoo en el sentido moderno, con espacios separados para las distintas especies, fue el de Viena: fundado en 1752 por los Habsburgo en el parque del palacio de Schönbrunn, es el zoológico más antiguo del mundo todavía en funcionamiento.

Una de las páginas más contradictorias del comercio de animales se escribió en el siglo XIX, cuando se desató una carrera desenfrenada entre los museos de historia natural para ampliar sus colecciones de fauna. Aquel afán, supuestamente en nombre del conocimiento, tuvo como resultado una matanza de animales a gran escala que diezmó severamente las poblaciones de un gran número de especies, llegando a extinguir a no pocas de ellas. Paralelamente, los ecosistemas han sufrido cambios drásticos en los últimos siglos, debido al comercio a gran escala de animales exóticos vivos que se han convertido en una competencia para la fauna local. Uno de los grandes retos de nuestra época es, precisamente, controlar y revertir en la medida de lo posible los efectos que ha tenido el ancestral deseo humano de apropiarse de lo salvaje.

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