El explosivo que abrió una nueva era de posibilidades

Alfred Nobel y la invención de la dinamita

La dinamita, inventada por Alfred Nobel en 1866, supuso una revolución en el campo de los explosivos. Fue utilizada con fines muy diversos como la minería, las infraestructuras ferroviarias y, tristemente, también la guerra y el terrorismo.

Alfred Nobel, el inventor de la dinamita

Alfred Nobel, el inventor de la dinamita

Foto: Gösta Florman / The Royal Library (CC)

La anécdota que llevó a la creación de los Premios Nobel es bastante conocida: en 1888 su creador, Alfred Nobel, leyó en el periódico su propio obituario, titulado “El mercader de la muerte ha muerto”. La prensa le había confundido con su hermano Ludwig, que efectivamente había fallecido, pero ese artículo le hizo reflexionar sobre cómo la historia le recordaría: Nobel había sido el creador de la dinamita, un invento que había desarrollado en aras del progreso pero que finalmente causó un número inmenso de muertes, accidentales o intencionadas. Para tratar de enmendar su culpa, en su testamento dispuso que la gran mayoría de la fortuna que había amasado con su invención fuera destinada a premiar a aquellos cuyo trabajo beneficiara a la humanidad. Una anécdota que, sin embargo, sigue siendo una leyenda ya que nunca ha aparecido un original de ese supuesto obituario.

Hombres examinando un kit de dinamita

Hombres examinando un kit de dinamita

Foto: Los Angeles Times

La fórmula de la destrucción

Alfred Nobel había dedicado varios años a la invención de la dinamita, en principio con buenas intenciones. Desde hacía tiempo se buscaba un sustituto de la pólvora para usar en la minería y la construcción, una búsqueda que cobró especial importancia con el desarrollo del ferrocarril, para el cual había que abrir túneles, una tarea que resultaba lenta y difícil con la pólvora. Durante sus estudios de química en Francia, Nobel se había interesado por la nitroglicerina, que a pesar de tener una gran potencia resultaba muy peligrosa de manejar y transportar: él mismo lo vivió al perder a uno de sus hermanos a causa de una explosión de este producto.

En 1866 logró dar con la clave para estabilizar la nitroglicerina, que consistía en mezclarla con un material absorbente: Nobel utilizó tierra de diatomeas, un sustrato compuesto por microfósiles de algas, que podía encontrarse en el río Elba cerca de su fábrica en Hamburgo. La potencia del explosivo se podía regular según el porcentaje de nitroglicerina que contenía, que iba del 20 al 60%. Añadiendo un detonador a distancia, el producto resultante era en teoría seguro, pero en realidad tenía algunos peligros: el principal era que, con el tiempo, la nitroglicerina exudaba a través del absorbente hasta llegar a la superficie del explosivo, formando cristales que podían provocar una explosión a causa de los golpes o la fricción; por ese motivo, era peligroso almacenar la dinamita durante periodos largos de tiempo.

Mujeres fabricando dinamita en una fábrica de Alfred Nobel

Mujeres fabricando dinamita en una fábrica de Alfred Nobel

Foto: CC

En un primer momento patentó su invento como “pólvora explosiva Nobel”, pero posteriormente le cambió el nombre por el de dinamita, tomado de la palabra griega dynamis, que significa “poder”. La patente de 1867 originalmente estaba registrada en Inglaterra y en Noruega, pero algunos empresarios estadounidenses lograron copiarle la idea, sustituyendo la tierra de diatomeas por otros absorbentes como resina, por lo que técnicamente no se trataba del mismo producto.

Una nueva era de poder

Lo cierto era que la dinamita multiplicaba la potencia de la pólvora y era bastante más segura que otros explosivos más potentes como la nitroglicerina. De inmediato se le dieron tres usos principales: la demolición, la minería y los trabajos para las líneas de ferrocarril. En el primer caso, tras un primer periodo de éxito, fue sustituida por el trinitrotolueno (TNT) refinado, menos sensible a los golpes y a la fricción.

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En el ámbito de la minería, su uso estuvo ligado especialmente a la fiebre del oro que empezó a mediados del siglo XIX en los Estados Unidos. La dinamita – o los sucedáneos americanos realizados con otros absorbentes – permitían abrirse paso hacia profundidades mayores que los explosivos existentes hasta entonces. Sin embargo, no siempre se manejaba con el debido cuidado y los accidentes eran frecuentes: el desconocimiento acerca de la potencia el nuevo explosivo y la prisa por llegar antes que nadie a los filones de oro llevaba a algunos a arriesgarse y usar demasiados cartuchos juntos o dinamita con una alta concentración de nitroglicerina, causando heridas y derrumbes potencialmente mortales.

Algo similar sucedía con las obras ferroviarias. La dinamita hacía más fácil abrir túneles que ahorraban un gran trecho de camino: proezas como la apertura del túnel de San Gotardo habrían sido imposibles de realizar sin la invención de este explosivo, pero los trabajadores recibían una formación muy básica sobre cómo manejar un producto tan peligroso y aquellas primeras obras se cobraron muchas vidas, principalmente a causa de los derrumbes.

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El potencial de la dinamita también tentó a los arqueólogos, en una época en la que esta disciplina se movía a menudo financiada por la perspectiva de encontrar tesoros más que por la sed de conocimiento. Algunos de los descubrimientos más importantes de su época, como el hallazgo de la legendaria ciudad de Troya, fueron realizados a base de hacer explotar aquello que “estorbaba”, algo que hoy consideraríamos aberrante a causa de la destrucción de mucha información en el proceso.

Por supuesto, también en el campo militar se le quiso dar uso, pero pronto fue evidente que su peligrosidad no compensaba su mayor potencia explosiva, por lo que se empezaron a fabricar sucedáneos con detonantes que no fueran nitroglicerina. A pesar de ello, y fuera o no cierta la anécdota de su obituario, Alfred Nobel se merecía a los ojos de muchos que lo tildaran de “mercader de la muerte”, puesto que en sus fábricas se fabricaban también municiones y, ciertamente, su invento trajo tanto progreso como destrucción.

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