Objetos tradicionales

El abanico, un instrumento para combatir el calor y para comunicarse

Introducido en Europa por los portugueses en el siglo XVI, el abanico tal como lo conocemos hoy en día es uno de los utensilios que ha acompañado a la mujer a lo largo de los siglos, convirtiéndose en un complemento imprescindible de la moda femenina. Además de servir como un sofisticado instrumento de comunicación.

El vendedor de abanicos. Óleo por John Bagnold Burgess. 1897.

El vendedor de abanicos. Óleo por John Bagnold Burgess. 1897. Foto: PD

En muchos aspectos tenemos mucha suerte de vivir en una época en la que se suceden las más modernas tecnologías. Uno de estos inventos que nos facilita la vida y la hace mucho más cómoda es, sin lugar a dudas, el aire acondicionado. Este aparato ha logrado aliviarnos sobremanera en esos desagradables momentos en los que la canícula golpea con todas su fuerzas y nos deja sin fuerzas para hacer nada. Así, con tan solo apretar un botón, cualquier espacio interior adquiere una temperatura agradable y recuperamos el buen humor. Pero no hace demasiado tiempo, cuando estos aparatos modernos aún no existían, nuestras abuelas y nuestras madres tenían que ingeniárselas para soportar esos días calurosos lo mejor posible. Para ello empleaban un artilugio con el que se daban aire y así aguantaban con menos penurias aquellas horas en las que el sol no daba tregua alguna. Efectivamente, estamos hablando del abanico.

De Oriente a Europa

No podemos establecer la fecha exacta en la que apareció el primer abanico, aunque tal vez ya en tiempos muy remotos nuestros antepasados inventaron un artefacto para reavivar las llamas de los hogares para cocinar. Quizás el primer abanico, o algo parecido, se inventó para aquel sencillo menester. De hecho, se han documentado útiles para abanicarse desde la más remota antigüedad: egipcios, babilonios, persas, griegos y romanos utilizaban objetos de este tipo (llamados flabelos) como elementos de lujo, reservados tan solo a las clases más pudientes. Algunos de estos abanicos, como en el caso de los egipcios, podían llegar a ser de gran tamaño. Estaban construidos con un largo palo rematado con plumas de colores (normalmente de avestruces) y eran manejados por sirvientes tanto para airear a sus patronos en los calurosos días de verano como para espantar a los molestos insectos, muy presentes en un país tan caluroso como Egipto.

Abanicos egipcios. Dibujo de 1868. Biblioteca Pública de Nueva York.

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La Dama de Azul. Figurita de Tanagra que porta una especie de abanico. Museo del Louvre, París.

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Se han documentado objetos para abanicarse desde la más remota antigüedad: egipcios, babilonios, persas, griegos (que los llamaban flabelos) y romanos utilizaban objetos de este tipo como elementos de lujo, reservados tan solo a las clases más pudientes.

Según Hélène Alexander, directora del Museo del Abanico en Londres, la introducción de los abanicos desde el Próximo Oriente a Europa podría haber tenido lugar en el siglo XII, en el transcurso de las Cruzadas. Estos primeros abanicos estaban reservados a la realeza y la nobleza, y fueron considerados un símbolo de estatus. Posteriormente, la Iglesia empezó a emplearlos también como instrumentos litúrgicos. Estos abanicos eran fijos, y algunos estaban adornados con plumas y con los mangos bellamente trabajados.

Sin embargo, podemos rastrear el origen del tipo de abanico que conocemos hoy en día, denominado abanico plegable, en la lejana Corea del siglo X, gobernada por la dinastía Goryeo o Koryo. Existe una historia coreana que explica los orígenes de este objeto. Un monje budista, enamorado de una mujer e incapaz por ese motivo de poder alcanzar la iluminación, decidió fabricar un abanico que tuviera la forma de su amada. Para ello usó tiras de bambú para construir las varillas, que cubrió después con papel sobre el que escribió un poema. Una vez terminado, cada vez que cerraba el abanico podía ver la figura de su amada y cuando lo abría creía ver el vuelo de su falda. Cierta o no, esta historia nos demuestra que los primeros abanicos plegables proceden del Sudeste Asiático. La dinastía Ming los introdujo en China y durante el período Tokugawa fueron introducidos en Japón. Y desde aquellas lejanas tierras de Oriente, este tipo de abanico viajó hasta Europa, donde fue introducido por los portugueses en el siglo XVI.

Abanico plegable japonés. Siglo XII. Período Heian. Santuario Itsukushima, Hatsukaichi, Hiroshima, Japón.

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El mejor abanico

Al parecer, fue Catalina de Médicis la que hizo popular este artilugio en Francia a raíz de su matrimonio con el rey Enrique II. Importados de Italia, aquellos abanicos tenían forma circular y estaban decorados con plumas. Tras la muerte de la reina, su hijo Enrique III de Francia, el último representante de la dinastía Valois, puso de moda el abanico como un utensilio que servía para refrescarse, a la vez que en la corte ya se veía como un objeto de prestigio. A lo largo del siglo XVI y una buena parte del XVII, Francia desbancó a Venecia en la producción de abanicos rígidos.

Enrique III de Francia, el último representante de la dinastía Valois, puso de moda el abanico como un utensilio que servía para refrescarse, a la vez que en la corte ya se veía como un objeto elegante.

Al final, el abanico se hizo tan popular y tan grande empezó a ser su demanda, que, según el historiador de los oficios de París, René de Lespinasse, los fabricantes franceses fundaron en 1678 un gremio de éventaillistes o fabricantes de abanicos. Estos artesanos no fabricaban las monturas, sino que decoraban las hojas, realizaban el plegado, el ensamblaje y se ocupaban de la posterior venta y distribución del artículo. En aquella época, los abanicos estaban hechos con telas o pieles perfumadas, y hacían las delicias de una sociedad francesa dispuesta a pagar cantidades astronómicas para hacerse con uno de aquellos artículos considerados ya imprescindible en el ajuar de cualquier persona acaudalada y elegante. Tan imprescindible era su uso, que, por ejemplo, cualquier mujer que tuviera que asistir a una recepción no podía acudir a ella sin lucir uno de esos preciosos abanicos.

La dama del abanico, por Diego Velázquez.1635. Colección Wallace, Londres.

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Ya en el siglo XVIII, el artista francés Eugenio Prost, instalado en España bajo la protección del conde de Floridablanca, se convirtió en el máximo productor de abanicos, superando en su producción a países como Italia y Francia. El fabricante francés los proyectó con diferentes y muy variados diseños: con relieves, colores y materiales diversos y de formas y tamaños muy dispares. El abanico se usaba en cualquier evento al que concurriera un gran número de personas; de hecho, se había convertido en un imprescindible.

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En la obra de García Lorca

Fue a mediados del siglo XVIII cuando el abanico pudo plegarse completamente gracias a los avances técnicos en este campo. Así, en su fabricación pudo empezar a usarse la seda, los bordados y las lentejuelas. A finales del mismo siglo, la moda obligó a hacer más pequeños los abanicos para que pudieran ser guardados en el bolso femenino. El llamado "abanico de esqueleto" tenía las varillas más estrechas y separadas, pero la fuente, la parte inferior, y las guías o espigas de la parte superior eran todas iguales, aunque su número podía variar. Este tipo de accesorio femenino mostraba el porte y la distinción de su propietaria, así como su buen gusto.

Mujer con velo. Óleo por Alexander Roslin (la modelo es la esposa del pintor). 1768. Museo Nacional de Estocolmo.

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A finales del siglo XVIII, la moda obligó a hacer más pequeños los abanicos para que pudieran ser guardados en el bolso femenino.

En el siglo XIX aparecieron los llamados "abanicos de pericón", de grandes dimensiones y fabricados con la técnica de encaje de bolillos. Estos fueron muy empleados en el mundo del teatro y la danza, especialmente en el flamenco. En El retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, una obra infantil escrita por Federico García Lorcay estrenada en 1937, el autor empieza la obra diciendo: "Hombres y mujeres, atención; niño, cállate. Quiero que haya un silencio tan profundo que oigamos el glú-glú de los manantiales. Y si un pájaro mueve un ala, que también lo oigamos, y si una hormiguita mueve la patita, que también la oigamos, y si un corazón late con fuerza, nos parezca una mano apartando juncos de la orilla. ¡Ay!, ¡ay! Será necesario que las muchachas cierren los abanicos y las niñas saquen sus pañuelitos de encaje para oír y para ver las cosas de doña Rosita, casada con don Cristóbal, y las cosas de don Cristóbal, casado con doña Rosita".

Instrumento de comunicación... y de mala suerte

Pero este objeto, además de constituir una pieza esencial del vestuario femenino, empezó a tener otra función: se convirtió en un instrumento de comunicación. Tanto sus movimientos, su posición o su colocación dieron paso a un lenguaje gestual que las damas de los siglos XIX y XX usaron para comunicarse con disimulo, ya que su libertad de expresión estaba muy limitada, y, algo no menos importante, así podían evitar que sus madres o padres las pillaran in fraganti flirteando con los caballeros. Era una manera de comunicarse muy discreta, y varió en función del país y de la época. Para hacernos una idea de los mensajes que podían lanzarse con un abanico veamos estos ejemplos: abanicarse lentamente, o abrir y cerrar muy despacio el abanico significa que la mujer está casada y el hombre le es indiferente. Cerrar despacio el abanico quiere decir "Sí". Si se abre y se cierra rápidamente quiere decir "cuidado, estoy comprometida". Levantar los cabellos o mover el flequillo con el abanico significa que la mujer piensa en su amado y no lo olvida. También puede servir de aviso en situaciones de peligro. Por ejemplo, cubrirse el rostro con él quiere decir "cuidado, nos vigilan".

Abanico de mano. 1800. Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

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El abanico también ha estado rodeado de supersticiones. Una de las más extendidas era la que contaba que si se dejaba abierto traería mala suerte a su propietaria. Y agitar la mano como si fuera un abanico también era un motivo de desgracia y podía traer la desdicha a toda aquella mujer que realizase esta acción, mientras que soñar con abanicos era sinónimo de ser víctima de una traición. Pero no sólo podía ser un elemento de mala suerte. El abanico también ha jugado un papel importante en el arte adivinatorio, ya que a través de sus varillas se ha intentado adivinar el futuro. Por ejemplo, en la superficie de sus varillas se podían escribir las palabras "viuda, soltera o casada" y debía ser la última varilla del abanico la que desvelara el futuro de la mujer en cuestión. Como vemos, un instrumento versátil donde los haya.