Los temibles guerreros de la Edad Media

200 años de vikingos en la península Ibérica

La actividad vikinga en la península Ibérica fue escasa en comparación con otros lugares de Europa, pero igualmente intensa. Por lo general se trató de incursiones esporádicas, pero bastaron para tener efectos importantes sobre el devenir de los reinos hispanos.

La Ruta Vikinga de Catoira

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Los vikingos fueron uno de los pueblos más temidos de la Edad Media. Grandes navegantes, desde sus bases en el norte de Europa realizaron incursiones por gran parte de Europa septentrional. Raramente se aventuraban más al sur de la costa francesa, pero en ocasiones atacaron también la península Ibérica y se adentraron en el Mediterráneo.

Por norma general, estos ataques tenían como único objetivo el saqueo para conseguir botín, mujeres y esclavos; y pocas veces daban lugar a asentamientos permanentes. La península sufrió cuatro oleadas de ataques vikingos en los siglos IX, X y XI.

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Los primeros ataques

La primera campaña vikinga en territorio hispano tuvo lugar en el año 844 y cogió por sorpresa tanto a los reinos cristianos del norte como a los emires omeyas de Córdoba. La flota normanda partió de sus bases en Francia y atacó varias ciudades portuarias en el reino de Asturias -que englobaba todo el litoral norte de la península- antes de proseguir hacia el sur por la costa occidental hacia al-Ándalus, saqueando a su paso Lisboa y Cádiz hasta llegar a Algeciras. Llegados a ese punto, la flota dio media vuelta y remontó el Guadalquivir en dirección a Córdoba, la capital, con el objetivo de obtener un gran botín que cerrase la campaña militar.

Normandos en Inglaterra

Algunos vikingos se establecieron en el noroeste de Francia, en una región que tomaría su nombre de ellos: Normandía, la tierra de los hombres del norte. Allí adoptaron una vida sedentaria, se convirtieron al cristianismo y dieron a luz un próspero mestizaje cultural y lingüístico, pero la llama guerrera de sus antepasados nunca se extinguió del todo.

Imagen: Alinari/Cordon Press

A finales de septiembre llegaron a Sevilla, donde lanzaron un feroz ataque y tomaron la ciudad en siete días. Según las fuentes andalusíes, todos los hombres adultos fueron pasados por la espada y las mujeres y los niños fueron capturados como esclavos. El emir Abderramán II reunió un gran ejército y tendió una trampa a los atacantes, usando algunas tropas como señuelo para hacerles salir de su campamento; la maniobra funcionó y el grueso de las tropas vikingas fue aniquilado. La experiencia disuadió a los hombres del norte de intentar otro ataque en tierras andalusíes durante los quince años siguientes.

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Los vikingos en el Mediterráneo

El segundo gran ataque se produjo en el año 859, bajo el mando de uno de los líderes vikingos más temidos o admirados -según el bando- de la historia: Björn Ragnarsson, apodado Costado de Hierro porque siempre lograba salir airoso del combate sin apenas recibir heridas. En un principio, esta vez la flota limitó sus ataques a la costa -tal vez recordando la derrota sufrida en Sevilla- y recorrió todo el litoral de la península hasta llegar a las islas Baleares. Sin embargo, la poca resistencia que encontraron les animó a remontar el Ebro hasta Pamplona, donde capturaron al rey García Íñiguez y obtuvieron un gran rescate a cambio de su liberación.

En el año 859, una flota vikinga penetró por primera vez en el Mediterráneo y llegó hasta Italia, Grecia, Constantinopla y Egipto.

Era la primera fuerza vikinga que penetraba en el Mediterráneo y tomó por sorpresa a muchos. Llegaron hasta la costa de Italia -según algunas fuentes, hasta las proximidades de Florencia- dejando una estela de saqueos a su paso. A partir de ese momento la historia se confunde con la leyenda: los cronistas bizantinos hablan de ataques en Grecia y Constantinopla, los árabes los mencionan en Egipto, pero resulta difícil reconstruir la expedición completa ya que podría ser que la flota, que contaba entre 70 y 100 naves, se hubiera dividido en diversas flotillas.

03 catedral santiago compostela peregrino. Foto. Xuxo Lobato.Getty Images

Las incursiones vikingas motivaron la construcción de murallas en numerosas ciudades, de las que hoy se conservan pocas. Santiago de Compostela (en la foto, su catedral) fue una de las que más ataques sufrió.

Foto: Xuxo Lobato / Getty Images

En el 861 las naves vikingas, de regreso a sus bases en la costa francesa, intentaron cruzar de nuevo el estrecho de Gibraltar. Pero esta vez les esperaba una gran flota andalusí dispuesta a acabar con ellos: dos tercios de los barcos vikingos fueron hundidos, pero Björn Ragnarsson consiguió abrirse paso con el resto y volver a su base en la desembocadura del Loira, llevando a cabo otros tantos saqueos en el camino de vuelta.

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Saqueadores, comerciantes y príncipes

Durante casi un siglo la península Ibérica no vivió otro ataque vikingo a gran escala, pero en la segunda mitad del siglo X los hombres del norte regresaron. Esta vez los ataques se concentraron en el Mar Cantábrico y en especial la costa gallega, que sufrió grandes y continuos ataques. En uno de estos, el año 968, los vikingos llegaron a establecer una base permanente cerca de Santiago de Compostela y durante tres años se dedicaron a saquear las poblaciones y la campiña. También en aquella ocasión intentaron atacar al-Ándalus, pero fueron repelidos.

En el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar.

Esta tercera oleada de ataques tuvo un efecto importante sobre el destino de los reinos cristianos: en el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar para poder hacer frente a los temibles hombres del norte. Ya durante las primeras incursiones normandas en la península, el rey leonés Ramiro I había prestado ayuda a su homólogo astur y fue gracias a ello que los atacantes no habían logrado establecer bases permanentes. En esta ocasión, la disputa por el poder entre Ramiro III y su primo Bermudo II -que gobernaba de facto Galicia y parte de Portugal- facilitó las cosas a los invasores.

Cudillero

El pueblo costero de Cudillero (Asturias) dice tener raíces vikingas, fruto de la unión pacífica -o eso dicen- de los normandos con los pobladores astures. Prueba de ello sería su particular dialecto rico en palabras de etimología nórdica.

Foto: iStock

La naturaleza de la presencia vikinga en el reino astur-leonés durante este periodo es discutida y entra el terreno de la leyenda. Así, por ejemplo, los habitantes del pueblo asturiano de Cudillero dicen ser descendientes de aquellos hombres del norte que decidieron no volver con sus compatriotas a las costas francesas y adoptar un estilo de vida más pacífico. Aunque nos han llegado pocas pruebas materiales de asentamientos comerciales en la península, es sabido que los vikingos también eran grandes mercaderes.

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Después de esta expedición, las tierras hispanas estuvieron a salvo de ataques vikingos durante unas cuantas décadas. Pero en la primera mitad del siglo XI llegó la cuarta y última oleada, de naturaleza muy diferente a las anteriores: en esta ocasión se establecieron en varios puntos de la costa mediterránea, como mínimo en Almería, Denia, Alicante y Baleares. La ocasión fue propiciada por la extrema debilidad del califato de Córdoba, que se había ido desintegrando dando lugar a los primeros reinos de taifas. Estos reinos, por sus dimensiones reducidas, no pudieron hacer frente a los ataques vikingos y los jefes normandos lograron hacerse con el poder en algunos de ellos.

Catedral de Palermo - Sicilia

Durante el siglo XI los normandos, descendientes de los vikingos que se habían establecido en Francia, extendieron su poder por el Mediterráneo. Palermo, la capital de Sicilia, es una de las ciudades que más refleja el mestizaje cultural durante la Edad Media.

Desde allí pudieron lanzarse a la conquista del Mediterráneo y extender su poder hasta Sicilia y la Italia meridional; pero al mismo tiempo, la unificación de las taifas en reinos de mayor dimensión y poder terminó expulsándolos de la península. Terminó así una conflictiva historia de dos siglos en la que los temibles hombres del norte habían moldeado, si bien indirectamente, el destino de los reinos hispanos.

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