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Los alemanes en Namibia: el genocidio olvidado de los herero y los nama

En pleno reparto del territorio africano por parte de las potencias coloniales europeas, las etnias herero y nama de Namibia fueron sometidas a abusos y masacradas por el ejército imperial alemán entre 1904 y 1908. Más de cien años después de aquellos hechos, el gobierno alemán pidió oficialmente perdón los excesos cometidos en el país africano durante la ocupación colonial y reconoció el genocidio que sufrieron estos pueblos.

Pintura de Richard Knötel en la que se muestra a las tropas alemanas luchando contra el pueblo herero de Namibia.

Foto: PD

Para la mayoría de lectores, el conocido como genocidio de Namibia resulta un episodio de la historia del todo o prácticamente desconocido. Pero a pesar de ello, la realidad es que el ejército imperial alemán ejerció, entre los años 1904 y 1908, una brutal represión contra las etnias herero y nama originarias de aquel país, en lo que muchos consideran el primer genocidio del siglo XX. En 2004, Alemania pidió perdón oficialmente por estos hechos, en 2019 el parlamento alemán usó el término "genocidio" para referirse a ellos, y en mayo de 2021 se firmó un acuerdo para reparar el daño sufrido por las víctimas tras años de discrepancias.

Una estafa colosal

El Imperio alemán gobernado por el káiser Guillermo II se convirtió en una potencia colonial gracias a los acuerdos rubricados en la Conferencia de Berlín celebrada el 15 de noviembre de 1884. Estos acuerdos contribuyeron a que los países europeos se repartieran y controlasen grandes áreas de territorio africano, y tuviesen fácil acceso a sus riquezas. La historia de cómo se hizo Alemania con parte del territorio de Namibia tuvo su inicio unos años antes, cuando un acaudalado traficante de tabaco alemán llamado Adolf Lüderditz llegó a la localidad nigeriana de Lagos en 1881. Su intención era expandir su negocio en la zona, pero la suerte no le acompañó ya que se vio incapaz de hacer frente a la terrible competencia que representaban las compañías extranjeras que ya estaban establecidas allí. Sin embargo, Lüderditz no se desanimo por aquel fracaso y se dirigió a una pequeña localidad de la costa de Namibia llamada Angra Pequena (ensenada pequeña en portugués).

La historia de cómo se hizo Alemania con parte del territorio de Namibia tuvo su inicio unos años antes, cuando un acaudalado traficante de tabaco alemán llamado Adolf Lüderditz llegó a la localidad nigeriana de Lagos en 1881.

Adolf Lüderitz, comerciante alemán y propietario de tierras en Namibia.

Foto: PD

Junto a su socio, Henrich Vogelsang, Lüderditz comprobó que aquella región era rica en recursos minerales y en guano, un fertilizante natural producto del excremento de las aves. Poco a poco, los dos socios fueron expandiendo su negocio y empezaron a comprar porciones del territorio a cambio de ofrecer dinero y armas a los indígenas. Aquel intercambio fue realizado con el jefe de los nama (conocidos en Occidente como hotentotes), una de las etnias que habitaba la región, que había adoptado el nombre occidental de Josef Fredericks. Este animó a los dos hombres a seguir cerrando otros tantos tratos, y muy pronto ambos socios idearon un ardid para lograr hacerse con una parte mayor de territorio. La estafa consistió en que el jefe nama, desconocedor de cuál era la diferencia entre la milla alemana y la inglesa (la milla alemana comprende 7.149 m, en cambio la inglesa solo son 1.609) firmó un acuerdo de venta de "20 millas geográficas" a los dos comerciantes por 500 libras y sesenta rifles. Para cuando se dio cuenta de que en realidad había vendido más territorio del que pretendía denunció la estafa, pero ya era demasiado tarde. A partir de entonces la zona que delimitaba Angra Pequena y la desembocadura del río Orange pasó a llamarse Lüderitzland.

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Desembarco alemán

Para lograr una mayor estabilidad en sus negocios, Lüderditz solicitó entonces apoyo al gobierno alemán con la intención de crear un protectorado en la región, pero el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Alemania Imperial dudaba sobre si acceder a aquella petición por temor a chocar con los intereses que Gran Bretaña tenía en la región. En realidad, la preocupación de Alemania era que los costes económicos de la operación fueran demasiado elevados y que una expansión exagerada de sus posesiones fuera asimismo difícil de mantener. Al final, cuando las condiciones empezaron a ser más favorables (y aprovechando la cercanía de una decisiva campaña electoral), el canciller alemán Otto von Bismarck solicitó reiteradamente a Londres que aclarase cuáles eran sus intenciones en el sudoeste de África. Tras no recibir respuesta alguna, y viendo que el Secretario de Estado británico, Lord Derby, ordenaba tomar posesión de la costa sudoeste de África, Von Bismarck accedió a declarar el protectorado alemán (Schutzgebiete) y enarbolar la bandera imperial el 7 de agosto de 1884.

Lüderditz solicitó apoyo al gobierno alemán para crear un protectorado en la región, pero el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Alemania Imperial dudaba de conceder aquella petición por temor a chocar con los intereses de Gran Bretaña.

Retrato del General Lothar von Trotha tomado hacia el año 1905.

Foto: PD

Soldados alemanes montados en camellos en el sudoeste del África alemana durante los conflictos con los herero y los nama en 1904.

Foto: PD

En 1885, y con el respaldo de la banca alemana, se creó la Sociedad Colonial Alemana para el África del Sudoeste y se nombró a un comisionado gubernamental, el jurista y diplomático Heinrich Göring, padre del futuro jerarca nazi Hermann Göring. El problema residía en que Göring se veía incapaz de comprender los complicadísimos laberintos tribales de los habitantes de la región, algo para lo que el coronel Theodor Leutwein, Gobernador del África del Sudoeste, estaba más preparado. En el cargo desde el año 1894, Leutwein se dedicó a sembrar la discordia entre los nativos, y con acciones políticas arriesgadas los despojó de todos sus recursos para apuntalar de esta manera los asentamientos de los colonos alemanes. Para ello no dudó en valerse de las schütztruppe, fuerzas independientes bajo la supervisión directa del káiser, con el objetivo de agilizar el proceso de expropiación de tierras a los nativos.

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Una represión salvaje

Pero con lo que no contaba el Imperio alemán es con el jefe de la tribu herero, Samuel Maharero, quien, con la intención de intentar una revuelta más exitosa que la que había estallado en 1896, lanzó en 1904 un ataque contra los militares y los colonos alemanes. El balance fue de 123 colonos alemanes muertos. Leutwein fue entonces reemplazado por un general con mucha más experiencia, conocido por la extrema crueldad de sus métodos, llamado Lothar von Trotha. Firmemente decidido a que Alemania no corriese la misma suerte que otras potencias coloniales, Von Trotha lanzó este mensaje: "Yo, el gran general de las tropas alemanas, mando este mensaje al pueblo herero. Todos los herero deben abandonar estas tierras. Cualquiera de ellos localizado en las fronteras alemanas con o sin fusil, con o sin ganado, será fusilado. No recibiré más a niños o mujeres; los devolveré a su pueblo. Los fusilaré. Esta es mi determinación para el pueblo herero".

El jefe de la tribu herero, Samuel Maharero, quien, con la intención de intentar una revuelta que fuera más exitosa que la que había estallado en 1896, lanzó en 1904 un ataque contra los militares y los colonos.

Foto de Samuel Maharero, líder del pueblo herero.

Foto: PD

Imagen de prisioneros encadenados de las tribus herero y nama junto a un guardia alemán.

Foto: PD

Pero los herero no estaban solos en su cruzada por expulsar a los alemanes de sus territorios ancestrales. A ellos se unieron también los nama cuando vieron que sus tierras del sur también se encontraban en peligro. Berlín dio el visto bueno para que los 14.000 soldados alemanes al mando de Von Trotha (que iban al combate bajo el lema "o se rinden o serán disparados hasta su exterminio") empezaran a sofocar la rebelión de los herero y de los nama, que no disponían del armamento necesario para hacer frente a un ejército bien pertrechado y con experiencia militar como el alemán. Con una sola cosa en mente, la aniquilación de ambas etnias, Von Trotha no discriminó entre hombres, mujeres o niños, que eran fusilados, ahorcados en árboles o condenados a morir de hambre y sed mientras vagaban por el desierto. Imitando los métodos usados por los ingleses en Sudáfrica, Von Trotha levantó campos de concentración como el de Shark Island, localizado en la bahía de Lüderitz.

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Campos de concentración y perdón

En los campos de concentración alemanes, además de asesinatos en masa, se llevaban a cabo experimentos con los presos con el objetivo de confirmar su inferioridad racial mediante las mediciones de los cráneos de los fallecidos. Otros campos, propiedad de empresas de importación y exportación como la firma Woermann, utilizaba a los prisioneros como mano de obra esclava. Los historiadores han calculado que, tras la revuelta, unos 60.000 herero y unos 10.000 nama fueron exterminados y expulsados de sus tierras.

Los historiadores han calculado que, tras la revuelta, unos 60.000 herero y unos 10.000 nama fueron exterminados y expulsados de sus tierras.

Años después, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y la firma del tratado de Versalles en 1919, Alemania perdió todas sus colonias. Hasta 1980, la historiografía tradicional germana seguía alimentando el mito del "buen civilizador" occidental, piadoso con los nativos a los que se tachaba de seres irracionales más cercanos a los animales que a los seres humanos. Años después, durante el régimen nazi, Von Trotha fue condecorado como héroe nacional y se dio su nombre a una calle de Múnich. Pero desde hace algunos años, en 2006, la calle pasó a llamarse Herero Strasse, y un año más tarde la familia de Von Trotha, la cual había mostrado su repulsa por la actuación del militar, viajó hasta Namibia para reunirse con representantes del pueblo herero y pedirles perdón en nombre de su familia por la masacre perpetrada por su antepasado en aquellas tierras, algo de lo que declararon sentirse "profundamente avergonzados".