Un hallazgo impresionante

Altamira, el nacimiento del arte rupestre europeo

Las pinturas que decoraban el interior de la cueva de Altamira, en la localidad cántabra de Santillana del Mar, fueron descubiertas en 1879, pero la comunidad científica de la época, muy reticente a admitir que el hombre primitivo era capaz de realizar una obra de tal belleza, tardó veinte años en aceptar su autenticidad.

La cueva de Altamira es uno de los máximos exponentes del arte rupestre europeo.

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Hacia el año 1868, Modesto Cubillas, un vecino de Altamira aficionado a la caza, penetró en una cueva donde había entrado su perro. Cubillas era aparcero de Marcelino Sanz de Sautuola, a quien comunicó su hallazgo. Además de propietario de tierras y licenciado en Derecho, Sautuola (nacido en 1831) era persona de múltiples inquietudes: a su inclinación por las ciencias naturales sumaba una gran afición por la arqueología, disciplina que daba sus primeros pasos. No sólo había reunido una colección de fósiles y objetos de sílex tallados, sino que seguía lo que se publicaba en Europa relativo a este campo, y este interés le llevó a visitar la cueva de Altamira en 1876, donde excavó en busca de materiales paleolíticos.

Su pasión por estas cuestiones se acrecentó con la visita que realizó a la Exposición Universal celebrada en París en 1878, en cuyo pabellón de Ciencias Antropológicas tuvo oportunidad de examinar los materiales prehistóricos allí expuestos, y durante la que recogió las noticias más recientes de los avances en ese ámbito.

Imagen de Marcelino Sanz de Sautuola.

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Bueyes pintados

La estancia en París indujo a Sautuola a explorar varias cuevas cercanas a las localidades donde residía: Santander y Puente San Miguel. Esta última, donde contaba con propiedades, se hallaba próxima a Santillana del Mar, en cuyo término se encontraba la cueva de Altamira, a la que volvió entre el verano y el otoño de 1879. Esta vez le acompañaba su hija María, de ocho años y medio. Mientras él exploraba el suelo en busca de huellas de antiguas ocupaciones humanas, la pequeña, que sostenía una lámpara, iluminó jugando la bóveda de la cavidad donde se encontraba. Cuando dirigió la vista al techo, exclamó: "¡Mira, papá, bueyes pintados!". Habían transcurrido miles de años desde que unos ojos humanos se habían posado por última vez sobre los bisontes de la sala de los Policromos. Sautuola explicó por qué no había advertido antes la presencia de aquellas pinturas: "Para reconocerlas hay que buscar los puntos de vista, sobre todo si hay poca luz, habiendo ocurrido que personas que sabían que existían, no las han distinguido por colocarse a plomo de ellas".

Habían transcurrido miles de años desde que unos ojos humanos se habían posado por última vez sobre los bisontes de la sala de los Policromos.

Bisontes de color pintados en las paredes de la cueva de Altamira.

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El descubrimiento de esa fascinante creación hubiera podido suponer la gloria para el estudioso cántabro, pero sólo fue el inicio de un purgatorio que se prolongó hasta su muerte. Sautuola no tuvo ninguna duda acerca de la autoría de las pinturas: eran obra de gentes del Paleolítico, las mismas cuyos restos materiales había encontrado en el suelo de la cueva, y en 1880 publicó Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, donde daba cuenta del descubrimiento. Uno de los primeros académicos en confirmar las ideas de Sautuola fue el geólogo y médico Juan Vilanova y Piera, catedrático de Paleontología de la Universidad de Madrid y por entonces la máxima autoridad española en materia de Prehistoria. Vilanova visitó la cueva en aquel año y desde entonces fue uno de los más firmes defensores de la autoría prehistórica de tan excepcionales representaciones.

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¿Un engaño?

Pero la idea de que las pinturas fuesen obra del hombre "primitivo" (al que se atribuían escasas capacidades intelectuales) suscitó amplias reservas, como en el caso de Francisco Quiroga y Rafael Torres, profesores de la Institución Libre de Enseñanza. Ambos visitaron la cueva también en 1880 y publicaron un informe en el que el asombroso carácter de las imágenes llevaba a rechazar su antigüedad: "En la técnica del pintor de Altamira entran estos elementos: perspectiva lineal, perspectiva aérea, color desleído en agua o grasa, pincel", lo que juzgaban incompatible con las facultades del hombre paleolítico: "No busquemos en ningún arte que comienza, pinturas parecidas a las de Altamira". Dado que las consideraban de época posterior, sugirieron que fueron obra de soldados romanos que ocuparon el territorio cántabro.

La idea de que las pinturas fuesen obra del hombre "primitivo" (al que se atribuían escasas capacidades intelectuales) suscitó amplias reservas.

Un gran ciervo decora una de las paredes de la cueva de Altamira.

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La prevención ante un hallazgo tan singular (puesto que hasta entonces no se había descubierto ninguna pintura parietal y su factura parecía asombrosamente moderna) se extendió a los expertos franceses, como Émile Cartilhac, el organizador de la sección de prehistoria de la Exposición de París. En 1881 rechazó la autoría paleolítica y consideró que las imágenes se habían plasmado entre 1876 y 1879, época de las dos visitas de Sautuola a la cueva, pero aceptó sin vacilar el carácter paleolítico del poblamiento de Altamira, a tenor de los útiles y restos de fauna hallados. Cartailhac basaba su opinión en los trabajos del ingeniero Édouard Harlé, quien observó que la pintura se podía desprender con el dedo, de lo que infirió que era reciente (aunque había pruebas que avalaban la antigüedad de las pinturas, como concreciones calcáreas formadas sobre las mismas).

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El reconocimiento

Probablemente Harlé se vio influido por el ambiente local, en el que había corrido la voz de que las pinturas eran un engaño atribuido al pintor Paul Ratier, quien había hecho para Sautuola una copia de las pinturas que apareció en sus Breves apuntes... Gabriel de Mortillet, colega de Cartailhac, expresó la razón de fondo de las suspicacias con que se acogió el hallazgo: las pinturas fueron hechas "para que todos se rían de los crédulos paleontólogos". La polémica concluyó unos años después del fallecimiento de Sautuola, acaecido en 1888.

Había corrido la voz de que las pinturas eran un engaño atribuido al pintor Paul Ratier, quien había hecho para Sautuola una copia de las pinturas.

Imagen clásica de un bisonte rojo pintado en la cueva de Altamira.

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El descubrimiento de grabados y pinturas parietales, entre 1890 y 1901, en las cuevas francesas de La Mouthe, Pair-non-Pair, Les Combarelles, Mas d’Azil y Font-de-Gaume zanjó la cuestión en favor de Altamira: eran muchos los lugares donde los hombres del Paleolítico habían producido imágenes tan admirables como las de la gruta cántabra (bisontes incluidos). Y, en un gesto de honradez intelectual, Cartailhac publicó en 1902 su famoso artículo "Les cavernes ornées de dessins. La grotte d’Altamira (Espagne). Mea culpa d'un sceptique", en la revista L’Anthropologie, donde reconocía la autenticidad de las pinturas de Altamira, que desde entonces se convirtieron en el más impresionante ejemplo de arte rupestre europeo.