Al servicio secreto del soviet

Ramón Mercader, el hombre que mató a Trotski

Como si fuera un personaje sacado de una novela de Ian Fleming, este catalán asumió dos identidades falsas, se infiltró en los círculos trotskistas, sedujo a la secretaria del líder exiliado y se ganó la confianza de este para asesinarlo a sangre fría.

Ramón Mercader

Cordon Press

En el cementerio de Kúntsevo, en las afueras de Moscú, el epitafio de una tumba presenta a su inquilino como “Ramón Ivanovich López, héroe de la Unión Soviética”. Lo de héroe, obviamente, depende de la interpretación personal de cada uno, pues entre los méritos que le valieron tal reconocimiento destaca el de haber asesinado a León Trotski, principal opositor de Stalin en su ascenso al poder.

La vida de Ramón Mercader del Río -su nombre real- es digna del mismísimo James Bond, pero del lado ruso. Identidades falsas, trabajos tapadera, artilugios asesinos -menos sofisticados que los de 007-, aproximación al círculo femenino íntimo del objetivo…

León Trotski en su despacho

León Trotski fue una de las figuras clave de la Revolución Rusa. Sin embargo, al morir Lenin, él y su familia fueron víctimas de la persecución de Stalin. Expulsado de la URSS, se exilió a Turquía, Francia, Noruega y finalmente a México, donde sería asesinado por Ramón Mercader.

Los orígenes del asesino

El ambiente en el que nació Ramón Mercader, el 7 de febrero de 1913, no fue precisamente revolucionario: el seno de una familia burguesa, hijo de un empresario textil y más bien alineado con el nacionalismo conservador. Sin embargo, durante el periodo de entreguerras, su madre empezó a frecuentar ambientes anarquistas, lo que la alejó de su círculo familiar. Ramón quedó al cargo de su padre, pero en su fuero interno ya estaba arraigada de alguna manera la militancia comunista.

Al estallar la Guerra Civil española Ramón Mercader tomó las armas por el bando republicano, pero -para su suerte- no vería el final de la contienda: en 1937 su madre, ferviente estalinista, le convenció para unirse a los servicios secretos soviéticos con un objetivo concreto: el de asesinar a León Trotski, exiliado por Stalin tras hacerse con el poder y residente entonces en México.

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Un espía con una misión

Así pues, en 1939 puso en marcha por orden de Stalin la Operación Utka (Operación Pato), para matar a Trotski y eliminar definitivamente la amenaza que el líder soviético veía en él. El plan preveía el entrenamiento de diversas células para multiplicar las posibilidades de acabar con Trotski. Y precisamente una de estas estaba formada por Ramón Mercader y su madre, Caridad del Río, a quienes se unió posteriormente Nahum Eitingon.

La primera aproximación para conseguir su objetivo se produjo al más puro estilo Bond, en un escenario tan glamuroso como París, aunque en un ambiente menos elitista: Mercader se infiltró en los círculos trotskistas con la identidad de Jacques Mornard, supuesto militante belga. Allí puso en su punto de mira a una mujer de la absoluta confianza de Trotski: Sylvia Agelof. Al poco tiempo de conocerse Mercader y Agelof comenzaron una relación, lo cual permitió al espía español acercarse a su futura víctima.

En 1939 puso en marcha por orden de Stalin la Operación Utka (Operación Pato), para matar a Trotski y eliminar definitivamente la amenaza que el líder soviético veía en él.

Panorama para matar

Asumiendo una nueva identidad como el canadiense Frank Jackson, Mercader viajó a México en compañía de Sylvia, quien le presentó a Trotski, comenzando en ese momento la última fase de su plan: ganarse la confianza del líder ruso hasta el punto de poder quedarse con él a solas.

Y así ocurrió el 20 de agosto de 1940 cuando fue a su casa con la excusa de entregarle unos documentos. Cuando Trotski se acercó a la ventana para poder leerlos mejor, Mercader le clavó un piolet en la cabeza provocándole una herida mortal que terminó con su vida 12 horas más tarde. Los guardaespaldas de Trotski, ausentes en el momento fatal, reaccionaron a tiempo para impedir la huida del asesino. Su madre y Eitingon, que lo esperaban en un coche en el exterior de la casa, huyeron al ver que algo no había ido bien.

Casa Museo Trotski

Trotski vivió exiliado en México desde 1937. Sus críticas contra Stalin se volvieron cada vez más feroces, por lo que el líder soviético tomó la decisión de eliminarlo. En la foto, el estudio donde fue asesinado.

Ricardo López

Acusado de asesinato con el agravante de que la víctima había sido un exiliado, Mercader fue puesto a disposición de las autoridades mexicanas. El juicio se saldó con una condena ejemplar: 20 años de cárcel. Respecto a su pareja, Sylvia Agelof, el hecho de que intentara suicidarse al descubrir que su novio la había utilizado para acercarse a su presa muestra su total desconocimiento sobre el funesto plan de Mercader.

Por su parte, su madre consiguió escapar a Moscú y convencer a las autoridades soviéticas de que pusieran en marcha un plan para liberar a su hijo. La operación incluso recibió el beneplácito del propio Stalin, que confió el liderazgo a Eitingon. Sin embargo, la madre de Mercader insistió en participar en la operación, lo que puso en alerta a las autoridades mexicanas, quienes reforzaron la vigilancia sobre el reo. Finalmente el plan fracasó, minando la relación de Mercader con su madre, con la que ya tenía serias diferencias por su fanático estalinismo.

Honores en la sombra

En 1960 Mercader terminó su condena y, tras pasar por Cuba y Praga, volvió a Rusia. Stalin había muerto siete años atrás y el recibimiento que se le hizo fue más bien discreto. Entró en el KGB, el servicio de inteligencia de la URSS -y de facto policía secreta-, donde alcanzó, al cabo de un tiempo, una posición equivalente a la de general. De hecho, en secreto, fue condecorado con la Orden de Lenin y la Medalla de Héroe de la URSS, la más alta distinción soviética. Desde su vuelta sería conocido como Ramón Ivánovich López.

Tras cumplir su condena, Mercader entró en el KGB, donde alcanzó una posición equivalente a la de general. Fue condecorado con la Orden de Lenin y la Medalla de Héroe de la URSS, la más alta distinción soviética.

El último capítulo de su vida transcurrió en Cuba, donde se instaló en 1974 como asesor de Fidel Castro. Finalmente moriría en La Habana en 1978 víctima de un cáncer, aunque algunos rumores señalan a que el KGB lo envenenó con polonio a través de un reloj que le regalaron como gratitud por sus servicios.

Su cuerpo se transportó en secreto a Moscú y fue enterrado en el cementerio de Kúntsevo, reservado a héroes de la Unión Soviética. Es más, en el museo del KGB también ocupa un lugar de honor. Un final lleno de contradicciones, como toda su vida, que discurrió entre el reconocimiento y la clandestinidad, al servicio secreto del soviet.

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