¿Puros charlatanes o precursores de la ciencia?

Los alquimistas y la búsqueda de la piedra filosofal

Cuando se habla de alquimistas a menudo se piensa en una especie de pseudocientíficos fantasiosos, pero esta disciplina está estrechamente relacionada con el desarrollo de ciencias como la química y la farmacia.

El Alquimista, Joseph Wright of Derby

Foto: Derby Museum and Art Gallery

La piedra filosofal, la panacea, el elixir de la vida eterna… A lo largo de la historia se ha dado todo tipo de nombres a una fantomática sustancia capaz de obrar todo tipo de milagros, desde tranformar metales básicos en preciosos hasta conceder la vida eterna: conseguirla era la “gran obra”, el objetivo último de los alquimistas. Pero a pesar de ser una pseudociencia, la alquimia basaba sus principios en procesos que, al menos en la teoría, eran posibles.

La palabra alquimia deriva del árabe al-kimia, que a su vez toma el término del griego chyma, que designa la acción de fundir o derretir un metal. El concepto aparece descrito por primera vez en el siglo III a.C. por Bolos de Mendes, un pensador del Egipto ptolemaico seguidor de la escuela neopitagórica, que al igual que su fundador mezclaba pensamiento científico y filosófico. Resulta interesante que casi contemporáneamente, en la lejana China, los pensadores taoístas escribieron también acerca de la transmutación de sustancias.

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La legendaria piedra filosofal

A pesar de su nombre, la piedra filosofal no era necesariamente una roca, sino una sustancia de naturaleza indefinida que tendría la capacidad de transformar metales básicos en preciosos a través de un proceso llamado crisopea o argiropea (cuyo significado en griego es, respectivamente, “creación de oro” y “creación de plata”).

Esto se conseguía supuestamente fundiendo el metal original y mezclándolo con un fragmento de piedra filosofal, cuyo contacto lo transformaría en oro o plata. El concepto tiene en su base una cierta lógica científica inspirada en las reacciones químicas, puesto que mediante la simple observación se puede ver que ciertas sustancias, al mezclarse con otras, se transforman: un ejemplo muy simple es la oxidación del hierro. Por supuesto, estas reacciones no tienen nada que ver con el paso de un elemento a otro, para lo cual habría que alterar el número de protones de los átomos, pero en aquella época tales conceptos eran desconocidos.

Se creía que se podía obtener oro y plata fundiendo otro metal y mezclándolo con un fragmento de piedra filosofal, una idea inspirada en las reacciones químicas.

El reto era “simplemente” hallar la sustancia capaz de producir oro y plata y a lo largo de los siglos se propusieron muchos ingredientes para la mezcla, a los que se atribuían propiedades transformadoras. Algunos de los que se mencionan más frecuentemente son la pirita, un mineral muy común compuesto de hierro y azufre que al golpearla con ciertos metales desprende chispas; y el ácido tartárico, que se puede obtener de varias plantas y del mosto de las uvas, y que en contacto con otras sustancias da como resultado la precipitación de sólidos y el cambio de color en los líquidos.

Finalmente, en 1980 el científico Glenn T. Seaborg logró mediante un experimento de física nuclear transmutar plomo en oro, pero el elevado coste del procedimiento y la minúscula cantidad de oro obtenido hacían inviable cualquier uso comercial; lo que no resta mérito al hecho de ser la persona que más se ha aproximado a inventar la piedra filosofal.

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El elixir de la vida eterna

La búsqueda de la piedra filosofal se vio impulsada en la Edad Media por dos motivos: las mejoras en las técnicas de elaboración del cristal y el desarrollo de la química por parte de los científicos del mundo musulmán, quienes también recuperaron las teorías de la chyma. A través de la traducción de los antiguos textos griegos este conocimiento llegó a Europa, donde gozó de gran atención durante el Renacimiento.

Más que sus supuestos poderes transformadores, el principal interés que despertaba provenía de tratados de filósofos de la Grecia clásica que hablaban de una panacea, es decir, una medicina para todos los males, que se obtenía preparando una infusión con polvo de piedra filosofal. Algunos la definían incluso como una especie de elixir que podía alargar la vida, con descripciones tan fantasiosas como que al beberla se caía la piel, el pelo y las uñas y de debajo de ellos emergía un cuerpo joven y sano, libre de cualquier achaque o enfermedad que padeciera anteriormente. Los más aventurados incluso afirmaban que después de beber el líquido ya no se necesitaba ingerir ningún alimento y el individuo se volvía inmortal.

Durante el Renacimiento se creía que era posible obtener una panacea, es decir, una medicina para todos los males, preparando una infusión con polvo de piedra filosofal.

A esa época pertenece el que seguramente sea el alquimista más famoso, Nicolás Flamel, un escribano y librero parisino que afirmó, entre otras fantasiosas fanfarronadas, haber descubierto realmente la piedra filosofal y haber logrado la inmortalidad gracias a ella: si algún ingenuo se lo creyó, debó de quedar muy decepcionado cuando Flamel murió en 1418. Otro nombre de obligada mención es el de Paracelso, pseudónimo de Theophrastus Bombast von Hohenheim: en el siglo XVI este médico suizo despojó la alquimia de parte de su componente mágico y dio un primer paso hacia una aproximación científica, lo que se considera el nacimiento de la farmacia moderna.